El plano denso II
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II

Durante las horas centrales del día, Hipatia abandonó su refugio bibliotecario y se adentró en el corazón comercial de la metrópoli: un gigantesco centro comercial de múltiples plantas, revestido de mármol sintético,

luces de alta intensidad y un zumbido constante de música ambiental y voces superpuestas.

Esta vez no caminaba con la urgencia de la científica que busca anomalías ni con la distancia del observador académico.

Se detuvo en los pasillos centrales, apoyándose en una barandilla de cristal, y comenzó a observar a la multitud como una antropóloga dispuesta a estudiar una civilización alienígena.

Lo que vio desafió sus esquemas previos.

No encontró una masa de esclavos aterrorizados ni de autómatas arrastrados por la fuerza bruta de un tirano.

A su alrededor, cientos de personas caminaban con bolsas de compras repletas de logotipos corporativos, familias enteras consumiendo helados entre risas artificiales, adolescentes grabando vídeos bailando frente a las cámaras de sus teléfonos móviles con una dedicación febril,

y profesionales de aspecto pulcro haciendo cola para adquirir dispositivos electrónicos de última generación que apenas aportaban mejoras funcionales respecto a los anteriores.

Nadie parecía obligado a estar allí. Todos participaban con una mezcla de entusiasmo y entrega voluntaria.

Hermes, que la acompañaba mimetizado entre los transeúntes con un traje moderno de tonos neutros, se detuvo a su lado y señaló con la barbilla hacia el atrio principal.

—¿Qué ves, Hipatia? —preguntó en voz baja.

La matemática entrecerró los ojos, analizando la escena con rigor crítico.

—Consumo superfluo e inútil —respondió sin vacilar—. Intercambio de recursos económicos por objetos de obsolescencia programada que no satisfacen ninguna necesidad biológica ni intelectual real. Es una pérdida neta de energía.

Hermes soltó una risa corta y miró a un grupo de jóvenes que celebraban exultantes la compra conjunta de unas zapatillas de edición limitada.

—No mires solo los objetos, Hipatia. Ve con más atención. Mira lo que ocurre en sus rostros.

Hipatia volvió a enfocar la mirada, apartando momentáneamente los números. Observó las dinámicas invisibles que conectaban a los compradores:

El adolescente que grababa el vídeo no buscaba el soporte técnico; buscaba la aprobación inmediata de cientos de desconocidos reflejada en un contador de «me gusta».

La familia que hacía cola en la cafetería compartía un fugaz instante de tregua donde el mundo exterior desaparecía bajo el sabor del azúcar y la comodidad del ritual compartido.

El comprador solitario que salía de la tienda de tecnología sostenía la bolsa con ambas manos, experimentando una efímera pero intensa descarga de validación e identidad a través de la marca.

Una primera grieta profunda se abrió en la mente de la filósofa.

Comprender la verdad comenzó a resultarle aterrador: el sistema contemporáneo no vendía simples objetos materiales.

Vendía significado rápido. Vendía pertenencia instantánea, reconocimiento social prefabricado, alivio estético y una identidad de usar y tirar que compensaba el vacío de las grandes certezas perdidas.