El plano denso CAPÍTULO 6 LOS BENEFICIOS DE LA JAULA
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CAPÍTULO 6 LOS BENEFICIOS DE LA JAULA

I

La luz gris de la mañana se filtraba de nuevo a través de los ventanales polvorientos de la biblioteca abandonada, proyectando sombras alargadas sobre las mesas de roble.

Hipatia de Alejandría permanecía sentada frente a su tablilla, con la vista fija en las últimas líneas que había redactado la madrugada anterior.

Sus dedos acariciaban de forma automática el borde de arcilla endurecida, deteniéndose una y otra vez en el postulado que había sacudido los cimientos de su lógica: «El miedo y el agotamiento condicionan las decisiones racionales...»

Repasaba mentalmente la conversación con Mateo en el café, el testimonio del ejecutivo en la clínica de salud integral, la confesión desesperada del peatón en el semáforo. Sin embargo, por mucho que analizaba los datos, una resistencia sutil y obstinada seguía bloqueando su comprensión total.

Hermes apareció junto a la estantería, sosteniendo un pequeño volumen de filosofía clásica que había rescatado del polvo. Al verla absorta en sus pensamientos, se detuvo y apoyó el hombro contra la madera.

—Sigues intentando encajar una pieza redonda en un agujero cuadrado, Hipatia —observó el mensajero con suavidad—. Estás analizando el problema desde la premisa equivocada.

Hipatia levantó la vista, frunciendo el ceño con escepticismo analítico.

—Nadie en su sano juicio elegiría conscientemente una prisión, Hermes —respondió con firmeza, defendiendo los últimos vestigios de su racionalidad—.

Si Mateo conoce los efectos destructivos de su rutina, si el ejecutivo comprende que su ritmo de vida lo conduce al colapso, y aun así continúan...

significa que están cometiendo un error fundamental de cálculo o que carecen de la perspectiva necesaria. No hay otra alternativa lógica.

Hermes esbozó una sonrisa paciente y negó con la cabeza.

—Estás formulando mal la pregunta, querida.

—¿Cuál sería entonces la pregunta correcta? —desafió Hipatia, cruzando los brazos sobre su túnica.

—No debes preguntar por qué soportan la prisión —respondió Hermes con calma—. Debes preguntar qué reciben a cambio de permanecer en ella.

Hipatia se quedó en silencio. Las palabras de Hermes flotaron en la estancia, abriendo una puerta que su mente geométrica se había negado a cruzar hasta entonces.

Sin mediar palabra, la matemática se puso en pie, recogió su tablilla y guardó el estilo de metal. Era hora de cambiar de método.