El plano denso VII
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VII

Entrada la madrugada, la biblioteca abandonada volvió a quedar sumida en la penumbra. Una solitaria lámpara de mesa iluminaba el rostro de Hipatia, que permanecía sentada frente a sus tablillas de arcilla.

No había mapas desplegados. No había gráficos comparativos. La mesa aparecía despejada, casi desnuda.

Hipatia tomó el estilo de metal. Sus dedos, acostumbrados a la firmeza incuestionable de los teoremas, temblaban levemente. Miró la superficie lisa de la arcilla fresca y comenzó a escribir con trazo lento, sintiendo que cada palabra erosionaba un pedazo de su antigua armadura de inmortales:

«Observación: los sujetos conocen perfectamente muchas de las consecuencias destructivas de sus actos y estructuras de vida.»

Hizo una pausa. Dejó pasar un minuto entero antes de volver a presionar el metal sobre la arcilla:

«La información no es el problema principal. La verdad no es suficiente porque la ignorancia no es una carencia de datos, sino un refugio voluntario.»

Volvió a detenerse. En su mente ya no resonaba el eco de la Alejandría clásica ni los axiomas geométricos de Euclides.

Resonaba la voz cansada de Mateo en la cafetería, el relato del ejecutivo en la clínica, la resignación del viandante en el semáforo y la risa helada de Tezcatlipoca en el cónclave de Aeterna.

Con pulso tembloroso, redactó una tercera línea. Por primera vez en toda su existencia, no escribió una categoría matemática ni una cifra estadística. Escribió una pregunta que no contenía números:

«Hipótesis revisada: el miedo y el agotamiento condicionan las decisiones racionales. ¿Cómo se ayuda a alguien que sabe perfectamente lo que debería hacer y, sin embargo, es enteramente incapaz de hacerlo?»

El estilo de metal cayó de sus dedos, rodando sobre la madera de la mesa con un chasquido seco.

Hipatia se puso en pie y caminó hacia la alta ventana de la biblioteca. Apoyó la frente contra el cristal frío y contempló el mar infinito de luces de la metrópoli.

Ya no veía una masa estadística configurada por errores de código.

Ya no veía un problema técnico susceptible de ser corregido con una lección de filosofía.

Empezaba a ver la ciudad como lo que verdaderamente era: un océano de millones de seres vivos atrapados en prisiones invisibles que ellos mismos ayudaban a construir cada mañana, abrumados por un dolor y un cansancio que no cabían dentro de ninguna ecuación.

Y por primera vez en su eternidad, la sabia de Alejandría no tuvo ninguna respuesta que ofrecer.