El plano denso VI
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VI

En la planta noventa de la torre corporativa que dominaba el perfil de la ciudad, el entorno era radicalmente distinto. El cristal inteligente del despacho del Magnate Digital filtraba la luz de la metrópoli, convirtiendo el caos luminoso de abajo en un cuadro abstracto y silencioso.

El Magnate permanecía de pie frente al ventanal, sosteniendo un vaso de agua cristalina. Detrás de él, dos analistas de inteligencia corporativa le mostraron en un terminal holográfico el seguimiento detallado de los incidentes de la semana.

—Hemos rastreado la anomalía de la plaza —informó el analista jefe—. La mujer de la túnica se hace llamar Hipatia. No tiene huella digital previa, ni registros fiscales, ni presencia en ninguna base de datos pública o privada. Apareció de la nada hace tres días.

El Magnate no se giró. Dio un pequeño sorbo a su vaso.

—¿Y qué impacto ha tenido su pequeña instalación? —preguntó con voz neutra.

—A nivel estadístico, insignificante, señor —respondió la segunda analista—.

Las conversaciones generadas en redes sociales en torno a la pantalla han sido absorbidas por el ruido habitual.

El ochenta y ocho por ciento de las interacciones han sido de carácter burlón o polarizado.

Los datos no han alterado ningún patrón de consumo ni han reducido el tráfico en nuestras plataformas.

La analista esperaba una orden de desestimación. Sin embargo, el Magnate permaneció en silencio durante largos segundos, observando las luces de las calles.

—Los datos nunca cambian el mundo —dijo el Magnate suavemente, y su voz tenía la autoridad gélida de quien ha estudiado la anatomía del deseo humano durante décadas—. Los datos son fríos. La gente puede ver un gráfico sobre su propia muerte y seguir comiendo veneno. Eso no me preocupa.

Se giró despacio hacia sus subordinados. Sus ojos, grises y penetrantes, reflejaban la luz de la ciudad.

—Lo que me preocupa de esa mujer es otra cosa —continuó el Magnate—.

No son las estadísticas que proyecta en las pantallas.

Es que está hablando con la gente. Está mirando a los ojos de hombres como ese operador de llamadas.

Está empezando a construir una historia.

Y las historias, amigos míos... las historias sí tienen el poder infectar la voluntad.

Hizo una pausa milimétrica y añadió con tono firme:

—Mantengan la vigilancia sobre ella. No la bloqueen. No la conviertan en una mártir. Dejen que compruebe por sí misma que la libertad es un peso que los humanos ya no quieren cargar.