V
Al salir de la cafetería, la noche había caído sobre la megaciudad, tiñendo el cielo de un tono anaranjado y sucio producido por la contaminación lumínica.
Mateo miró a Hipatia, que caminaba a su lado en silencio, con la mirada perdida en los adoquines de la acera.
—Ven conmigo —dijo él repentinamente—. Quiero enseñarte algo. Un experimento, ya que te gustan tanto.
Hipatia lo miró con curiosidad. Mateo sacó su teléfono móvil del bolsillo, lo apagó por completo y lo guardó en el fondo de su cartera de cuero.
—Durante la próxima hora, tú y yo no vamos a tocar ninguna pantalla —propuso Mateo—. Vamos a caminar tres manzanas y solo vamos a observar a la gente. Pero no como estadísticas. Vamos a mirarles a las manos y a los ojos.
Recorrieron la arteria comercial de la ciudad. A esas horas, miles de trabajadores abandonaban las torres de oficinas y se agolpaban en las paradas de autobús, las estaciones de metro y los semáforos. La escena se repetía con la precisión de un contagio epidémico:
Siete de cada diez personas caminaban con la cabeza inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, iluminadas por el resplandor cian de sus dispositivos.
En las marquesinas, la gente sacaba el teléfono del bolsillo a los tres segundos de detenerse, incapaz de soportar la pausa de treinta segundos sin un estímulo visual.
Desbloqueaban la pantalla de forma automática, sin recibir ninguna notificación previa, simplemente por el impulso neurótico de llenar el vacío del tiempo presente.
Mateo se detuvo junto a un hombre de mediana edad que esperaba el cambio de fase de un semáforo de peatones. El hombre repasaba frenéticamente un muro de vídeos breves y absurdos en su pantalla.
—Disculpe —dijo Mateo con amabilidad—. ¿Lleva mucho tiempo esperando?
El peatón levantó la cabeza, sobresaltado, como un sonámbulo al que despiertan de golpe.
—¿Eh? Ah, no... el semáforo.
—Perdone que le pregunte —intervino Hipatia, dando un paso al frente con la mirada fija en el dispositivo del hombre—. ¿Esa información que está consumiendo en este instante le aporta algún dato relevante para su existencia? ¿Le resulta imprescindible?
El hombre miró la pantalla, luego miró a Hipatia y soltó una risa triste y avergonzada.
—¿Esto? No, qué va. Es una basura —admitió el viandante, encogiéndose de hombros—. Sé que pierdo demasiado tiempo con esta mierda. Sé que debería estar pensando en mis cosas o mirando la calle.
—Si reconoce la vacuidad del estímulo —insistió Hipatia, genuinamente perturbada—, ¿por qué lo busca con tanta avidez?
El hombre guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, pero sus dedos siguieron acariciando el borde del aparato desde fuera, con un tic nervioso.
—Porque si apago la pantalla, me quedo a solas conmigo mismo —respondió el hombre antes de cruzar la calle que acababa de abrirse—. Y créame, señora... a estas alturas del día, la última persona con la que quiero estar a solas es conmigo mismo. Al menos así no pienso.
El peatón se perdió entre la multitud de la acera opuesta.
Hipatia permaneció en el bordillo, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía blando y movedizo.
El anestésico no era impuesto por un tirano externo; era demandado angustiosamente por las propias víctimas para no sentir el peso de su propia vacuidad.