El plano denso IV
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IV

Caía la tarde cuando Hipatia regresó al pequeño café de barrio donde solía encontrar a Mateo. Esta vez no llevaba la tablilla visible sobre las rodillas ni desplegó pliegos de papel milimetrado sobre la mesa de madera. Se sentó en un rincón discreto y esperó.

Mateo apareció poco después, con la cartera de trabajo colgada del hombro, la camisa desabotonada en el cuello y el rostro castigado por la jornada en el centro de atención digital. Al verla, se detuvo un instante, sorprendido de no encontrar la batería de preguntas analíticas de costumbre.

—Hoy no hay gráficos —observó Mateo, dejándose caer en la silla de enfrente con un suspiro pesado.

—No —respondió Hipatia con voz tranquila—. Hoy solo hay un café. Si lo deseas.

Mateo la miró a los ojos, notando por primera vez la sombra de cansancio que empezaba a empañar la pulcritud matemática de la mujer. Pidió dos cafés cortos y, durante largos minutos, permanecieron en silencio, escuchando el tintineo de las tazas y el murmullo de la calle a través del cristal.

—Ayer... en la plaza —empezó Hipatia, midiendo cada sílaba—, dijiste algo que no he logrado encajar en ningún postulado. Dijiste que la gente no busca la verdad, sino confirmación.

Mateo dio un sorbo a su taza y miró la mesa.

—Es la verdad, Hipatia. Al menos la nuestra.

—Explícamelo —pidió ella, e inclinó levemente la cabeza hacia él, sin actitud doctrinaria, simplemente escuchando—. Explícame cómo funciona tu vida. Sin estadísticas. Sin categorías.

Mateo permaneció callado un instante, buscando las palabras. Por primera vez desde que se conocieron, no recurrió a la ironía ni al cinismo defensivo.

—Mi vida es muy sencilla —dijo en voz baja—.

Me levanto a las seis y media. Cojo un tren abarrotado donde el aire huele a fatiga rancia.

Me encierro ocho horas en un cubículo de un metro cuadrado a responder llamadas de personas que me odian antes de descolgar, porque la empresa para la que trabajo les ha cobrado una comisión abusiva o les ha cortado un servicio que necesitan.

Mi trabajo consiste en aplicar protocolos fríos para que la empresa no pierda dinero, mientras convenzo al cliente de que me importa su vida.

No me importa. No puedo permitirme que me importe, porque si me importara cada uno de los ochenta clientes que atiendes al día, a la tercera semana te tiras por la ventana.

Hipatia lo escuchaba sin pestañear.

—Cobro lo justo para pagar el alquiler de un piso pequeño, la comida que no me da tiempo a cocinar y la conexión a internet que me permite ver series hasta las doce de la noche para olvidar las ocho horas del cubículo —continuó Mateo, con una lucidez plana que dolía más que un grito—.

No soy una víctima de ningún tirano con corona.

Nadie me pone una pistola en la nuca para que vuelva cada mañana.

Elijo ir. Renuncio a mis proyectos, renuncio a leer, renuncio a buscar algo más profundo...

porque el sistema está diseñado para que estés lo suficientemente cansado como para no intentar cambiar nada, pero lo suficientemente pagado como para no arriesgarte a perder lo que tienes.

Hipatia se inclinó hacia delante.

—Si eres plenamente consciente de la estructura de la jaula... —preguntó en un susurro—, ¿por qué no la abandonas? ¿Por qué no te rebelas?

Mateo tardó en contestar. Miró el fondo negro de su taza de café, luego levantó la mirada y la clavó en los ojos oscuros de la filósofa.

—Porque tengo miedo —dijo con absoluta sencillez.

El silencio que siguió a esa frase fue más denso que cualquier tratado de teología.

—¿Miedo? —repitió Hipatia, y la palabra sonó extraña en sus labios, como una variable desconocida en una ecuación limpia.

—Miedo a la intemperie —explicó Mateo—. Miedo a descubrir que fuera de la jaula no hay nada.

Miedo a no saber quién soy si dejo de ser el tipo que responde llamadas.

Miedo a fracasar en la libertad. El cansancio es cómodo, Hipatia.

La jaula te da un techo y una rutina. La libertad te exige responder por tu propia vida.

Y la mayoría preferimos la servidumbre garantizada antes que la incertidumbre de ser libres.

Hipatia se quedó petrificada. Había descendido al Plano Denso buscando ignorancia y errores de cálculo.

Había preparado argumentos para iluminar mentes a oscuras.

Y en su lugar, se encontraba frente a una fortaleza inexpugnable construida con las piedras del miedo, la fatiga y la renuncia voluntaria.

Y el miedo era una magnitud que ninguna geometría sabía medir.