El plano denso VI
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VI

De regreso a la biblioteca abandonada, la noche avanzaba fría y silenciosa. Hipatia caminaba por las calles desiertas en compañía de Hermes, con el paso lento y la mente turbada por las revelaciones del día.

—Si saben perfectamente que es una jaula... —rompió el silencio Hipatia, con un tono de genuina frustración en la voz—. Si comprenden que les roba el tiempo, la salud y la capacidad de pensar por sí mismos... ¿Por qué continúan eligiéndola? ¿Por qué regresan a ella cada mañana?

Hermes se detuvo bajo la luz parpadeante de una farola urbana y la miró con una mezcla de melancolía y afecto.

—Porque la puerta de la jaula tiene dos lados, Hipatia —respondió el mensajero en voz baja.

La filósofa se detuvo y lo quedó mirando fijamente.

—¿Qué quieres decir?

—Visto desde el interior de la sala de servidores o desde el orden abstracto de tus demostraciones matemáticas, parece una prisión evidente y condenable —explicó Hermes con suavidad—.

Pero visto desde el suelo de la calle, cuando estás agotado, solo, asustado y sin redes comunitarias que te sostengan...

la puerta abierta de la jaula no parece una salida hacia la libertad.

Parece un abismo oscuro. Parece un precipicio.

Hipatia sintió que las palabras de Hermes resonaban en su interior como un martillo sobre cristal templado.

Recordó el rostro de Mateo al confesar su miedo a la intemperie; recordó las risas cómplices en el bar de tapas; recordó la avalancha de jóvenes buscando validación en el evento comercial.

Comprendió, por fin, que el sistema no se sostenía sobre la mentira de la ignorancia, sino sobre la verdad del consuelo.