II
Hermes la condujo a través del entramado urbano hasta un edificio de cristal ahumado y líneas arquitectónicas impecables situado en el distrito financiero. En el rótulo de la entrada, letras de bronce discreto anunciaban un centro de medicina de alto rendimiento y salud integral.
No era un hospital convencional; no olía a antiséptico ni se oían sirenas.
Olía a té verde, madera de cedro y silencio caro.
En la sala de espera, sumida en una penumbra artificial y relajante, docenas de personas vestidas con trajes ejecutivos e indumentarias pulcras esperaban su turno frente a pantallas que proyectaban imágenes de bosques bajo la lluvia.
Hipatia avanzó entre las butacas de cuero, sosteniendo su tablilla oculta bajo el pliegue de la túnica. Esperaba encontrar ignorancia, descuido o ignorantes funcionales que no comprendieran las leyes de la fisiología.
Se equivocaba.
Hermes la guio hasta un pequeño reservado donde un hombre de unos cuarenta años, director de operaciones en una firma de inversión, rellenaba un cuestionario médico en una tableta digital. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos le temblaban levemente al sostener el bolígrafo óptico.
Hipatia se acercó, manteniendo el tono analítico.
—He examinado sus biomarcadores de estrés y su privación crónica de sueño —dijo sin rodeos—.
Los datos indican que su ritmo cardiaco y sus niveles de cortisol equivalen a los de un individuo en estado de asedio militar continuo.
Si no interrumpe de inmediato su actividad laboral, el colapso vascular es inevitable. Es una deducción matemática elemental.
El ejecutivo levantó la vista. No había sorpresa en sus ojos; solo una cansada y profunda resignación.
—Lo sé —respondió el hombre, soltando un resoplido seco que pretendía ser una sonrisa—.
Conozco mis analíticas al milímetro. Tengo cuatro aplicaciones que me miden las fases del sueño, el pulso y la variabilidad cardiaca.
Sé perfectamente que esto me está matando.
Sé que debería desconectar, mudarme al campo y ver a mis hijos más de diez minutos antes de que se duerman.
Hipatia frunció el ceño, descolocada.
—Si posee el conocimiento pleno del diagnóstico y de las consecuencias fatales... ¿por qué no ejecuta la corrección de inmediato?
—Porque si me detengo hoy, la maquinaria sigue girando sin mí —contestó el hombre, mirando el ventanal que daba a los rascacielos—.
Si bajo el ritmo, pierdo la plaza. Si pierdo la plaza, no puedo pagar la hipoteca de la casa que compré para que mi familia estuviera segura.
Sé que me destruye, pero tengo que seguir. No hay otra opción.
A pocos metros, en otra de las salas de consulta, una joven ingeniera de software conversaba con un terapeuta sobre sus ataques de pánico nocturnos. Hipatia se detuvo junto a la puerta entornada y escuchó:
—Sé que el aislamiento digital es nocivo.
He leído todos los estudios sobre la adicción a las redes y la atrofia emocional —decía la chica, apretando los nudillos contra el regazo—.
Sé que es verdad. Ya lo sé. No necesito que nadie me lo repita.
Pero la alternativa a estar conectada es desaparecer.
Y tengo más miedo a desaparecer que a enfermar.
Hipatia dio dos pasos hacia atrás, sintiendo una punzada de inquietud en el pecho. La información ya existía en el Plano Denso. No faltaba luz ni conocimiento. Las víctimas poseían la radiografía exacta de su propia prisión y conocían al detalle la fecha de su ejecución.
Y aun así, avanzaban voluntariamente hacia el hacha.