El plano denso CAPÍTULO 5 EL COSTE DE SABER
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CAPÍTULO 5 EL COSTE DE SABER

I

Al día siguiente del desastre en la plaza, la sala abandonada en la planta superior de la biblioteca pública parecía haber encogido. El polvo flotaba en la luz grisácea de la mañana, atrapado en una suspensión estática que imitaba el estado mental de Hipatia de Alejandría.

La matemática no había dormido. Sus ojos, acostumbrados al orden inmutable de las esferas celestes, mostraban unas ojeras tenues y violetas.

Sobre las mesas de roble, los mapas urbanos y los diagramas sociológicos aparecían desordenados, cubiertos de enmiendas rascadas en la arcilla y tachaduras agresivas.

Releía las cifras. Repetía las ecuaciones de flujo poblacional.

Cruzaba los porcentajes de lectura con los de reacción hostil.

Buscaba un error de cálculo, un sesgo en la muestra, una variable térmica mal calibrada...

Cualquier fallo lógico que pudiera explicar por qué miles de personas habían rechazado la evidencia matemática objetiva para arremeter violentamente contra la fuente.

No encontró ningún error. Los números eran irreprochables.

Un paso ligero y silencioso resonó en el parqué desgastado.

Hermes apareció entre las sombras de las estanterías vacías, sosteniendo dos tazas de cerámica humeante.

Observó el caos de la sala, las tablillas acumuladas y la rigidez de Hipatia, cuya mano derecha aún sostenía el estilo de metal con la firmeza de un soldado aferrado a un arma inútil.

—Llevas catorce horas buscando un fallo que no existe en el papiro, Hipatia —dijo el mensajero, dejando una de las tazas en el borde de la mesa.

Hipatia no levantó la vista. Su dedo señalaba una curva descendente en un gráfico de satisfacción subjetiva.

—Tiene que haber una inconsistencia en la premisa —murmuró, con la voz rasposa por el silencio prolongado—.

La mente humana está diseñada para buscar el bien y evitar la autodestrucción.

Si la evidencia demuestra que una conducta produce sufrimiento, el sujeto lógico corrige la marcha. Es un principio básico de conservación.

Hermes se inclinó sobre la mesa, observándola con una compasión antigua y triste.

—¿Y si la gente ya sabe todo eso? —preguntó suavemente—. ¿Y si no necesitan que nadie baje del cielo a enseñarles los gráficos porque viven dentro del gráfico cada minuto del día?

Hipatia se quedó petrificada. El estilo de metal rozó la arcilla sin llegar a marcarla. Levantó despacio los ojos hacia el dios del comercio y los caminos, y por primera vez desde que descendió de Aeterna, una grieta de auténtica incertidumbre se dibujó en sus facciones.

—Entonces... —susurró, y la voz le tembló imperceptiblemente— la situación sería infinitamente peor de lo que imaginaba. Porque no nos enfrentaríamos a una ceguera que se cura con luz. Nos enfrentaríamos a algo para lo que no existe demostración geométrica.

Hermes dio un paso atrás y señaló la puerta con el mentón.

—Sal de aquí, Hipatia. Apaga las lámparas. Vamos a ver dónde duele la verdad cuando no hay pantallas delante.