VI
Al principio, el experimento pareció funcionar.
Varios transeúntes se detuvieron al pasar frente a la pantalla.
Leyeron los datos con atención, fruncieron el ceño ante las estadísticas de aislamiento y parecieron reflexionar durante unos minutos sobre la crudeza de las cifras expuestas.
Hipatia sintió una cálida oleada de optimismo triunfal: los números no mentían; la verdad comenzaba a abrirse paso.
Pero poco a poco, de manera sutil y desoladora, la dinámica de la plaza comenzó a corromperse y a volverse hostil.
Los ciudadanos empezaron a reaccionar de formas imprevistas por los modelos teóricos de la matemática:
Un sector de la multitud se detuvo para acusar a gritos a Hipatia y a sus colaboradores de manipular los datos con intereses aviesos, tildando los gráficos de propaganda artificial.
Otro grupo numeroso aseguró con absoluta convicción que las cifras eran completamente falsas y formaban parte de una conspiración mediática destinada a paralizar la economía.
Los sectores más ideologizados utilizaron fragmentos aislados de la información objetiva únicamente para justificar sus prejuicios previos y lanzarse recíprocos reproches en discusiones airadas.
Jóvenes sonrientes se hicieron selfies de espaldas a la pantalla, convirtiendo las estadísticas de crisis social en memes virales para sus perfiles.
El fracaso intelectual pronto escaló a la humillación personal.
Un grupo de transeúntes airados se abalanzó verbalmente sobre la propia Hipatia, rodeando el banco donde se encontraba.
La acusaron a gritos de ser una farsante pagada por el sistema, una cínica o una desequilibrada mental.
Hipatia se puso en pie e intentó explicarles la base lógica de sus mediciones, pero nadie la escuchó; la interrumpieron con burla, la abuchearon y varios teléfonos móviles se alzaron de inmediato para grabarla de cerca,
transformando su desesperación en un espectáculo cómico y efímero para las redes.
Con las mejillas ardiendo de indignación y desconcierto ante la virulencia colectiva, incapaz de procesar el rechazo irracional, Hipatia buscó refugio instintivo en su método: abrió apresuradamente su tablilla y, con pulso rígido, escribió bajo el asedio: «Observación:
la hostilidad aumenta ante la contradicción.»
Intentaba refugiarse en la razón para no admitir la herida.
Absolutamente nadie modificó sus hábitos a largo plazo.
Sin embargo, entre la marea de indiferencia y ataque, ocurrió algo imperceptible: un anciano con una bolsa de la compra se detuvo frente a la pantalla, leyó en silencio los datos sobre el aislamiento de los mayores, permaneció pensativo durante unos minutos con la mirada perdida en las cifras...
y luego reemprendió la marcha con el paso un poco más lento, meditando en su interior.
Hipatia, abrumada por el acoso del gentío, no llegó a advertirlo.
Mateo, que se había acercado a la plaza para ver el resultado del experimento, intervino con firmeza para apartar a los mirones y se sentó a su lado en silencio. Cuando el tumulto amainó, con una mezcla de tristeza y resignación, pronunció las palabras que desmoronaron su teoría:
—No entiendes a la gente, Hipatia —dijo Mateo en voz baja, mirando cómo la multitud ignoraba o combatía los gráficos luminosos—.
Nadie viene aquí buscando la verdad. La verdad es incómoda, exige esfuerzo y te obliga a cambiar.
Vienen buscando confirmación. Buscan que alguien les diga que ya lo están haciendo bien.
Un silencio espeso y helado cayó entre ambos.