VII
A kilómetros de allí, en la planta más alta de una torre corporativa de cristales oscuros, el Magnate Digital recibió un informe automatizado sobre la anomalía estadística generada por la pantalla en la plaza pública.
En las pantallas de su despacho privado aparecieron las imágenes de circuito cerrado que mostraban a Hipatia junto a su instalación informativa y el posterior linchamiento digital en la plaza.
El Magnate amplió el rostro de la mujer con un gesto de sus dedos, observando su túnica y la firmeza desconcertada de sus facciones.
Era la primera vez que reparaba en su existencia.
No sabía quién era ni de dónde había salido, pero el simple hecho de que alguien intentara inyectar datos objetivos en el torrente sanguíneo de la atención pública le encendió una señal de alarma interna.
El Magnate esbozó una sonrisa fría, exenta de calidez, y dejó escapar una frase que destilaba el cinismo absoluto de su imperio:
—Interesante... Todavía queda gente ingenua que cree que los datos pueden competir contra el deseo —murmuró para sí mismo, antes de activar el intercomunicador—. Averigüen quién es esa mujer. Quiero saber de dónde saca los algoritmos.