IV
A finales de esa misma semana, Mateo descubrió que la extraña mujer de la túnica geométrica seguía rondando su zona habitual de descanso. La encontró sentada en una mesa exterior de una cafetería de barrio, rodeada de papeles milimetrados y anotando mediciones con una concentración de alta escuela.
Mateo se acercó con un vaso de cartón humeante entre las manos y se detuvo junto a su mesa, esbozando una mueca de escepticismo divertido.
—¿Sigues por aquí analizando a las personas como si fueran hormigas en un hormiguero? —preguntó, sacudiendo la cabeza.
Hipatia levantó la vista y lo observó con fijeza.
—No sois hormigas —respondió con total seriedad académica—. Las hormigas responden a patrones biológicos de cooperación instintiva altamente eficientes. Vosotros sois extraordinariamente complejos y, en apariencia, irracionales.
Mateo soltó una carcajada corta, apoyando el peso en una pierna.
—Vaya. Gracias. Supongo.
Durante los minutos siguientes, la conversación fluyó con una ligereza inesperada. En un momento dado, Hipatia interpretó de manera completamente literal un modismo moderno que Mateo acababa de emplear. Mateo soltó una carcajada abierta, genuina y sonora.
Hipatia, desconcertada por la reacción, frunció levemente el ceño y se irritó de forma sutil, sintiendo que sus categorías analíticas volvían a tambalearse ante aquel humor absurdo.
Sin embargo, al verla a la defensiva, Mateo dejó de mirarla como a una excéntrica de telerrealidad o a una loca inofensiva; y Hipatia, al notar la paciencia en su mirada, por primera vez dejó de verlo como un simple dato estadístico o un error de cálculo biológico.
Se miraron con curiosidad renovada, y entonces, de forma natural, Mateo la invitó a sentarse y tomar un café.