III
A pocos kilómetros de allí, en una de las esquinas más bulliciosas de la zona comercial, Olympe de Gouges caminaba con paso firme entre la muchedumbre, observando con una mezcla de fascinación e indignación cómo las antiguas reivindicaciones de libertad,
igualdad y autonomía personal habían sido completamente cooptadas por el mercado.
Olympe se detuvo frente a una gran tienda de ropa donde un gigantesco cartel luminoso exhibía eslóganes revolucionarios desprovistos de contenido, vendidos al peso como meros accesorios estéticos para camisas de usar y tirar.
Comprobó con amargura cómo las pancartas por la dignidad humana se habían convertido en pegatinas de diseño corporativo y cómo la rebeldía se anunciaba en los autobuses urbanos como un producto de temporada.
La lucha política ya no necesitaba ser reprimida; el sistema la había integrado, vaciado de sentido y devuelto convertido en un artículo de consumo rápido.