El plano denso CAPÍTULO 4 LA ECUACIÓN DEL RUIDO
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CAPÍTULO 4 LA ECUACIÓN DEL RUIDO

I

A la mañana siguiente del tenso encuentro con Mateo, Hipatia de Alejandría ocupó de manera improvisada y discreta una sala abandonada en la planta superior de una antigua biblioteca pública del centro de la metrópoli.

Desde allí, rodeada de ventanales polvorientos que filtraban el gris plomizo del cielo metropolitano, estableció su centro de operaciones invisibles, un observatorio desde el cual pretendía diseccionar la parálisis de aquella civilización.

En cuestión de horas, la estancia se transformó en un improvisado laboratorio del desorden humano.

Sobre los pupitres de madera noble y las mesas de lectura se extendieron mapas urbanos de la megaciudad, pliegos de anotaciones matemáticas, gráficos de tendencias y esquemas de comportamiento que cruzaban variables sociológicas y termodinámicas.

Hipatia trabajaba con una intensidad febril, sin concederse un solo respiro, impulsada por la férrea convicción de que podía descifrar y corregir el rumbo de aquella sociedad.

Para ella, el axioma fundamental seguía intacto: toda anomalía posee una causa demostrable, toda causa puede identificarse mediante el análisis riguroso, y todo problema de diseño racional es susceptible de corrección.

Hermes, apoyado contra el marco de una estantería repleta de volúmenes de enciclopedias desactualizadas, la observaba redactar fórmulas con el extremo de un estilógrafo.

—Trabajas con la precisión de una divinidad geométrica, Hipatia —comentó el mensajero, cruzándose de brazos con una media sonrisa irónica que no alcanzaba los ojos—. Pero dime una cosa... ¿Y si esto no es un problema matemático? ¿Y si el tablero está hecho de algo que la lógica no puede medir?

Hipatia levantó la vista de la mesa, mirándolo con la absoluta seguridad de quien no concibe el desorden eterno.

—Todos los problemas son matemáticos, Hermes —respondió con frialdad analítica—. Algunos simplemente están mal formulados o carecen de los datos necesarios para su resolución correcta.

Hermes guardó silencio, pero una sombra de profunda preocupación cruzó su mirada. Sabía que la matemática se dirigía de cabeza hacia un muro invisible.