VI
El intercambio perdió el tono cómico inicial para volverse áspero, directo y profundamente honesto.
Hipatia intentaba retomar el hilo de sus categorías analíticas, buscando una explicación racional para el rechazo del muchacho, pero Mateo dio un paso al frente, con la frustración acumulada de años de rutina explotando sin filtro ante aquella extraña de túnica inmaculada.
—No necesitamos otro filósofo —dijo Mateo, con la voz quebrada por un temblor de fatiga crónica—. No necesitamos otra teoría rebuscada. No necesitamos que venga nadie de fuera a explicarnos exactamente qué estamos haciendo mal, como si fuéramos niños tontos en un colegio.
Hipatia abrió ligeramente los labios, incapaz de articular una defensa matemática ante aquel estallido.
—Lo que necesitamos —continuó Mateo, frotándose los ojos con desesperación, sintiendo el ardor de la pantalla aún en las retinas— es descansar.
Es tener un maldito día en el que el mundo no nos exija producir, responder, sonreír, rendir y estar disponibles veinticuatro horas al día.
Nadie nos enseña a vivir; solo nos enseñan a sobrevivir al siguiente correo.
Se hizo un silencio espeso alrededor de ambos, ignorando por completo el bullicio indiferente de la calle y el tráfico que rugía a sus espaldas.
Hipatia sintió un vértigo insólito. En ninguno de sus manuales, en ninguna de sus demostraciones matemáticas, en ninguna de las grandes discusiones del panteón se había mencionado el agotamiento.
Nadie hablaba de la virtud, ni del honor, ni de la sabiduría perdida de los antiguos.
Aquel hombre solo hablaba de un cansancio físico y mental tan denso que anulaba cualquier aspiración superior.
Y eso no encajaba en ninguno de sus modelos.