El plano denso V
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Al caer la tarde, Mateo salió de la oficina. Caminaba despacio, con los hombros encorvados por el cansancio acumulado, el abrigo mal abrochado y el único deseo de llegar a su apartamento para desconectar de todo estímulo luminoso.

En una esquina muy transitada, Hipatia —que seguía de cerca los movimientos de la zona apoyada por las indicaciones de Hermes— detectó que el ritmo cardíaco,

la postura encorvada y los indicadores estadísticos de fatiga de aquel peatón coincidían exactamente con los perfiles de agotamiento que llevaba analizando todo el día.

Decidió dar un paso al frente y abordarlo.

Se interpuso en su camino con elegancia académica, bloqueándole el paso de forma geométrica.

—Disculpe —dijo Hipatia con tono claro y analítico—. Tras observar sus constantes y su deambular urbano, he deducido que su civilización presenta síntomas evidentes de deterioro existencial.

Mateo parpadeó, deteniéndose en seco con un sobresalto. Miró a aquella mujer de túnica extraña, tan impecable, pulcra y absolutamente ajena al asfalto gris de la ciudad.

—¿Perdón? —respondió, frunciendo el ceño y recostándose ligeramente hacia atrás.

—Los niveles de bienestar subjetivo de su estrato social son radicalmente incoherentes con los recursos técnicos de los que disponen —continuó Hipatia, imperturbable, ajustando su tablilla—. Es una disfunción sistémica de proporciones alarmantes.

Mateo la observó de arriba abajo, esbozando una sonrisa incrédula, amarga y profundamente cansada.

—Ah. Vale. Ya veo. ¿De qué compañía sois? —suspiró, frotándose el puente de la nariz con dos dedos—. ¿Vendéis cursos de criptomonedas, es una secta piramidal o intentáis captarme para algún multinivel de bienestar? Porque os juro que hoy no me quedan fuerzas para ninguna estafa.

Hipatia parpadeó, desconcertada por el término y por la hostilidad defensiva del muchacho.

—No pertenezco a ninguna corporación mercantil ni a ninguna estructura sectaria. Soy Hipatia. Y estoy intentando explicarle que los fundamentos lógicos de su sociedad se han desmoronado bajo el peso de sus propias contradicciones.

—Mira, señora o lo que sea —bufó Mateo, intentando sortearla para seguir su camino hacia el portal—. No tengo tiempo para discursos de autoayuda ni para acertijos de teletienda. Estoy agotado.

—Si me permite desglosarle los datos analíticos... —insistió ella, volviendo a cortarle el paso con un movimiento milimétrico.

A pocos metros, Hermes observaba la escena cruzado de brazos, con una sonrisa divertida y comprensiva dibujada en los labios, dejando que la matemática se estrellara contra el muro de la realidad humana.

Mateo la miró a los ojos, sintiendo una mezcla de irritación repentina y un cansancio insondable, y soltó la pregunta que quebró el ritmo de la conversación:

—Dime una cosa. ¿Has trabajado alguna vez en tu vida? ¿De verdad? ¿O solo te dedicas a teorizar desde la barrera sin haber pegado un palo al agua?

Hipatia se quedó completamente paralizada. La pregunta la golpeó con la precisión de un dardo afilado. Jamás, en toda su existencia histórica ni en los eones transcurridos en el orden inmaterial de Aeterna, se había planteado semejante cuestión práctica.