El plano denso II
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II

El aterrizaje no se produjo en una plaza histórica de mármol ni en un paisaje bucólico, sino en las entrañas hiperestimuladas del mundo moderno: una gran estación intermodal a las afueras de una megaciudad.

Y el impacto físico fue inmediato, violento y desconcertante.

A diferencia del aire puro y estático de Aeterna, el Plano Denso se abalanzó sobre los avatares como una bofetada invisible.

Hipatia sintió un mareo repentino, un vértigo vertical causado por la presión de miles de ondas electromagnéticas cruzando el espacio a la vez.

Le costaba coordinar los pasos; el suelo de baldosas brillantes parecía latir bajo sus sandalias como un organismo vivo y febril.

A su lado, Olympe de Gouges frunció el ceño, sintiendo cómo el aire viciado de queroseno y polución le rascaba la garganta.

El choque sensorial era absoluto: una masa ininterrumpida de cuerpos apresurados que los esquivaban sin mirarlos, arrastrados por una urgencia ciega.

—Por los dioses —murmuró Hermes, parpadeando con fuerza ante el parpadeo incesante de los carteles de neón que recubrían las paredes de arriba abajo—. El aire aquí pesa. Está cargado de demasiadas cosas que no sirven para nada.

Diógenes de Sínope, en cambio, avanzó arrastrando los pies, escupiendo al suelo con desdén mientras examinaba el entorno con una mezcla de repugnancia y diversión.

Sus ojos cínicos recorrieron los paneles publicitarios, las pantallas gigantescas y la riada de viandantes zombificados por sus teléfonos.

Se detuvo frente a una máquina expendedora de bebidas frías, golpeó el cristal blindado con su bastón nudoso y, tras insertar una moneda que Hermes le había prestado, sacó una lata escarchada.

Tras dar un trago largo y ruidoso al líquido carbonatado, Diógenes limpió los labios con el dorso de la mano y soltó una carcajada seca y escéptica:

—He esperado dos mil años de eternidad muerta para descubrir que la cúspide de la civilización humana culminaría en una máquina que vende agua con burbujas a cambio de metal brillante. Qué magnífica evolución.

Hipatia, intentando recuperar la compostura mientras combatía la náusea sensorial que le zumbaba en los oídos, se giró hacia Hermes y preguntó con voz tensa:

—¿Cómo consiguen pensar? ¿Cómo es posible que razonen con este nivel constante de agresión ambiental?

Hermes la miró con una sonrisa amarga, observando cómo la multitud los barría a los lados.

—Esa es precisamente la cuestión, querida Hipatia —respondió—. No lo hacen.