CAPÍTULO 3 EL DESCENSO AL PLANO DENSO
I
Tras la clausura del cónclave, los avatares elegidos para la misión se reunieron en la plataforma inmaterial del Axis Mundi.
No había fasto ni discursos de despedida; la inmensidad de Aeterna parecía encogerse bajo el peso de una decisión que ya no tenía marcha atrás.
Por primera vez en eones, los dioses dejaban de ser meros espectadores desde la lejanía para mancharse las manos en el tiempo de los hombres.
En el borde del abismo luminoso aguardaban Hipatia, con su túnica geométrica intacta; Hermes, ajustándose con nerviosismo las sandalias; Olympe de Gouges, que revisaba mentalmente los panfletos invisibles que portaba en su memoria; y Diógenes de Sínope,
apoyado en un bastón nudoso con una expresión de aburrimiento cínico.
Detrás de ellos, varias deidades menores completaban la expedición.
Hermes se detuvo un instante junto a la matemática. Percibió la rigidez en su postura, la fe inquebrantable que todavía sostenía su armadura intelectual.
—¿Sigues pensando que bastará con mostrarles la verdad? —preguntó el mensajero en voz baja, con un atisbo de duda en los ojos.
Hipatia lo miró con la seguridad fría de quien confía en la infalibilidad de los números.
—La realidad no deja de ser verdadera porque alguien la ignore —respondió con firmeza.
Hermes no discutió más. Dio un paso al frente y extendió los brazos.
El Axis Mundi se abrió. No como una puerta de madera ni como un portal clásico, sino como una fractura luminosa y cegadora en el tejido mismo de la realidad.
Un crujido sordo, como el desgarro de un pergamino cósmico, vibró en el aire antes de que los avatares se lanzaran al vacío, cruzando la frontera hacia la densidad del mundo terrenal.