XI
A solas, junto al borde inmaterial del Axis Mundi, Hipatia contemplaba el abismo cósmico donde titilaban las luces lejanas de la Tierra.
Hermes se le acercó en silencio, apoyando una mano dorada sobre el parapeto de ébano.
—¿Estás segura? —preguntó el mensajero en voz baja, con un matiz de genuina preocupación en la mirada.
—Sí —respondió la matemática sin vacilar.
—¿De qué?
Hipatia hizo una larga pausa, dejando que el viento de los mundos pasados meciera los pliegues de su túnica antes de pronunciar la sentencia que cerraba el cónclave:
—De que la verdad acabará imponiéndose.
Hermes no respondió. Había conocido demasiadas verdades olvidadas a lo largo de los eones, y demasiadas mentiras victoriosas que habían vestido el mundo a su antojo.
Justo cuando la figura de Hipatia comenzaba a alejarse hacia el umbral del descenso, la superficie apagada de la Esfera del Crisol parpadeó por un último segundo, proyectando una imagen fugaz y solitaria: en una cabina gris de atención digital,
un joven de ojos consumidos —Mateo— miraba fijamente al vacío de su pantalla, exhausto ante el peso invisible de las horas.
Un parpadeo. Y las pantallas volvieron a apagarse por completo.