El plano denso X
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Justo cuando el cónclave se daba por concluido y los inmortales comenzaban a retirarse en silencio, ocurrió lo imprevisto.

Las luces de los pilares de Aeterna se distorsionaron, adquiriendo un tono tornasolado y ceniciento. Los símbolos depositados sobre el altar se deformaron como cera al fuego.

Una risa seca, burlona y ajena a cualquier protocolo resonó en las alturas.

De entre las sombras del abismo emergió Tezcatlipoca.

Llegaba tarde. Sin invitación. Con el rostro medio oculto por la pintura negra y el espejo humeante colgado al costado, el dios azteca cruzó el salón con paso arrogante, ignorando las miradas de reproche de las deidades principales.

Se detuvo ante el altar, examinó los restos de la votación y soltó una sonrisa afilada como un cuchillo de obsidiana.

—¿Habéis terminado ya con vuestras pequeñas funciones de titiriteros? —preguntó Tezcatlipoca, con un tono de sincera diversión.

Nadie respondió. El silencio se volvió tenso, eléctrico.

El dios del caos dio unos pasos lentos entre los inmortales, examinándolos uno a uno con sus ojos de humo, antes de detenerse frente a Hipatia. Inclinó ligeramente la cabeza, como quien saluda a una ilusionista a punto de fracasar en su truco de magia, antes de soltar su veredicto:

—Llevo observando a los humanos cinco mil años.

Siempre que intentan salvarse terminan construyendo una prisión distinta —murmuró, saboreando el efecto de sus palabras—.

Pero lo fascinante no es que la humanidad esté perdida...

Lo fascinante es que ninguno de vosotros se ha planteado la posibilidad de que también lo estéis.

Sin esperar réplica, el dios azteca dio media vuelta y se desvaneció en una voluta de humo espeso que olía a ceniza y maíz tostado.

Hipatia se quedó petrificada en medio del salón vacío, con la mirada fija en el punto exacto donde el dios del caos había desaparecido. Por primera vez en su existencia inmortal, una duda helada cruzó los cimientos de su certeza matemática.