III
A pocos kilómetros de aquella estación intermodal, en un modesto apartamento de paredes claras y orden impecable, el despertador de Mateo comenzó a sonar.
No era un hombre miserable. No vivía en la pobreza extrema, ni arrastraba una tragedia novelesca, ni sufría el peso de una gran catástrofe personal.
Su vida funcionaba con la precisión de un mecanismo engrasado.
Y precisamente ahí residía el problema: su vida funcionaba, pero estaba radicalmente vacía.
La secuencia de la mañana transcurrió como un ritual mecánico, una coreografía fantasmal repetida mil veces.
El teléfono móvil vibró sobre la mesilla antes de que abriera los ojos por completo.
Las primeras notificaciones del día, los correos pendientes de la empresa, los titulares alarmantes de la prensa digital y la publicidad personalizada inundaron su pantalla en cuestión de segundos, secuestrando su atención antes de que tuviera un pensamiento propio.
Mateo se levantó de la cama con las articulaciones pesadas, se preparó un café rápido en la cafetera automática y lo desayunó de pie, mirando fijamente la pantalla del dispositivo sin recordar el sabor de la tostada ni el calor de la taza en los labios.
El trayecto en metro fue el de costumbre: un vagón abarrotado de aire espeso donde decenas de personas viajaban en absoluto silencio colectivo, cada una encorvada sobre su propia pantalla, con los auriculares puestos para aislarse del ruido del mundo y de su propia compañía.
Nadie se miraba a los ojos; cruzar una mirada era un riesgo innecesario, una pequeña grieta en el caparazón de aislamiento.
A las nueve en punto, Mateo ocupó su puesto en el centro de atención digital de una gran corporación.
Su espacio de trabajo era un cubículo gris, rodeado de paneles acústicos absorbentes y pantallas auxiliares que monitorizaban sus métricas de productividad en tiempo real: el tiempo medio por llamada, la tasa de resolución de incidencias,
el índice de satisfacción del cliente medido con emoticonos sonrientes que se burlaban de su fatiga.
Mateo pasó las siguientes ocho horas resolviendo problemas abstractos de usuarios anónimos que le gritaban, lloraban o exigían soluciones imposibles a través de un chat automatizado.
Tecleaba, sonreía de forma artificial con la voz en cada llamada, archivaba expedientes y cumplía las implacables estadísticas.
Pero al terminar la jornada, con las muñecas agarrotadas, los dedos entumecidos y los ojos secos de tanto mirar la matriz de píxeles, experimentó la sensación de siempre: había resuelto cientos de pequeñas incidencias absurdas a lo largo del día, pero no sentía que hubiera ayudado a nadie de verdad.
Antes de apagar el ordenador, se quedó sentado en silencio, mirando fijamente la pantalla en negro durante varios segundos interminables, sintiendo que su propia vida se consumía en aquel reflejo oscuro sin saber muy bien por qué esperaba algo que nunca llegaba.