VII
Antes de proceder a la votación definitiva, Ma’at solicitó un último turno y presentó ante la asamblea los registros recientes de los tribunales de almas.
No se trataba de condenar a los muertos por crímenes sangrientos o grandes maldades. Se proyectaron fragmentos de existencias corrientes. Almas que, al rendir cuentas ante la balanza, se justificaban mecánicamente ante cualquier desvío moral con argumentos desgarradoramente cotidianos y humanos:
«Estaba demasiado cansado para preocuparme por los demás.» «No tenía fuerzas; la vida ya me exigía demasiado.» «Lo hice por mí; ya ayudé demasiadas veces y nadie me dio las gracias.»
La responsabilidad individual se había evaporado, disuelta en el agotamiento crónico de una sociedad exhausta. La sala entera quedó sobrecogida por una profunda inquietud al comprobar que el egoísmo ya no requería maldad; bastaba con la fatiga del vivir y la total indiferencia hacia el dolor ajeno.