V
Aprovechando la conmoción, Apolo y Hera tomaron la palabra para proponer algo más profundo y peligroso: la formación de un Senado Paralelo.
No se presentaron como villanos; se proclamaron a sí mismos como la vanguardia de la razón cósmica.
Su propuesta era cristalina: si la humanidad ya no sabía gobernarse en libertad, los dioses debían intervenir mediante una tutela invisible, imponiendo una dictadura estética y algorítmica desde las sombras para enderezar el rumbo del mundo.
Cuando Apolo expuso la necesidad de guiar a los hombres bajo una mano firme pero invisible, un murmullo de aprobación recorrió los escaños.
Varios dioses respetables, cansados del caos del Plano Denso, asintieron con seriedad.
La idea no era una locura minoritaria; empezaba a parecer la única salida sensata.
Hipatia rechazó la propuesta de inmediato, dando pie al primer gran enfrentamiento verbal de la noche.
—¡Eso no es salvarlos, Apolo! ¡Eso es convertir al hombre en un animal de zoo bajo vuestra supervisión!
—espetó Hipatia, clavando los ojos en el dios del sol con una fiereza que dejó sin aliento a los asistentes—.
¡La libertad, incluso cuando erra, es la única premisa que valida la existencia humana!
Si les arrebatáis el libre albedrío para salvarlos, ya no queda nada que salvar.
Apolo la miró con una sonrisa gélida y distante, despreciando a la mortal que osaba desafiar la jerarquía del Olimpo.