IV
En ese instante, la superficie latente de la Esfera del Crisol cobró vida por sí sola, proyectando la imagen de un hombre maduro de mirada limpia, jersey de cuello alto y una sonrisa ensayada que presidía una conferencia magistral ante miles de espectadores extasiados.
Era el Magnate Digital.
Su voz, cálida, persuasiva y modulada por la perfección de los algoritmos de audio, inundó el cónclave:
—Nuestra única misión en este mundo es conectar a las personas —decía el Magnate desde una pantalla gigantesca, extendiendo las manos con un falso aire de filántropo universal—.
Democratizar la información, eliminar las fricciones de la distancia y regalar a cada ser humano una ventana abierta al infinito. Nadie debe sentirse solo jamás.
Mientras su imagen presidía el hemiciclo, el Magnate añadió una frase directa, proyectada como un dardo invisible hacia los rincones más profundos de la sala:
—No nos engañemos. La gente no busca la verdad. Busca el alivio. La inmensa mayoría de los seres humanos preferirían siempre una mentira reconfortante antes que una verdad dolorosa que les exija pensar.
Hipatia sintió una punzada helada en el pecho. Por un segundo, la certeza matemática de su túnica pareció tambalearse; la sospecha de que aquel hombre comprendía la psicología de las masas mucho mejor que ella misma la dejó incómoda y en silencio.
Desde los escaños laterales, las deidades secundarias aportaron su breve eco al debate: —Las aguas estancadas no reflejan las estrellas —susurró Enki con voz de río hondo.
—El reflejo en el espejo de bronce solo muestra lo que el observador desea ver —añadió Amaterasu, girando levemente su reliquia.
—La serpiente que se muerde la cola cree que avanza hacia el infinito —sentenció Quetzalcóatl con una sonrisa de pluma y hueso.
El primer gran aviso había quedado impreso en el aire: el antagonista no era un tirano grotesco con un látigo; era un genio carismático que había matematizado las debilidades humanas y las había convertido en una religión del confort.