El plano denso III
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III

Viendo que el cónclave se ahogaba en un mar de opiniones viscerales y prejuicios milenarios, Hipatia se puso en pie, sacudiéndose el desconcierto momentáneo.

Su túnica blanca crujió levemente en el silencio de la sala. Caminó hacia el centro del estrado, justo frente a la Esfera apagada, y desplegó sobre una columna de piedra su tablilla de cálculos. No habló de emociones. No recurrió a la piedad ni a la ira.

Introdujo números, patrones y tendencias globales.

Con la precisión fría de un tratado de geometría, demostró ante los dioses estupefactos una paradoja insostenible: la humanidad actual poseía acceso a más conocimiento que cualquier civilización precedente en la historia del cosmos; disponía de más recursos técnicos,

mayor esperanza de vida y más canales de comunicación que los faraones, los emperadores romanos y los sabios del Renacimiento juntos.

Sin embargo, el resultado existencial era inversamente proporcional.

—Su cociente de felicidad, su estabilidad psíquica y su sentido del deber se desploman en picado de forma exponencial —concluyó Hipatia, alisando el papiro con la palma de la mano—.

No nos encontramos ante un simple colapso moral.

Estamos ante una anomalía sistémica. Una disfunción matemática donde el incremento de los medios destruye el fin del sujeto.

Los dioses la miraban con recelo. Hipatia ignoraba todavía que las ecuaciones rara vez sobreviven al contacto con una herida humana; creía firmemente que el problema era un error de código que se solucionaba con una demostración correcta,

incapaz aún de vislumbrar la vasta y oscura dimensión emocional que devoraba a los hombres por dentro.