II
El debate sobre la humanidad estalló sin preámbulos, áspero, tenso y profundamente dividido. El tema sobre la mesa no era menor: ¿merecían una nueva oportunidad o el Plano Denso debía ser abandonado a su propia inercia evolutiva?
—La humanidad merece otra oportunidad —argumentó Hermes, alzando la voz con elegancia elocuente frente al hemiciclo de pilares infinitos—. Se han extraviado, es cierto. El ruido les ha cegado. Pero bajo la superficie, la chispa de la creación sigue intacta.
Tyr dio un paso al frente, golpeando el suelo de ébano con la empuñadura de su espada rota.
—Han olvidado el honor, Hermes. Han cambiado la sangre de la lealtad por la comodidad del aplauso fácil —rugió el dios nórdico, aunque sus ojos mostraban un atisbo de clemencia—. Sin embargo, no están completamente perdidos. Todavía hay quienes cargan cruces silenciosas.
Ma’at intervino con su tono plano y absoluto:
—El desequilibrio en la balanza es insostenible. La balanza del mundo bascula peligrosamente hacia el absurdo. Si intervenimos, debe ser para corregir la medida, no por compasión.
Anubis inclinó ligeramente la cabeza, contemplando el horizonte invisible del tiempo: —Cuando el peso de la pluma ya no importa al corazón, el reino de los muertos se llena de sombras vacías —murmuró el chacal, aportando su lúgubre advertencia a la asamblea.
Apolo, dios de la luz, de la forma perfecta y del orden estético, adoptó una postura mucho más dura y despiadada. Cruzó los brazos bajo su clámide dorada y espetó con desdén:
—¿Compasión? ¿Para qué? No han sido engañados por ninguna fuerza externa. Han elegido conscientemente la decadencia, la vulgaridad y el facilismo.
Apolo avanzó hacia el centro del estrado, clavando sus ojos dorados sobre la asamblea antes de mirar directamente a Hipatia:
—¿Cuántas generaciones llevan transmitiendo sabiduría, matemática y filosofía? ¿Cuántas bibliotecas han construido para que vuelvan a destruirlas? ¿Cuántas veces más pretendéis descender a enseñar la misma lección?
Hipatia abrió los labios para replicar, pero se detuvo. El peso acumulado de los siglos de caída humana la dejó sin contestación inmediata. El argumento de Apolo, implacable y frío, golpeó la línea de flotación de su optimismo racional.
Hera, flanqueada por las sombras más severas del panteón olímpico, fue aún más lejos, proponiendo una intervención autoritaria y correctiva: si los mortales eran incapaces de gobernarse con decoro, los dioses debían retomar el cetro y reimponer las leyes por la fuerza.
La discusión derivó rápidamente en un empate moral insalvable, dividiendo a los inmortales entre la indulgencia y el castigo.