CAPÍTULO 2 EL CÓNCLAVE DEL EJE
I
Tras la pregunta de Hermes («Entonces... ¿intervenimos?»), la negrura de la Esfera del Crisol no devolvió ningún eco. Durante unos segundos, el silencio en Aeterna fue tan pesado que las órbitas de las estrellas lejanas parecieron detenerse en el firmamento inmaterial.
Entonces, un tañido profundo, metálico y milenario resonó desde las entrañas del Axis Mundi.
Campanas dimensionales que no se habían agitado desde la caída de Babilonia comenzaron a doblar, convocando a los representantes de los antiguos panteones.
Las sombras del salón circular se abrieron para dar paso a una procesión de soberanía colosal.
No era una reunión de burócratas celestiales; era una cumbre de civilizaciones extinguidas y fuerzas cósmicas que seguían reclamando su derecho sobre la memoria del tiempo, un cónclave donde el peso de los eones acumulados gravitaba sobre cada columna de mármol negro.
Llegaron desde los confines del panteón y de las eras olvidadas: Ma’at, con su paso imperturbable; Hermes, ajustándose las sandalias aladas; Atenea, con el parpadeo frío de la estrategia en los ojos; Tyr, arrastrando la sombra de su sacrificio; Anubis,
con el hocico de chacal inmóvil y la mirada fija en el peso de las almas; Quetzalcóatl, desprendiendo un brillo de plumas de quetzal y obsidiana; el viejo Enki, oliendo a cieno primordial y sabiduría fluvial; Amaterasu, reflejando el sol estival en su espejo de bronce; y Apolo,
con la soberbia esculpida en mármol eterno.
Hipatia de Alejandría ocupaba un asiento secundario en el perímetro de la asamblea. No vestía las insignias del poder ni reclamaba un trono; participaba estrictamente como consejera matemática, una observadora externa convocada para aportar rigor allí donde los dioses solo veían pasiones.