VI
La Esfera cerró su recorrido en una calle modesta. Un trabajador de manos callosas encontró una cartera con varios miles de euros en efectivo y la entregó intacta en una comisaría.
La noticia saltó a las redes y la pantalla del Crisol se llenó de los comentarios de los usuarios:
«Qué idiota. Si te regalan el dinero, te lo quedas.»
«Seguro que buscaba hacerse famoso.»
«Nadie hace eso gratis. Qué pringado.»
El silencio en Aeterna se volvió sepulcral. Hermes dejó de sonreír. Dionisio apartó las uvas.
Ma’at avanzó lentamente hasta el borde del abismo y miró el mosaico de mensajes rebosantes de cinismo.
—No me preocupa que hayan dejado de practicar la virtud —dijo la diosa del equilibrio, y su voz heló el salón—. Las civilizaciones olvidan cosas. Eso forma parte del tiempo.
Hizo una pausa, contemplando la marejada de desprecio hacia el hombre honrado.
—Lo que me preocupa... es que han dejado de reconocerla cuando la tienen delante.
Hipatia miró la pantalla. La grieta que Hermes había abierto minutos antes en su mente se expandió de golpe: comprendió que el verdadero problema del mundo no era un error de lógica que se pudiera corregir con una lección de filosofía. Era una parálisis del alma.
Las pantallas de la Esfera comenzaron a apagarse una a una, fundiéndose en un negro absoluto.
Hermes miró a los demás dioses y formuló la pregunta suspendida en el aire:
—Entonces... ¿intervenimos?