V
El ritmo de las celdas se aceleró. En la sección de aplicaciones de citas, Afrodita contemplaba horrorizada el desfile de rostros descartados en milisegundos con un movimiento del pulgar.
—¿Así buscan compañía? —preguntó la diosa de la belleza.
—No —respondió Dionisio desde su diván, sirviéndose otra copa—. Buscan la tranquilidad de saber que pueden descartar a diez seres humanos antes de terminar de masticar un chicle. Es el mercado del ego, querida.
Las imágenes saltaron hacia un cruce concurrido. Un anciano tropezó con un bordillo y cayó pesadamente al suelo. Al instante, tres personas se abalanzaron a ayudarlo y lo levantaron del asfalto.
Por un segundo, una ráfaga de alivio cruzó el salón de Aeterna. Pero el alivio duró poco.
En cuanto el anciano estuvo en pie, las tres personas que lo habían socorrido comenzaron a discutir acaloradamente entre sí en mitad de la calle, empujándose para decidir cuál de ellas tenía derecho a publicar en primer lugar el vídeo del rescate en sus redes sociales para atribuirse el mérito
moral de la buena acción.
Tyr apretó los puños.
—La virtud ha dejado de ser un deber —murmuró el dios del valor—. Es una subasta de reputación.