El Planeta Desaparecido (Archivos del espacio 6) Nocheoscura/4171, Torre #3
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Nocheoscura/4171, Torre #3

Peech volvió a entenderla. Clavó la punta de una garra en la cabeza artificial y luego la deslizó como un cuchillo por la frente y la nuca hasta que las dos mitades se separaron de cuajo.

Eva se tapó la boca con la mano. Parecía como si miles de gusanos pulularan dentro de la cabeza.

Vio hilos blancos y cortos que se movían, formaban conexiones, las rompían de nuevo y se enroscaban unos con otros.

Eva se arrodilló junto a la cabeza, aunque la visión le provocaba un poco de náuseas.

Respiró hondo. La masa tenía un olor neutro, nada desagradable.

Parecía estar impregnada de un líquido transparente.

Eva cogió uno de los gusanos. Este se enroscó alrededor del dedo de su guante.

Lo partió por la mitad. El material brillaba con un tono plateado.

El gusano era de metal. Una gotita se desprendió.

Peech se arrodilló a su lado. Sin que nadie se lo pidiera, dejó caer una gota de su saliva en la media cabeza.

El humo ascendió. El líquido desapareció, pero los gusanos permanecieron.

Debían de estar hechos de un material impermeable a la saliva de la alienígena.

Peech ladeó la cabeza. Probablemente aquello le resultara igual de extraño a ella.

Sería bueno que pudieran llevarse un poco de esa sustancia.

Eva rebuscó en los bolsillos de sus pantalones, pero no había nada adecuado.

Tampoco quería llevar esos gusanos sin protección en el bolsillo, porque estaba bastante segura de que eran capaces de perforar el tejido humano.

—¿Tienes alguna idea de cómo podemos llevarnos estos gusanos? —preguntó en silencio, señalándolos.

Peech se inclinó sobre ellos. Luego, levantó la cabeza partida por la mitad y se la acercó a la boca. Parecía como si estuviera bebiendo de un coco. Parte de la sustancia cayó en sus fauces.

—No debes comértelo.

Peech volvió a dejar la cabeza del robot en el suelo y le mostró a Eva su hocico abierto. El ácido burbujeaba entre sus dientes. Los gusanos plateados flotaban en él. Eva tragó saliva. Con suerte, no serían capaces de infectar a Peech.

—Necesito descansar un rato.

Peech asintió de una forma casi humana. Ahora sí que se entendían sin necesidad de palabras. La extraterrestre señaló una esquina donde daba la vuelta el pasillo. De repente, salió corriendo.

—¿Peech?

Por supuesto, su pregunta fue inaudible.

Eva respiró hondo. Peech no la traicionaría.

Jamás. Y, efectivamente, volvió al cabo de un rato.

Llevaba una masa extraña y blanda entre las garras.

La apretó contra la esquina y le dio forma de una especie de sillón reclinable.

Eva palpó el material. Era suave y fresco, pero no resbaladizo.

Uf, prefería no saber de dónde lo había sacado Peech.

Se tumbó sobre él. Se amoldó a la forma de su cuerpo.

Simplemente perfecto. Bostezó y, poco después, se quedó dormida.

Se despertó porque su tableta vibraba. Eso solo podía significar una cosa: ¡los demás estaban cerca! Se frotó los ojos para quitarse el sueño, desplegó la tableta y encendió la pantalla.

Pero el mensaje no había llegado por radio. El micrófono de la tableta había captado algo, lo había identificado como voz y lo había traducido.

—Eva —decía la pantalla.

¿Había estado hablando en sueños? Se dio una palmada en la frente.

Era físicamente incapaz de emitir sonidos.

Era imposible que hubiera dicho eso. Miró hacia un lado.

Estaba oscuro; a la luz de la pantalla, distinguió a Peech, que yacía de costado y probablemente también estuviera dormida.

La extraterrestre casi nunca necesitaba dormir, pero este viaje debía de haberle pasado factura también a ella.

De vez en cuando, una de sus garras se contraía.

¿Estaría soñando? Y, si era así, ¿con qué?

La tableta volvió a vibrar.

—Eva.

Eva tragó saliva. Ni ella ni Peech eran capaces de producir sonidos humanos.

Pero quizá no se tratara de lenguaje humano.

Eva pulsó la palabra y mandó analizar acústicamente la grabación.

Las frecuencias coincidían. No había componentes ultrasónicos, lo cual habría sido normal en las expresiones Grosnop.

Esa palabra se encontraba dentro del rango de frecuencias de su propio idioma.

—¿Adán? —escribió, y la tableta tradujo el texto a sonidos.

No recibió respuesta.

—¿Marchenko? —probó.

Hubo silencio. Esos eran los únicos dos seres en un radio de años luz que podían hablar con voz humana.

Quizá todavía estuviera dormida y soñando. Se pellizcó la rodilla. ¡Ay! Estaba despierta... o el sueño era muy convincente.

La tableta volvió a vibrar. Eva no se atrevía a mirar la pantalla. Pero eso era una tontería. Tenía que afrontar los hechos.

—Somos nosotros —leyó.

«Mantén la calma, Eva. Averigua a qué te enfrentas. No dejes que tus pensamientos te dominen».

Cogió la tableta y se levantó. ¿De dónde venían esos sonidos? Claramente viajaban por el aire. Con cuidado, para no despertar a Peech, se adentró por el pasillo de la izquierda.

—¿Quiénes sois? —escribió.

No hubo respuesta. Dio unos pasos más e hizo que la tableta tradujera la pregunta de nuevo. Seguía sin haber respuesta. Pero no quería alejarse demasiado, aunque Peech siempre la encontraría. Eva corrió de vuelta, pasó junto a Peech y se adentró en el pasillo de la derecha.

—¿Quiénes sois? —hizo que dijera la tableta.

Nada. Ellos (quienesquiera que fueran) ya no le hablaban. Al fin y al cabo, debía de haber sido su imaginación. Un vestigio del último sueño que no conseguía recordar. Volvió junto a Peech, que seguía dormida.

Eso era inusual. Se sentó en la cama que Peech le había hecho.

—¿Quiénes sois?

Un último intento, y luego despertaría a Peech.

—Somos la voz de los Constructores.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Quien hablaba debía de estar camuflado, y estaba muy cerca. Eva palpó a su alrededor, pero no había nada allí. La tecnología de camuflaje era sencillamente demasiado buena.

Pero nada que Peech no pudiera manejar. Eva se deslizó en silencio hasta ella y le tocó el cráneo.

Normalmente, habría reaccionado de inmediato.

Pero esta vez, no pasó nada. Eva se puso de pie.

Peech tenía el ojo cerrado en ese lado del cráneo.

Eva le puso la mano en el pecho. Pum, pum-pum, pum, pum-pum...

el ritmo de dos corazones. Peech estaba viva.

Eva apartó la membrana protectora que cubría el ojo de la alienígena. Normalmente odiaba eso, pero ahora no se resistió. Bajo la membrana, el ojo solía ser de color marrón oscuro, casi negro. Esta vez, brillaba de un azul intenso. Eva se estremeció. El corazón le latió con fuerza.

Esos malditos gusanos. Esto tenía que ser obra suya. La tableta vibró.

—Todo irá bien —leyó Eva, y se enfadó. Desde luego, no parecía que todo fuera a ir bien. ¡Más bien al contrario!

—¡Dejad de decir tonterías y devolvedme a Peech! —escribió.

—No nos interesa la cazadora a la que llamas Peech. Solo la estamos usando para hablar contigo. Después de eso, volverá a ser toda tuya (si es que eso es siquiera posible con esa especie).

—¿Qué queréis?

—Invitarte. Si sigues utilizando este pasadizo, tardarás una eternidad en llegar hasta nosotros. Hay un camino mucho más corto.

—¿Y cómo sé que esto no es una trampa?

—Si quisiéramos matarte, lo habríamos hecho hace mucho tiempo. Pero te queremos viva.

Una vez más, un escalofrío le recorrió la espalda. La garantía de que no pretendían hacerle daño sonaba como una amenaza en sí misma.

—¿Dónde puedo encontrar el atajo?

—Dejaremos un recuerdo en la cazadora. Puedes confiar en ella. Percibimos una enorme fijación interior en ti; nunca antes habíamos registrado tal fuerza en ningún sitio.

Vaya, eso sí que era una buena noticia. Eva tuvo que apretar los puños para no temblar demasiado.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué nos habéis atraído hasta aquí?

—Todo se aclarará. El proceso avanza según lo previsto. El muestreo ha concluido. La reconstrucción comienza ahora.

De repente, Peech se levantó de un salto. Su hocico rebosaba de ácido. Miró a su alrededor con entusiasmo en todas direcciones. Sus ojos volvían a estar oscuros.