El Plan CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Sabrina

Me despierto abrazada a Mike, todavía medio desnuda y con el cuerpo dolorido pero de una forma completamente distinta a la de hace unas semanas.

Ya no es ese dolor triste, roto, de miedo constante.

Ahora es un dolor cálido, como si mi cuerpo estuviera recordando que sigo viva.

La luz del amanecer entra por la ventana iluminando parte de sus tatuajes y las cicatrices de su pecho.

Me quedo observándolo en silencio. Parece tranquilo cuando duerme.

Casi inocente. Pero sé perfectamente que no lo es.

Y creo que eso es justo lo que más me gusta de él.

Luke está tirado en el suelo roncando como si se tragara la habitación y Lucky duerme pegado a la cama con las patas moviéndose como si soñara que corre.

Sonrío un poco mientras acaricio el brazo de Mike.

Él abre los ojos lentamente y en cuanto me ve pone esa pequeña sonrisa ladeada que tanto me desarma.

—Buenos días, peque.

—Buenos días.

Me besa despacio y luego se incorpora estirándose. Dios mío, este hombre parece esculpido para hacerme perder la dignidad. Se levanta y empieza a vestirse tranquilamente mientras yo sigo hecha un ovillo entre las mantas.

—¿Dónde vas? —pregunto con voz todavía dormida.

—Tengo que hacer unos recados.

—¿Trabajo o Dani?

Mike niega con la cabeza mientras se pone las botas militares.

—El trabajo lo dejé. Al menos de momento. Le debo demasiados favores a Dani ahora mismo y tengo que solucionarlos antes de volver a una vida normal.

—¿Y hoy qué toca entonces?

Él tarda demasiado en responder.

Y lo entiendo enseguida.

—Vas a ver a Edgar.

Mike me mira en silencio unos segundos.

—Sí.

El ambiente cambia completamente. Noto una mezcla rara en el pecho. Miedo, curiosidad, rabia... Algo oscuro que empieza a despertarse dentro de mí.

—Quiero ir.

Él frunce el ceño automáticamente.

—No.

—Mike.

—No estás en condiciones de ver eso.

—¿Eso qué significa?

Suspira.

—Que Edgar ya no está muy... decente que digamos.

Sé perfectamente lo que quiere decir. Y aun así no siento lástima. Lo peor es eso. No siento absolutamente nada de pena por él.

Mike se acerca a la cama y me acaricia la cara suavemente.

—No quiero que te lleves esa imagen en la cabeza.

Lo miro fijamente.

—Ya tengo imágenes peores en la cabeza desde hace años.

Él guarda silencio.

Me incorporo lentamente ignorando el dolor de las costillas.

—No soy la misma Sabrina de antes.

—Precisamente eso me preocupa.

—No. —Lo interrumpo—. Estoy cansada de ser la víctima. Toda mi vida he tenido miedo. De Edgar, de quedarme sola, de molestar, de hablar demasiado alto, de hacer enfadar a alguien... Y mírame ahora. —sonrío levemente— creo que maté a un hombre hace unas horas y no siento culpa.

Mike me observa en silencio. Muy serio.

—Eso no te convierte en mala persona.

—Tal vez quiero ser un poco chica mala.

La frase sale sola. Y cuando la digo en voz alta siento algo extraño dentro de mí. Como una liberación.

Bajo la mirada hacia mis manos.

—Estoy harta de ser la chica rota a la que hay que salvar. Quiero sentirme fuerte. Quiero dejar de temblar cada vez que alguien levanta la voz. Quiero poder mirar a un hombre a los ojos sin pensar automáticamente cuánto podría hacerme daño.

Mike se agacha delante de mí.

—Peque...

—Quiero verle.

Se hace un silencio largo y punzante.

Finalmente suspira derrotado.

—Vale. Pero no te separes de mí. Y si te mareas o tienes ganas de vomitar dímelo.

No puedo evitar sonreír.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un “ voy a arrepentirme muchísimo de esto”.

Me río de verdad por primera vez en días.

Nos arreglamos en silencio. Me pongo ropa cómoda, negra, una camiseta enorme y bambas Mike me observa mientras me recojo el pelo.

—Pareces peligrosa.—Dice con ironía.

—Es la idea.

Él sonríe de lado.

El trayecto en moto es extraño. Voy abrazada a él mientras atravesamos carreteras vacías y bosques todavía húmedos por el amanecer.

El aire frío golpea mi cara y, por alguna razón, me siento viva.

Muy viva. Ya no soy la chica aterrorizada encerrada en un baño abrazando a sus perros.

Ahora voy abrazada a un hombre peligroso camino a ver a mi maltratador convertido en un pelele.

Y una parte de mí lo disfruta.

Aunque eso debería preocuparme muchísimo, me estoy volviendo una psicópata.

Llegamos a la nave industrial. Desde fuera parece abandonada vieja y oxidada. Llena de maleza creciendo alrededor. Mike abre la puerta metálica y el ruido resuena por todas partes.

Entramos.

Huele a polvo, humedad y gasolina vieja.

Hay cajas enormes, ordenadores desmontados, herramientas, cables y estanterías llenas de mierda acumulada. Parece el escondite de un villano de película mala.

Mike aparta la estantería y aparece la puerta oculta.

Mi corazón empieza a acelerarse.

Él me mira una última vez.

—Todavía puedes esperar fuera.

—Abre la puerta.

Mike suspira y la abre.

El olor me golpea primero.

Dios mío.

Automáticamente me tapo la nariz con la manga.

Sangre seca, sudor, orina. Que asco.

Y luego lo veo.

Edgar.

Atado a la silla.

Destrozado.

Tiene la cara completamente hinchada, llena de sangre seca, la ropa rota y manchas por todas partes. Sus manos parecen sacadas de una pesadilla y cuando intenta levantar la cabeza noto que le faltan dientes. Empieza a emitir sonidos horribles al vernos entrar.

Retrocedo un paso involuntariamente.

Mike entra tranquilamente como si estuviera entrando a saludar a un amigo enfermo.

—Hombre, Edgar. Cuánto tiempo. Perdona por no venir antes, he tenido algún problemilla. Ya sabes, cadáveres, taxistas, desayunos románticos... muchísimo trabajo.

Edgar empieza a retorcerse en la silla emitiendo sonidos ahogados.

Mike niega con decepción.

—Uf, es verdad. Que ya no puedes hablar. Qué fallo técnico más tonto.

No debería hacerme gracia.

Pero me hace gracia.

Miro alrededor de la sala y veo la mesa. Alicates, cuchillos, sierra, puño americano, pinchos, sangre...

Mi respiración cambia lentamente.

Y entonces empiezan a venir los recuerdos, todos.

Edgar gritándome, Edgar rompiendo cosas, Edgar pegándome. Y el peor de todos, Edgar chutando a los perros y haciéndome sentir pequeña durante años, yo pidiendo perdón incluso cuando no había hecho nada, yo escondiendo moratones, yo dejando de ver a mis amigas. Yo teniendo miedo de volver a casa.

Y algo dentro de mí explota.

No solo contra él, también contra mí.

Porque permití todo eso demasiado tiempo.

Porque dejé que me rompieran.

Me acerco lentamente.

Mike me observa en silencio.

Edgar intenta apartarse en la silla al verme delante.

Y por primera vez... me doy cuenta de que me tiene miedo.

A mí.

Sonrío lentamente.

—Ya no te tengo miedo, ¿sabes?

Él empieza a respirar rápido.

—Durante años pensé que sin ti no podría vivir, que te necesitaba, que todo era mi culpa. Pero mírate ahora.

Me inclino un poco hacia él.

—Eras tú quien necesitaba destruirme para sentirte fuerte.

Cojo uno de los cuchillos de la mesa.

Mike levanta una ceja.

—Peque...

Pero ya es tarde.

Le clavo el cuchillo en el pecho.

Edgar emite un sonido horrible y se retuerce violentamente.

Mi respiración se acelera.

La sangre cae caliente sobre mi mano.

Mike se queda mirándolo unos segundos y luego suspira exageradamente.

—Joder, Sabrina. Era un juguete. La idea era que durara unos días más.

No puedo evitar reírme nerviosa.

—Lo siento...

—Qué poca paciencia tienes. Así no se cuidan los hobbies.

Me giro hacia él todavía respirando rápido.

—No he podido evitarlo.

Mike se acerca sonriendo ligeramente y me rodea la cintura.

—Tranquila, peque. Estoy orgulloso igualmente.

Y entonces me besa.

Dios.

Hay algo enfermizo en ese momento. Edgar sigue ahí, sangrando. Y aun así lo único que siento es calor recorriéndome el cuerpo. Mike me besa como si estuviera orgulloso de mí. Como si acabara de pasar una prueba importante.

Y lo peor es que me encanta.

Porque él me entiende.

Porque él vio el monstruo dentro de mí, lo liberó y no salió corriendo.

Me agarró de la mano y se la puso en el pecho. Mi cuerpo se incendió en ese momento. La ropa me ardía, así que me la quité con rapidez delante de Edgar. Había algo en el ambiente que me ponía muy cachonda, es enfermizo, lo sé.

Mike, sorprendido y con su sonrisa pícara, empezó a besarme apasionadamente y con fuerza. Me levantó y me sentó encima de Edgar, pero mirando hacia él, hacia mi bestia, mi guardián. Edgar gimió de dolor y no pude evitar girar la mirada hacia él y decirle:

—Shh, los muebles no hablan ni se quejan.

Mike rió y se quitó la ropa, sin pausa pero sin prisa. Se acercó a mí. Clavé mis uñas en su duro y hermoso culo y, con los dientes, cogí su polla. Empecé a chupársela fuertemente, sentada en el regazo de lo poco que quedaba de Edgar.

—Dios, peque... esto es enfermizo, pero adictivo.

De repente Mike se apartó de mí, fue hacia la mesa y cogió la sierra.

Se acercó hacia la mano de Edgar y empezó a serrarla.

Mi instinto me decía que me apartara, pero mi cuerpo no quiso.

Edgar gritaba, gemía y lloraba. Notaba su cuerpo vibrar debajo de mí.

Mike sujetó la mano, aún caliente, separada ya de su cuerpo, y empezó a acariciarme con ella.

—Esta mano que tanto daño te ha hecho ahora va a ser la responsable de darte placer.

Siguió recorriendo mi cuerpo con la mano.

La sangre me pintaba la piel, pero no me inmuté.

Continuó bajando hasta llegar a mi coño, acariciándolo con la mano de Edgar aún caliente, rozando mi clítoris.

Gemí fuertemente. Él siguió moviéndola en círculos, arriba, abajo...

Introdujo uno de los dedos dentro de mí, mi cuerpo se arqueó, se tensó y mis gemidos inundaron la sala.