El Plan CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Mike

Estoy preocupado por Sabrina. Llevo horas sin saber de ella y eso no es normal. Normalmente, aunque salga con las chicas o esté ocupada, siempre termina enviándome algún mensaje absurdo, una foto de Luke poniendo cara de asesino o cualquier tontería vacilona para picarme.

Pero esta noche nada.

Y cuanto más pasan las horas, peor sensación tengo en el cuerpo. Ese maldito sexto sentido que tantas veces me ha salvado la vida vuelve a aparecer.

Entro en mi casa dejando las llaves encima de la mesa y los perros ni siquiera vienen a recibirme, claro, porque no están, estan en casa de Sabrina. Todo está demasiado silencioso.

Enciendo el ordenador y me siento rápidamente en la silla mientras el sistema empieza a cargar. Tecleo varias veces, abro el rastreo del móvil de Sabrina y ahí está la señal. Frunzo el ceño.

—¿Qué coño... ?

El punto lleva demasiado rato quieto.

Miro la hora. Imposible. Si estuviera en casa ya habría subido el móvil al cargador o estaría mandándome alguna estupidez por mensaje.

Empiezo a notar la tensión subiéndome por el cuello. Cojo la chaqueta, las botas y salgo prácticamente corriendo.

La moto ruge debajo de mí mientras atravieso las calles todavía oscuras. Apenas empieza a amanecer y el aire frío golpea mi cara como cuchillas. Voy rápido. Demasiado rápido. Los coches pitan cuando los adelanto pero me da exactamente igual.

Solo puedo pensar en ella.

Llego a la ubicación.

Una calle secundaria prácticamente vacía, aflojo marchas y busco atentamente, ahí está.

Su móvil tirado en el suelo al lado de una acera.

El corazón me da un vuelco tan fuerte que creo que voy a arrancarme el casco de la rabia.

Me bajo de la moto de golpe y recojo el teléfono. La pantalla apenas parpadea antes de apagarse completamente.

—Maldita sea.

Miro alrededor buscando cualquier señal. Sangre, gente, un bolso o algo... Pero no hay nada. Solo silencio y algunos coches pasando a lo lejos.

Voy hacia el primer bar abierto que encuentro. Un local pequeño lleno de obreros desayunando café y bocadillos antes de trabajar. Entro todavía con el casco en la mano y el camarero me mira raro.

—¿Tienes un cargador? Necesito cargar esto ya.

El hombre me mira de arriba abajo.

—Buenos días para ti también.

—Por favor.

Supongo que nota algo en mi mirada porque deja de bromear y me señala un enchufe detrás de la barra.

—Ahí tienes.

Conecto el móvil mientras doy pequeños golpes nerviosos con los dedos en la madera. Vamos... vamos...

Por fin enciende.

Empiezo a revisar todo rápidamente. Últimas llamadas, mensajes y ubicaciones.

Taxi.

Hay varias llamadas recientes al mismo número. Frunzo el ceño y llamo inmediatamente.

Da señal, pero nadie responde y eso es raro, muy raro.

Un taxista trabajando a estas horas no ignoraría llamadas. Empiezo a sentir esa presión horrible en el pecho. Cojo el portátil pequeño que llevo siempre en la mochila, me siento en una mesa apartada y rastreo el número directamente. Tardo pocos minutos en localizarlo.

Y cuando veo la ubicación se me hiela la sangre.

En medio de la nada. Un descampado perdido al otro lado del bosque.

—Hijo de puta...

Salgo disparado del bar dejando algo de dinero que llevaba suelto encima de la barra. La moto vuelve a rugir y esta vez voy todavía más rápido. Ni siquiera pienso. Solo conduzco.

Las curvas pasan borrosas delante de mí mientras el cielo empieza a aclararse lentamente. Entonces, a lo lejos, veo una silueta caminando por el arcén de la carretera. Pelo oscuro. Camina torciéndose ligeramente.

Freno tan fuerte que la moto derrapa un poco.

—¡Sabrina!

Ella se gira sobresaltada y en cuanto me reconoce prácticamente corre hacia mí. Me abraza con fuerza desesperada, temblando entera.

—Mike...

Le sujeto la cara rápidamente. Tiene la mirada perdida, el maquillaje corrido y está llena de tierra.

—¿Qué ha pasado?

Ella intenta respirar bien.

—El taxista... tiró mi móvil por la ventana... me llevó a un descampado... quiso violarme... yo... creo que lo he matado.

La abrazo fuerte inmediatamente.

—Tranquila. Mírame, respira. Estoy aquí.

—Le di una patada y cayó... había sangre... no se movía... Mike tengo miedo.

Le aparto el pelo de la cara.

—Vamos a verlo y lo solucionaremos. ¿Vale? Tú tranquila.

Ella asiente aunque está al borde del colapso. La subo a la moto delante de mí porque apenas puede mantenerse firme y conduzco siguiendo sus indicaciones por el camino de tierra. Cada segundo que pasa noto cómo mi rabia crece más y más.

Llegamos al descampado.

El taxi sigue allí.

Y el tipo también.

Tirado en el suelo. Inmóvil.

Me acerco con cuidado mientras Sabrina se queda detrás abrazándose a sí misma. Me agacho y compruebo el cuello. Nada. Luego observo la sangre detrás de la cabeza.

Muerto.

No puedo evitar sonreír apenas.

—Buena chica.

Ella me mira horrorizada.

—¡Mike!

—¿Qué? Intentó violarte. Se lo merecía.

—¿Y ahora qué hago? ¿Me entrego a la policía?

Me levanto limpiándome las manos en el pantalón.

—No.

—Pero...

—Escúchame bien. No hay manera de demostrar fácilmente lo que pasó aquí. No tienes móvil, no hay cámaras, estás sola en medio del campo y el tipo está muerto. ¿Sabes lo fácil que sería para un abogado convertir esto en otra cosa?

Ella se queda callada. Sabe que tengo razón.

Entro dentro del taxi y empiezo a rebuscar rápidamente. Papeles. Basura. Botellas vacías. Y ahí está. El móvil del taxista. Lo guardo inmediatamente en mi bolsillo.

—Perfecto.

Cojo mi teléfono y llamo a Dani.

—¿Qué pasa ahora? Son las seis y pico de la mañana, cabrón.

—Necesito ayuda.

—Eso nunca trae nada bueno.

—Trae el coche y ven a esta ubicación. Y trae a alguien más para llevarse mi moto.

Silencio dos segundos.

—¿Cuántos muertos hay?

—Uno. Pero no lo he matado yo.

Dani empieza a reírse al otro lado.

—Hostia, la chica aprende rápido.

—Dani.

—Vale, vale. Voy.

Mientras esperamos, Sabrina se sienta en el suelo abrazándose las piernas. Me acerco y le doy mi chaqueta.

—No quería matarlo...

—No lo hiciste queriendo. Te defendiste.

—¿Y si tenía familia?

La miro serio.

—Y tú también tienes gente que te quiere. Él decidió lo que hacía cuando te llevó aquí. Además, para tener un marido o un padre que va haciendo estas cosas, mejor muerto.

Ella baja la mirada temblando todavía.

Poco después aparecen las luces de un coche acercándose. Dani conduce y, para mi sorpresa, Javi va de copiloto.

—Hostia —dice Dani bajando la ventanilla—menudo panorama.

Javi sale enseguida y se acerca preocupado a Sabrina.

—¿Estás bien?

Ella asiente débilmente.

—Creo...

Dani observa el cadáver desde lejos y silba.

—Le has dado fino, chica.

—No ayudas, Dani.

—¿Qué? Estoy intentando levantar el ambiente.

Le lanzo una mirada asesina.

—Llévate a Sabrina a casa.

Javi asiente.

—Yo me llevo tu moto.

Miro a Sabrina antes de que suba al coche.

—Confía en mí, ¿vale? Yo me encargo.

Ella me mira unos segundos. Y asiente.

Cuando se marchan me quedo completamente solo con el cadáver y el taxi. El viento mueve las hierbas altas alrededor y el cielo empieza a teñirse de azul oscuro.

Bueno. Hora de trabajar.

Meto el cuerpo dentro del coche. Pesa más de lo que esperaba, pero después de años entrenando en prisión he cargado cosas peores. Lo siento en el asiento del copilot y me limpio las manos lentamente.

Luego conduzco hacia la zona del barranco que conozco bastante bien. Una carretera secundaria peligrosa, curvas cerradas y casi sin tráfico. Perfecto.

Paro el taxi al borde.

Bajo.

El vacío delante impresiona y da respeto incluso de noche.

Saco al cadáver otra vez y lo coloco correctamente en el asiento del conductor. Le pongo el cinturón incluso. Qué detalle tan amable por mi parte.

Quito el freno de mano y empiezo a empujar el coche por la parte de atrás.

—Vamos...

Las ruedas apenas se mueven al principio. Aprieto los dientes mientras noto los músculos tensarse debajo de la camiseta. Mis botas resbalan un poco en la gravilla. Sudo pese al frío.

—Joder...

Finalmente el coche empieza a moverse. Un poco más. Un poco más.

Y entonces coge impulso.

Retrocedo justo cuando el taxi desaparece barranco abajo. El sonido del golpe llega unos segundos después. Metal destrozándose. Cristales. Luego silencio.

Exhalo lentamente.

Asunto zanjado. El tipo apestaba a alcohol, llevaba drogas en el coche, pensarán que fue un accidente.

Llamo a Dani para que venga a buscarme. Mientras espero me siento un momento sobre el borde mirando el amanecer. El cielo empieza a teñirse naranja y rosa. Eso es casi bonito. Estos son los momentos en los que echo de menos un cigarrillo, pero dejé de fumar en cuanto entré en la cárcel.

Cuando Dani llega baja la ventanilla riéndose.

—Tienes una obsesión preocupante con los barrancos.

—Funcionan.

—Eso es verdad. Dejan el coche y el cadaver tan destrozados que no hay autopsia que valga.

Subo al coche y volvemos dirección a casa de Sabrina. Pero entonces veo una floristería pequeña abriendo justo al pasar.

—Para aquí.

Dani me mira raro.

—¿Ahora quieres flores?

—Sí.

—Después de ocultar un cadáver. Romántico eres un rato.

Ignoro su comentario y entro. El local huele a plantas húmedas y café recién hecho. Una señora mayor coloca ramos tranquilamente y me mira sorprendida.

—Buenos días.

—Necesito rosas azules.

La mujer sonríe.

—Qué casualidad, justo me llegaron ayer.

Perfecto.

Compro un ramo.

Un ramo de rosas azules preciosas.

Cuando vuelvo al coche Dani empieza a reírse solo.

—Eres el psicópata más romántico que conozco.

—Cállate y conduce.

Al llegar a casa todo está en silencio. Sabrina está despierta en el sofá envuelta en una manta, todavía temblorosa. Cuando me ve entrar con las rosas pone esa pequeña sonrisa cansada que consigue destrozarme por dentro cada vez.

Me acerco despacio y dejo una de las rosas sobre sus piernas.

—Te dije que siempre estaría contigo.

Ella acaricia los pétalos lentamente.

—He tenido mucho miedo.

Me siento a su lado y apoyo la frente contra la suya.

—Ya ha pasado.

Ella cierra los ojos respirando despacio. La observo unos segundos.

Y entonces siento esa necesidad enfermiza de tocarla, de asegurarme de que sigue conmigo, de que sigue respirando.

Le aparto el pelo del cuello lentamente mientras ella me mira.

—Mike...

—Shhh...

Le beso la frente. Luego la mejilla. Luego la mandíbula. Ella tiembla apenas.

Y poco a poco el miedo empieza a transformarse en otra cosa. En esa tensión extraña que siempre existe entre nosotros. Algo oscuro. Adictivo. Peligroso.

Ella me coge del cuello, me acerca hacia ella mientras se deja caer en el sofá, tumbada, dirige mi cara hacia sus labios, me besa apasionadamente y empuja mi cabeza hacia abajo.

—¿Tienes hambre? —me dice ella con esa sonrisilla pícara.

—Mucha.

Sigo bajando, recorriendo su cuerpo con una mezcla de besos y mordiscos. Levanto su camiseta, aquella tan enorme que usa a modo de pijama, y no lleva nada debajo. Agradezco la ayuda.

Sigo besando la parte interior de sus muslos, poco a poco, alternando muslo derecho, luego muslo izquierdo, y acercándome cada vez más al centro, pero hoy me hago de rogar.

Le doy un breve lamido rápido en el clítoris y ella suelta un gemido seguido de un chasquido. Me mira con enfado.

No puedo evitar sonreírle.

Cojo la rosa y empiezo a acariciar su cuerpo con ella, poco a poco, masajeando sus pechos con la rosa, los pezones... la piel se le pone de gallina, se eriza y gime sigilosamente.

Sigo recorriendo su cuerpo cada vez más abajo con la rosa.

Llego a los muslos y ella abre aún más las piernas. Continúo acariciando su cuerpo, recorriéndolo con la rosa lentamente, pasando la rosa por su coño. Ella gime, inclina su cuerpo tenso y se relame los labios. Sigo acariciando la zona con la rosa mientras introduzco dos dedos.

Ella gime y noto cómo se le aceleran las pulsaciones. La rosa está brillante por sus fluidos.

—Esta rosa ha sido bendecida por tu cuerpo.

Ella pone los ojos en blanco, me tira del cinturón de mis pantalones y empieza a desabrochármelos. Se incorpora y su boca me absorbe. Noto su campanilla en la punta de mi polla. Ella chupa como si de un caramelo se tratara. No puedo evitar gemir.

Cojo la rosa, aún mojada de sus fluidos, y me la llevo a la nariz. Necesito olerla. Aspiro para que todo su olor entre en mí mientras ella sigue chupándome, cada vez más violentamente.

Se levanta y me empuja fuertemente hasta sentarme en el sofá. En ese momento noto unos ojos mirándome fijamente.

—Vaya espectáculo estamos dando a nuestros hijos... Luke mira atentamente.

—Shhhhhh.

Me cierra la boca con su mano mientras se sienta encima de mí, mirándome fijamente. Con suavidad, introduce mi polla en su coño y poco a poco me cabalga.

Coloca sus manos en mis rodillas y arquea la espalda mientras se mueve. Dios, voy a correrme en breve.

Necesito aguantar, no puedo durar tan poco, me da vergüenza pero el hecho de que mi peque haya matado a un hombre me pone cachondísimo.

Ella sigue moviéndose arriba y abajo. Noto cómo se tensan sus músculos y gime fuertemente.

No aguanto más y me dejo llevar. Me corro dentro de ella. Nuestros cuerpos se fusionan, es algo mágico.

Ella se levanta de encima de mí, pasa su mano por su coño y empieza a chuparse los dedos. Es mi diosa.

Después de una buena ducha, nos quedamos abrazándonos en la cama mientras observamos la luz del amanecer atravesar la ventana.

Esta chica me vuelve loco.