El Plan CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Sabrina

Han pasado ya varios días y, aunque sigo dolorida, por fin empiezo a sentirme un poco persona otra vez. Ya puedo moverme sin que cada paso parezca una puñalada en las costillas y hasta he vuelto a dormir algunas noches seguidas sin despertarme empapada en sudor recordando la cara de Edgar.

Las chicas han estado viniendo muchísimo a casa, demasiado incluso, pero sé que lo hacen porque tienen miedo de dejarme sola.

Y Mike... Mike prácticamente vive aquí ya.

Hay ropa suya en mi baño, su chaqueta tirada en el respaldo de una silla, herramientas raras encima de la mesa del comedor y hasta Luke ya duerme a sus pies como si lo hubiera adoptado oficialmente.

A veces me quedo observándolo mientras cocina o mientras está con el portátil en el sofá y pienso que todo esto es una locura, que hace unas semanas ni siquiera sabía cómo era su cara y ahora me calma escuchar sus pasos por la casa. Pero también me inquieta. Mucho.

Porque Mike sigue siendo un misterio enorme.

Uno peligroso.

Y creo que precisamente eso es lo que más me engancha de él.

A veces lo miro y parece un chico normal, incluso tranquilo, alguien con quien podrías irte a tomar un café o perder una tarde viendo películas en el sofá.

Pero otras veces... hay algo en su mirada que cambia por completo, algo frío, oscuro, como si dentro llevara encerrado algo muy peligroso, una bestia intentando no salir.

Y yo lo noto. Hay momentos en los que me abraza y me siento más segura que nunca, y otros en los que me doy cuenta de que, si quisiera hacerme daño, nadie podría detenerlo.

Esa mezcla me da miedo. Pero también es adictiva.

He intentado preguntarle cosas sobre su pasado varias veces. Sobre la cárcel, sobre las cicatrices, sobre cómo sabe pelear así, sobre la gente con la que se mueve... pero siempre pone esa cara. Esa pequeña mueca tensa en la mandíbula, esa mirada de “ no sigas por ahí”.

Nunca me responde realmente. Cambia de tema, me besa, hace una broma o directamente se queda callado mirando a otro lado. Y eso casi da más miedo todavía. Porque cuando alguien evita tanto su pasado es porque ese pasado probablemente está lleno de sangre, violencia o cosas peores.

Incluso Javi me lo dijo un día cuando vino a verme mientras Mike había salido a comprar comida. Estábamos los dos en la cocina y él apoyado en la encimera con una cerveza en la mano me soltó:

—Te voy a decir una cosa y no te enfades conmigo.

—Eso nunca acaba bien.

—Ten cuidado con Mike.

Me quedé mirándolo confundida.

—¿Por qué dices eso?

Javi suspiró mirando hacia la puerta como asegurándose de que Mike no iba a aparecer de repente.

—Porque es un buen tío... pero también es un tipo muy peligroso. Más de lo que tú crees.

Recuerdo perfectamente el vuelco que me dio el estómago.

—¿Te ha hecho algo?

—No, al contrario. Me cae de puta madre. Solo digo que... he conocido gente como él trabajando en seguridad y créeme, cuando un hombre sabe mantener la calma como la mantiene él normalmente es porque ha vivido cosas muy jodidas.

—No me haría daño.

Javi sonrió de lado.

—No digo que vaya a hacértelo. Digo que si algún día alguien intenta hacerte daño delante de él... probablemente acabará enterrado en un bosque.

Intentó decirlo de broma, pero en sus ojos no había humor.

Y desde entonces no puedo dejar de pensarlo.

Porque yo también lo veo, lo noto. Mike es cariñoso conmigo, atento, incluso dulce a su manera...

pero debajo de todo eso hay algo salvaje.

Algo roto. Algo capaz de hacer auténticas barbaridades con tal de proteger lo que considera suyo.

Y lo peor es que, en vez de salir corriendo... cada día estoy más enganchada a él.

Esta noche las chicas han insistido muchísimo en salir.

—Pero nada de discotecas ni locuras —ha dicho Aina por el grupo—, unas copitas tranquilas y a casa.

—Eso dices siempre y acabamos bailando encima de una mesa —ha respondido Marta.

—Porque vosotras no sabéis controlaros.

—Cariño, tú acabaste abrazada a una planta pensando que era un camarero.

He acabado riéndome sola leyendo el chat. Necesitaba salir un poco de casa, volver a sentirme normal, así que he aceptado.

Me arreglo tranquila, algo sencillo, vaqueros negros ajustados, botas cómodas porque todavía no estoy para tacones y una camiseta oscura escotada pero sin exagerar.

Me maquillo un poco mientras escucho música y me doy cuenta de que vuelvo a reconocer a la chica del espejo.

Más cansada, sí, con ojeras y una cicatriz que todavía me molesta debajo de la ropa... pero sigo siendo yo.

Mike me mira desde la puerta de la habitación mientras se cruza de brazos.

—¿Seguro que quieres salir?

—Sí, papá.

—No te pases con el alcohol.

—Papá pesado.

Él sonríe de lado.

—Llámame cuando vuelvas.

—Sí, papuchi.

—Sabrina.

—Vale, vale.

Me acerco y le doy un beso corto. Él me acaricia el cuello justo donde a veces me pone el collar y noto ese escalofrío absurdo recorriéndome el cuerpo y no puedo evitar sonrojarme. Este hombre me vuelve loca.

—Si pasa cualquier cosa me llamas enseguida.

—No va a pasar naaaada pesadooo.

Qué irónico.

La noche empieza bien. Nos sentamos en un bar bonito cerca del puerto, de esos con luces cálidas, música suave y olor a alcohol caro mezclado con mar. Hace fresco y la terraza está llena de gente riendo. Por primera vez en muchísimo tiempo me siento... normal.

Marta levanta su copa.

—Brindemos porque Edgar ya no está tocando los cojones.

—Marta... —dice Clara intentando no reírse.

—¿Qué? Es verdad.

Aina choca su vaso con el mío.

—Y porque Sabrina vuelve a ser Sabrina.

Eso me toca un poco más de lo esperado. Sonrío bajando la mirada.

—Os vais a poner sentimentales y vomito.

Todas se ríen.

Hablamos de tonterías durante horas. De chicos, de trabajo, de una clienta loca de Clara que quiso teñirse rubia platino teniendo el pelo negro carbón y acabó pareciendo una escoba quemada. Me río tanto que me duelen las costillas y aun así sigo riéndome.

Cuando miro la hora ya es bastante tarde.

—Yo me voy ya —dice Marta—, mañana madrugo.

Poco a poco nos despedimos todas y acabamos pidiendo taxis por separado porque vivimos en zonas distintas. Yo espero apoyada en una farola mientras abrazo mi chaqueta contra el cuerpo. Tengo el móvil casi muerto.

Llega un taxi oscuro y bajo la vista al confirmar la matrícula.

Subo.

—Buenas noches —digo cansada.

El conductor apenas responde. Solo asiente.

Le doy mi dirección y noto algo raro enseguida. No sé qué exactamente. Tal vez el silencio. Tal vez la forma en la que no deja de mirarme por el retrovisor...

Saco el móvil y veo el cinco por ciento de batería.

—Perdona, ¿tienes cargador? Me voy a quedar sin móvil.

El tipo extiende la mano sin decir nada.

—Te lo conecto.

Se lo doy sin pensar.

Y entonces lo tira por la ventana.

Me quedo congelada dos segundos.

—¿Qué coño haces?

El coche acelera.

—¡Para el coche ahora mismo!

Las ventanas suben automáticamente con un sonido seco.

Empiezo a notar el corazón golpeándome el pecho.

—¡He dicho que pares!

El hombre sonríe apenas.

—Relájate.

—¡PARA EL PUTO COCHE!

Intento abrir la puerta pero está bloqueada. Miro por la ventana y ya no estamos cerca de la ciudad. Veo luces lejanas, un puente enorme atravesando oscuridad absoluta debajo.

Dios mío.

Dios mío no.

Empiezo a golpear el cristal.

—¡Ayuda!

Pero nadie puede oírme.

El coche sigue avanzando demasiado rápido. Las manos me tiemblan. Intento controlar la respiración pero empiezo a hiperventilar.

No otra vez..

Pienso en Mike. Pienso en las clases de defensa. Pienso en mantener la cabeza fría.

El coche finalmente abandona la carretera principal y entra por un camino de tierra. Todo empieza a moverse violentamente.

Todo está oscuro y solo veo campo y bosque, nada más.

El coche se detiene.

El hombre apaga el motor despacio.

Y sonríe.

—Bueno... ya hemos llegado.

Se baja tranquilamente y rodea el coche. Yo intento desbloquear la otra puerta pero sigue cerrada. Cuando abre la mía, el aire frío me golpea la cara.

—No acepto dinero —dice mientras se toca descaradamente el bulto de los pantalones, tiene la polla dura—, ¿cómo piensas pagarme?

El miedo me paraliza un segundo, pero enseguida llega la rabia.

—Apártate.

Él se ríe.

—No te hagas la difícil.

Se lanza sobre mí intentando agarrarme las piernas. El olor a sudor y alcohol me da arcadas. Forcejeo como puedo mientras noto las costillas protestar.

—¡Quítate de encima!

Me agarra de la cintura.

Yo le golpeo la cara.

Él me da una bofetada.

La cabeza me zumba.

—Zorra...

Empieza a bajarme el pantalón a tirones y algo dentro de mí explota. Todo el miedo acumulado, toda la rabia, Edgar, la sangre, el dolor... todo. Me agarra el cuello con una de sus manos mientras con la otra empieza a meter su mano debajo de mis bragas, me toquetea sin cuidado.

Me suelta, se abre el boton y baja la bragueta de esos asquerosos pantalones y se saca la polla. Empieza a agarrarsela de la base, me apunta con ella y la sacude.

—Espero que sepas follar bien si quieres volver a casa.

Vuelve a lanzarse sobre mí.

Le doy una patada brutal con todas mis fuerzas.

Le alcanza en toda la cara.

El tipo cae hacia atrás.

Y entonces... silencio.

Un silencio horrible.

Me quedo inmóvil respirando agitadamente.

Él no se mueve.

Salgo del coche con las piernas temblando y lo veo tirado en el suelo. Hay sangre debajo de su cabeza, bastante diría yo, extendiéndose lentamente por la tierra.

—No... no... no...

Me acerco despacio.

—Eh... ¿estás vivo?

Nada.

Le doy un pequeño toque con el pie como si fuera una basura en el suelo.

No responde, creo que no respira.

El mundo empieza a dar vueltas.

Me llevo las manos a la cabeza.

—Mierda... mierda... mierda...

No tengo móvil, y estoy en medio de la nada con un posible cadáver.

Empiezo a respirar cada vez peor.

¿Qué hago ahora?

¿Llamo a alguien? ¿Cómo? ¿Y si está muerto? ¿Y si piensan que lo he matado? ¿Voy a acabar yo en la cárcel?

Las lágrimas me empiezan a caer solas.

Me recompongo.

No puedo quedarme aquí.

Miro alrededor. Solo oscuridad, campo y viento moviendo los árboles. Parece una película de terror barata.

Empiezo a caminar siguiendo unas luces lejanas que creo haber visto antes. Mis piernas tiemblan, las costillas me matan y siento náuseas.

Camino y camino hasta encontrar la carretera otra vez.

Pero ya no hay coches.

Solo yo y la ténue luz de la luna. Sigo caminando por la carretera con la esperanza de que algún coche me encuentre.