CAPÍTULO 30
Mike
Cierro la puerta detrás de mí y el aire de fuera me golpea la cara, frío, limpio... perfecto para lo que viene ahora. Subo a la moto y llego rápidamente a la nave con la cabeza aún caliente.
El motor se apaga y, durante unos segundos, me quedo encima de la moto, respirando, intentando ordenar lo que viene ahora.
Pero entonces me doy cuenta de algo: Sabrina...
no va a poder ir a trabajar en días, ni levantarse casi, y lo último que necesita es que empiecen a buscarla o a presionarla desde la oficina.
Saco el móvil y escribo rápido a Aina:
"Oye, necesito un favor. Llama a Maika, la del trabajo de Sabrina. Dile que ha tenido un accidente y que va a necesitar unos días, que le gestionen vacaciones o lo que sea, que no la molesten."
"Vale, ahora mismo la llamo."
Guardo el móvil. Cierro los ojos un segundo. Bien... al menos eso queda cubierto. Nadie va a molestarla, nadie va a sacarla de su descanso.
Bajo de la moto, me quito el casco dejandolo apoyado en el asiento y el aire de la nave vuelve a ser el mismo de siempre: frío, muerto.
Abro la puerta metálica y entro. El sonido retumba. Camino entre los ordenadores apagados, las cajas, los cables... todo sigue igual, pero yo no.
Empujo la estantería, abro la puerta oculta y entro en la sala.
Y ahí está.
Atado, amordazado, la cabeza caída hacia un lado, respirando con dificultad. Cuando oye el ruido, levanta la vista y nuestros ojos se cruzan. Y en ese instante lo veo claro: miedo puro, del de verdad, del que no se finge.
Cierro la puerta despacio y el silencio se vuelve absoluto.
Me acerco sin prisa. Cada paso pesa más que el anterior, y no es por él, es por todo lo que arrastro detrás, todo lo que se me acumula en la cabeza.
Cada recuerdo, cada imagen... Sabrina en el suelo, su cara, sus heridas...
la cárcel, las noches sin dormir, los errores, mi madre llorando... todo se mezcla.
Me paro delante de él.
—¿Te acuerdas de lo que te dije?
Edgar intenta hablar, pero solo salen sonidos ahogados. Niega con la cabeza, o quizá intenta asentir, ni él mismo lo sabe.
—Te di una oportunidad —continúo—, una sola.
Le quito la mordaza de un tirón. Respira con dificultad, tose.
—Yo... yo me iba a ir... te lo juro...
—Mentira.
—No, no, lo iba a hacer, te lo juro. Solo... solo fui a por unas cosas...
Me río por lo bajo, sin humor.
—Y por el camino casi la matas.
—No... no era mi intención...
Le agarro de la cara con fuerza, obligándole a mirarme.
—Eso es lo peor de todo.
Se queda congelado, temblando.
—Que ni siquiera sabes lo que haces.
Le suelto y doy un par de pasos hacia atrás. Paso la mano por mi cara, intentando contener algo que no deja de empujar desde dentro. Camino por la sala, abro una de las cajas, veo herramientas, objetos... todo lo necesario para hacer mucho daño, demasiado. Cierro la caja de golpe.
—¿Sabes qué pasa? —digo sin mirarle—. Que gente como tú siempre cree que puede volver... que siempre hay otra oportunidad.
—Por favor... —su voz se rompe—. No... no lo vuelvo a hacer...
—Ya lo has hecho.
Vuelvo hacia él y le miro en silencio unos segundos que se le hacen eternos.
—La has tocado, la has roto, la has convertido en alguien que no se reconoce...
—Yo... yo la quería...
Esa frase me hace reír, pero esta vez con rabia.
—Eso no es querer.
Se hace un silencio pesado, solo se oye su respiración irregular.
Mi cabeza sigue funcionando demasiado rápido, demasiadas opciones.
Me acerco una vez más, más despacio.
—Te prometí algo.
Traga saliva.
—Te dije que si volvías...
No termino la frase. No hace falta.
—Por favor... —susurra—. Déjame ir... me iré... me voy lejos...
Me inclino un poco hacia él, lo suficiente para que sienta mi presencia.
—Eso ya no depende de ti.
Se queda inmóvil, paralizado.
Camino hasta el taburete y me siento, apoyando los codos en las rodillas, observándole en silencio, dejando que el tiempo pase, que el miedo haga su trabajo, que entienda poco a poco dónde está y quién tiene delante.
—Esto no es por venganza —digo al cabo de un rato—, es por consecuencias.
Levanta la vista con dificultad.
—Todo lo que haces... vuelve. Y le prometí a ella que cortaría cada parte del cuerpo de cualquiera que la tocara.
Dejo que esas palabras se queden ahí, flotando, sin levantar la voz, sin prisa.
—Y tú llevas mucho tiempo acumulando.
Él empieza a llorar en silencio, derrotado. Ya no hay desafío, ya no hay insultos, solo queda eso... lo que queda cuando se acaba la fachada.
Me levanto despacio.
—Hoy no —digo más para mí que para él—. Hoy no voy a terminar esto.
Me mira sorprendido, confundido.
—No te equivoques —añado—, no es suerte.
Me acerco y vuelvo a colocarle la mordaza con calma.
—Es tiempo.
Me aparto un paso.
Cojo de la mesa unos alicates, algo oxidados, pero no importa. Me acerco hacia su mano, inmovilizada por las cuerdas, pellizco una de sus uñas y tiro fuertemente, arrancándola.
Él grita desesperadamente, pero no me detengo.
Sujeto otra vez los alicates, pellizco otra de las uñas y tiro violentamente. La sangre cae a borbotones, no se detiene, dejando un charco en el suelo. Me acerco a él y le bajo la mordaza.
—Por favor, basta, mátame ya —suplica con voz ahogada.
—Esa boca ha hecho mucho daño, hay que arreglarla, ¿no crees?
Dirijo los alicates a su boca. Él la cierra con fuerza, pero consigo abrírsela a la fuerza, pellizco uno de los pocos dientes que le quedan y tiro fuertemente.
Edgar grita, se estremece en la silla y solloza.
Le golpeo en la mandíbula, desencajándola, ya no puede hablar.
Dirijo los alicates a su lengua, la pellizco y tiro con fuerza.
Él convulsiona en la silla, grita, pero no me importa.
Sujeto con la izquierda los alicates mientras alcanzo mi cuchillo con la otra mano.
De un corte, me quedo con su lengua pellizcada en los alicates.
Ahora sí que ya no va a hablar.
Ya es suficiente por hoy, los juguetes hay que agotarlos poco a poco. Dejo a Edgar semiinconsciente en la silla.
Apago la luz principal de la sala, dejando solo una tenue iluminación lateral que alarga las sombras, y lo dejo ahí, atado, solo, con sus pensamientos, con su miedo, con todo lo que viene.
Salgo de la sala y cierro la puerta tras de mí. La estantería vuelve a su sitio. La nave vuelve a parecer vacía, como si nada hubiera pasado.
Pero dentro... todo acaba de empezar.