Capítulo 29 #3
Termino cuando su piel vuelve a verse limpia, aunque los morados siguen ahí, inevitables, dejo la toalla a un lado y voy hacia su cajón, lo abro y empiezo a buscar hasta que la veo, esa camiseta... grande, suave, la misma de aquel primer día, la cojo y vuelvo a la cama.
—Esto te va a gustar más...
Se la pongo con cuidado, pasando sus brazos despacio, bajándola hasta cubrirla, le queda grande, como siempre, y por algún motivo eso... me calma un poco.
Cojo la sábana y la arropo, acomodándola bien, asegurándome de que está cómoda, que no tiene presión en las costillas, que todo está en su sitio
Me quedo mirándola un momento más... y luego me tumbo a su lado.
La acerco con suavidad, pasando un brazo por encima de ella, abrazándola con cuidado, notando su calor, su respiración contra mi pecho, apoyo la barbilla cerca de su cabeza.
—Estoy aquí peque... —susurro— no voy a dejarte sola otra vez.
Cierro los ojos despacio, manteniéndola entre mis brazos, asegurándome de que, incluso dormida... lo note, lo sienta, que no está sola, que ya no lo va a estar nunca más.
Y entonces suena el timbre.
Mierda...
El sonido corta el silencio de golpe, bajo las escaleras con cuidado de no hacer ruido y al abrir la puerta ahí están ellas, las cuatro, con cara de susto, de prisa, de no saber qué se van a encontrar.
—¿Y tu quien cojones eres? ¿Dónde está Sabrina? —dice Aina casi sin saludar, mirando por encima de mi hombro.
—¿Qué ha pasado? —añade Clara— nos ha dejado de contestar y...
—Tío, aparta —dice Marta intentando entrar— no nos asustes.
Levanto la mano despacio.
—Tranquilas, está bien... dentro de lo que cabe.
Se quedan en silencio un segundo, mirándose entre ellas.
—¿Dentro de lo que cabe? —dice Aina— eso no suena nada bien.
Respiro hondo
—Edgar ha vuelto.
Se hace un silencio incómodo y pesado.
—¿Cómo que ha vuelto? —susurra Aina.
—Ha entrado en la casa... —digo— la ha agredido...
—¿QUÉ? —Marta da un paso al frente— ¿pero ese hijo de... ?
—Tranquila —la corto— Está fuera de juego.
—¿Cómo que fuera de juego? —dice Clara— ¿dónde está ahora mismo?
—Me escribió Edgar desde el movil de Sabrina —respondo— diciendo que la tenía encerrada y que iba a matarla.
—¿Qué? —Aina se lleva la mano a la boca.
—Vine con un amigo —sigo— y lo sacamos de aquí.
—¿Lo sacasteis? —Aina frunce el ceño— ¿y ya está? ¿no habéis llamado a la policía?
—Eso mismo —dice Clara— hay que denunciarle ya.
Niego despacio
—No hace falta
—¿Cómo que no hace falta? —Marta se enciende— ¡ese tío es peligroso!
—Lo sé mejor que nadie —digo serio— soy ex policía... y mi amigo también trabaja con ellos.
Se quedan calladas, sorprendidas.
—¿ex policía? —murmura Aina.
—Ya están al corriente —añado— saben quién es, saben lo que ha hecho... y se están encargando.
—Pero... —Aina duda— aun así...
—Escuchadme —las miro una a una— meter esto en juicios, denuncias, declaraciones... es obligarla a revivir todo otra vez, una y otra vez, durante meses o años.
Se miran entre ellas, bajando un poco la intensidad.
—Y ahora mismo lo que necesita es descansar —sigo— curarse, física y mentalmente.
—... tiene sentido —dice Clara más tranquila— pero como ese tío vuelva...
—No va a volver
Lo digo tan seco que no preguntan más.
—¿Podemos verla? —pregunta Aina en voz más baja
Asiento
—Está arriba, dormida... el médico le ha dado calmantes fuertes, puede estar así horas o incluso un par de días, no la despertéis.
Suben despacio, casi en silencio, yo me quedo abajo un segundo escuchando sus pasos, suaves, contenidos, como si tuvieran miedo de romper algo.
Desde la escalera veo cómo entran en la habitación, decido subir en sigilo, veo que Aina se acerca primero, despacio, se sienta al borde de la cama y le aparta un mechón de la cara con cuidado, sus ojos se llenan de lágrimas al instante.
—Tía... —susurra— estamos aquí...
Le acaricia la mejilla con una ternura que aprieta el pecho.
—Lo siento... —dice con la voz rota— por no haber estado antes...
Clara y Marta se quedan a los pies de la cama, en silencio, con la cara seria, impactadas, Marta se lleva la mano a la boca, negando despacio como si no quisiera creerlo.
Se quedan unos segundos más, en ese silencio cargado, hasta que poco a poco salen de la habitación y bajan otra vez al salón.
—Madre mía... —dice Marta— cómo la ha dejado...
—Ese tío es un enfermo —añade Clara.
—Menos mal que has llegado —dice Aina mirándome— de verdad.
Aina se limpia las lágrimas.
—No la vamos a dejar sola.
Asiento.
—De eso quería hablaros.
Me acerco un poco más
—Tengo que ocuparme de unas cosas...
Se miran entre ellas y casi ni hace falta que hablen.
—Nos quedamos —dice Clara.
—Sí, claro —añade Marta— lo que haga falta.
—Vamos a estar con ella —dice Aina— no te preocupes.
—Si se despierta no va a estar sola —remata Marta.
Las miro un segundo, valorando, y asiento.
—Gracias.
Cojo las llaves y el casco que había dejado en la mesa.
—Cualquier cosa me llamáis, dejo mi tarjeta con mi número real encima de la mesa.
—Ve tranquilo —dice Clara
—Y vuelve —añade Aina con media sonrisa nerviosa.
—Volveré.
Me dirijo a la puerta, la abro y antes de salir echo un último vistazo, ellas ya están organizándose, moviéndose por la casa como si fuera suya, como si fueran un pequeño escudo alrededor de Sabrina.