Capítulo 29 #2
Paro el coche delante de una nave enorme, la fachada comida por el tiempo, grafitis a medio borrar, una puerta metálica oxidada que chirría solo con mirarla, parece abandonada, olvidada por todos, justo como debe ser, apago el motor y durante un segundo todo queda en silencio...
hasta que desde el maletero se escucha un golpe seco y un quejido ahogado, sonrío de lado.
Salgo del coche, el aire huele a humedad y metal viejo, abro el maletero y ahí está, Edgar medio consciente, cubierto de sangre, respirando pesado, me agacho un poco y lo miro.
—Ya hemos llegado... —le digo casi en susurro— te va a gustar el sitio.
No responde, apenas puede, mejor así.
Lo agarro sin esfuerzo, literalmente como si fuera un saco de patatas, su cuerpo cuelga sobre mi hombro, un peso muerto, la sangre me mancha la camiseta pero me da igual, camino hacia la puerta, saco las llaves y la abro, el sonido del metal al girar retumba en la noche, entro y cierro detrás de mí.
Dentro cambia todo, sigue pareciendo una nave abandonada, sí, pero no está muerta, hay vida...
ordenadores antiguos y nuevos mezclados, torres abiertas, cables por el suelo como serpientes, pantallas apagadas cubiertas de polvo, cajas apiladas hasta el techo, algunas cerradas, otras abiertas con herramientas, piezas electrónicas, discos duros...
todo parece un caos, pero cada cosa está donde tiene que estar, mi pequeño santuario.
Camino entre todo eso con Edgar al hombro, mis pasos resuenan en el eco de la nave, hasta llegar al fondo, donde hay una pared llena de estanterías viejas, cargadas de trastos, madera podrida, cajas...
dejo a Edgar caer un segundo contra la pared, lo justo para mover una de las estanterías, empujo con fuerza y esta se desliza revelando una puerta que a simple vista no existe, oculta perfectamente.
Vuelvo a cargarlo, abro la puerta y entro dentro... ya no hay nada de abandono.
La sala es completamente distinta, limpia, fría, cerrada, insonorizada, las paredes acolchadas en tonos oscuros, sin ventanas, sin ruido del exterior, solo el sonido de nuestras respiraciones, una luz blanca tenue ilumina el centro donde hay una silla metálica, anclada al suelo, preparada.
Cierro la puerta detrás de mí y el mundo desaparece.
Avanzo hasta la silla y dejo caer a Edgar en ella, su cuerpo se desploma sin resistencia, la cabeza ladeada, goteando sangre al suelo, me tomo mi tiempo, saco las cuerdas, gruesas, resistentes, y empiezo a atarlo, muñecas primero, luego brazos, pecho, piernas...
bien sujeto, que no se mueva ni un centímetro, aprieto lo justo para que sienta la presión.
Él empieza a reaccionar, un quejido, intenta moverse pero no puede, ni siquiera abre bien los ojos
—Tranquilo... —digo acercándome a su cara— aún no hemos empezado la fiesta.
Cojo una cinta y le amordazo, asegurándome de que no pueda gritar, aunque aquí nadie lo oiría, pero me gusta el control, me aparto un paso y lo observo, atado, indefenso, respirando con dificultad, la sangre bajándole por la cara...
—Ahora sí... —murmuro para mí mismo— ahora vamos a tomarnos nuestro tiempo, pero primero descansa un poco, tengo asuntos mas importantes que tú mísera existencia.
Salgo de la sala sin prisa, cierro la puerta con ese sonido seco que lo deja todo al otro lado, como si ya no existiera, vuelvo a colocar la estantería empujándola hasta que encaja en su sitio, desaparece la puerta y desaparece él, desaparece todo, la nave vuelve a ser solo eso, una nave vieja, abandonada, sin historia, sin ruido...
Camino entre los ordenadores apagados, los cables, las cajas llenas de polvo, y voy apagando las pocas luces que había encendidas una a una, cada click deja más oscuridad, más silencio, hasta que todo queda prácticamente a oscuras, solo una luz tenue cerca de la entrada, suficiente para salir sin tropezar pero no para que nadie vea nada desde fuera, me detengo un segundo antes de abrir la puerta, respiro hondo, esa calma que llega después del caos, todo está donde tiene que estar, él está donde tiene que estar.
Abro la puerta, salgo, y la cierro con llave, el metal vuelve a sonar, seco, guardo las llaves en el bolsillo, miro alrededor, la noche sigue igual, como si nada hubiera pasado, me subo al coche, arranco, y esta vez conduzco tranquilo, sin prisas, sin esa rabia de antes, solo el motor y la carretera vacía delante de mí, la cabeza ya fría, el plan en marcha, y el problema... controlado.
El camino de vuelta se me hace corto, las luces de la ciudad vuelven poco a poco, farolas, coches, vida, todo lo contrario a lo que acabo de dejar atrás, aparco cerca de la casa de Sabrina, me bajo y al acercarme ya veo luz dentro, bien, han llegado, entro sin hacer ruido, como siempre, y al cruzar la puerta el ambiente cambia, calor, olor a café, voces...
—La que has liado cabrón— Me dice Dani
Sonrío.
Javi y Dani se caen bien al instante, hablan, se miden...
—Tienes buena pinta chaval —dice Dani
—He hecho trabajos para gente... complicada.
—Vente conmigo —le dice Dani—Te gustará
—Ya no juego a eso, ahora soy un chico bueno.
—Todos decimos eso... hasta que volvemos.
Se ríen.
El médico sale del comedor quitándose los guantes con calma, con esa cara neutra de quien ya ha visto de todo, Dani y Javi dejan de hablar y se giran hacia él, yo me quedo apoyado en la encimera mirándole fijamente esperando que hable.
—La paciente está bastante afectada —dice con tono profesional— Tiene varias contusiones importantes, tres costillas rotas, hematomas por todo el cuerpo y algunas heridas que he tenido que suturar, nada que no pueda recuperarse, pero necesita reposo absoluto.
Dani frunce un poco el ceño
—¿Grave?
—Doloroso, más que grave —responde el médico— Le he administrado analgésicos fuertes y un sedante, ahora mismo está profundamente dormida y lo normal es que siga así durante horas... incluso podría dormir un día entero o dos, el cuerpo necesita apagarse para recuperarse.
Mi mandíbula se tensa un segundo, pero asiento.
—¿Algo más?
—Vigilar la respiración, que no se mueva demasiado por las costillas y nada de estrés —añade mientras recoge sus cosas— volveré en unos días para revisar los puntos.
—Gracias —digo seco
El médico asiente y se dirige hacia la puerta, Dani le acompaña un momento y vuelve a la cocina mientras Javi se pasa la mano por la nuca mirando hacia la puerta de la sala de estar donde está ella.
—Pobre chica... —murmura— lo que habrá pasado...
Dani resopla.
—Por suerte ya ha terminado —dice, y luego me mira— o al menos la parte peor.
—Lo peor ya ha pasado —respondo sin apartar la vista.
Se hace un pequeño silencio hasta que Dani se estira un poco y da una palmada suave.
—Bueno, nosotros vamos tirando —dice— tienes trabajo aquí y nosotros no pintamos mucho más.
Javi asiente.
—Cualquier cosa, me llamas —añade mirándome— y en serio... controla esa cabeza tuya.
—Inténtalo tú primero —respondo con media sonrisa.
Dani se ríe.
—Este no cambia ni aunque le paguen —luego se acerca un poco más— oye, si necesitas... ya sabes, lo que sea, me llamas antes de hacer una locura.
—Demasiado tarde para eso —le digo sin más.
—Touché —responde con una sonrisa torcida.
Javi ya está en la puerta, abre y antes de salir se gira.
—Cuídala —dice simplemente.
—Lo haré.
Dani levanta la mano a modo de despedida
—Nos vemos, hermano.
—Nos vemos
Cierro la puerta tras ellos y el sonido del cierre lo deja todo en silencio otra vez, un silencio distinto, más suave, más...
íntimo, respiro hondo un segundo y voy directo al salón, ahí está ella, en el sofá, pequeña, encogida, con el rostro marcado, la respiración lenta por los calmantes, me acerco despacio, me agacho a su lado y la observo un momento, como si necesitara asegurarme de que está de verdad ahí y no es otra imagen más en una pantalla.
—Ya está... —murmuro casi sin voz— ya ha pasado.
Deslizo un brazo por debajo de su espalda y otro bajo sus piernas y la levanto con cuidado, su peso es ligero, demasiado ligero, se queja un poco en sueños, un sonido débil que me aprieta algo por dentro.
—Tranquila peque... —susurro— ya no te toca nadie.
Subo las escaleras despacio, evitando cualquier movimiento brusco, cada paso medido, como si llevara algo que pudiera romperse en cualquier momento, llego a su habitación, empujo la puerta con el pie y entro, la dejo sobre la cama con cuidado, acomodándola despacio, apartándole el pelo de la cara.
La miro un segundo más... le quito la ropa con una delicadeza casi absurda para alguien como yo, desabrochando, retirando tela manchada de sangre seca, evitando rozar donde sé que le duele, cada pequeño gesto controlado, hasta dejar su piel al descubierto, marcada, llena de golpes, morados, heridas... aprieto la mandíbula, pero sigo.
Voy al baño, lleno un pequeño cubo con agua templada, cojo una toalla limpia y vuelvo a la cama, me siento a su lado y empiezo a limpiar la sangre poco a poco, con paciencia, pasando la tela húmeda por su piel con cuidado, retirando cada resto seco, cada mancha, sin prisa, como si el tiempo no importara, como si solo existiera este momento, ella respira tranquila, a veces se mueve un poco, suelta algún quejido leve y paro un segundo hasta que vuelve a relajarse.
—Lo siento... —murmuro mientras limpio uno de los golpes— por no haber llegado antes.