El Plan CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Mike

El club huele a humo, alcohol caro y dinero sucio, luces bajas que apenas dejan ver bien las caras, música que retumba desde abajo pero aquí arriba llega como un eco lejano, un murmullo constante que no molesta pero tampoco deja silencio, pasillos estrechos, gente que mira de reojo pero no pregunta, saben perfectamente dónde están y lo que pasa aquí arriba no se comenta.

Camino junto a uno de los hombres de Dani, tipo grande, callado, de esos que no necesitan hablar para imponer, llegamos a la puerta y la abre sin llamar, dentro el contraste es claro, sofá de cuero, mesa llena de botellas, un gordo con camisa abierta fumando un puro como si estuviera en su casa y varias chicas riéndose sin ganas, postureo puro.

—Fuera —dice mi compañero sin subir la voz.

Las chicas se levantan rápido, sin mirar atrás, el ambiente cambia en un segundo, el gordo nos mira con una sonrisa de esas de “ no me dais miedo” pero ya sabemos cómo acaba eso.

—¿Qué pasa chavales? ¿os habéis perdido?

No respondo, lo observo, cada gesto, cada respiración, cada tic.

—Queremos saber a quién le estás vendiendo las armas.

Se ríe, suelta el humo despacio como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—No sé de qué me habláis.

Mi compañero no tiene paciencia, le mete un puñetazo seco que le gira la cara y hace caer el puro al suelo.

—No estamos para bromas.

El gordo se limpia la sangre... y vuelve a reírse.

—De verdad... no sé nada.

Y justo ahí vibra mi móvil, lo saco por inercia, un error, leo los mensajes... Sabrina... y otro nombre... Javi... leo rápido, demasiado rápido, bromas, confianza, cercanía... demasiada, noto cómo se me cierra el pecho, la mandíbula se tensa sola.

El aire se vuelve más pesado, dejo de escuchar la música, dejo de ver la sala, solo veo eso, a ella hablando con otro, riéndose con otro, abriéndose a otro... no, no, no.

Ella es mía, no es de nadie más, obvio no voy a permitirlo.

Levanto la vista y ya no veo al gordo, veo una diana, veo algo donde descargar todo lo que me está subiendo por dentro, lo agarro de la camisa y lo levanto como si no pesara nada, lo estampo contra la pared, el golpe suena fuerte, seco, le meto otro puñetazo, y otro, y otro, sin control, sin ritmo, puro impulso, sangre, respiración rota, su cuerpo aflojándose poco a poco pero no paro, no quiero parar, necesito sacarlo, necesito vaciar esa rabia.

—¡Eh, eh! para —dice mi compañero agarrándome— que te lo cargas.

Lo aparto de un empujón.

—Que hable.

El tipo cae al suelo, medio inconsciente, respirando mal, mi compañero resopla.

—Te has pasado, ahora a ver cómo coño sacamos algo.

—Que espabile.

—Claro, lo reanimamos y le pedimos perdón también, ¿no? —responde con ironía.

Lo miro un segundo demasiado serio, lo suficiente como para que deje de bromear, se agacha, manda un mensaje y nos quedamos esperando, el silencio se hace pesado, solo se oye al gordo respirar mal, la puerta se abre y entra Dani, ya desde la cara sé que no le ha hecho gracia.

—¿Qué coño te pasa?

—Nada.

—No me jodas, Mike, se te ha ido la olla —dice señalando al tipo en el suelo— si vas a trabajar así conmigo mejor lo dejamos, y si es por Edgar lo arreglo yo.

—No es Edgar.

—Entonces dime qué coño es —insiste.

—Nada, estoy bien.

No le doy más, no quiero hablar, no quiero explicar nada, porque ni yo mismo lo estoy entendiendo del todo, en ese momento el gordo se mueve, abre los ojos y cuando me ve se arrastra hacia atrás como puede con miedo puro en su mirada. Dani se acerca despacio.

—Responde... o te dejamos a solas con él.

El tipo empieza a hablar rápido, diciendo nombres, contactos, lo suelta todo como si le fuera la vida en ello, Dani asiente, satisfecho.

—Buen chico —dice— ¿ves? así mejor.

Se gira hacia mí.

—¿Ves Dani?, al final ha funcionado...

Le devuelvo una mirada seca, Dani gruñe y se va, yo me quedo un segundo más mirando al suelo, respirando, bajando pulsaciones y luego salgo, el aire de fuera me da de golpe, lo necesitaba, subo a la moto y conduzco sin pensar demasiado hasta casa, dejo todo tirado, me siento y vuelvo al móvil, más mensajes, el grupo de las chicas, planes, discoteca, risas, Sabrina diciendo que quizá lleva a alguien, que si Javi, que si sí, que si no, aprieto el móvil con fuerza, siento otra vez ese mismo calor subir, pero esta vez lo controlo mejor, esta vez lo canalizo.

Escribo.

—Eres mía. De nadie más.

No tarda en responder.

—¿Cómo sabes si hablo con alguien?

Sonrío, pero no es una sonrisa bonita.

—Lo sé todo, peque. A mí no se me escapa nada.

Veo cómo empieza a escribir, se para, duda, y eso me basta, dejo el móvil, me levanto y voy directo al armario, saco ropa negra, discreta, cómoda, me preparo con calma, respirando ya más estable, la cabeza fría otra vez, si va a salir...

yo también, pero ella no lo va a ver, no hace falta, porque voy a estar ahí, en la sombra, controlando cada paso, cada mirada, cada acercamiento, porque nadie va a tocar lo que es mío, nadie va a cruzar esa línea...

y si alguien lo hace, esta vez no voy a contenerme.