El Plan CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Sabrina

Llevo varios días en calma, una calma rara pero agradable, de esas que no sabes cuánto van a durar y por eso intentas no pensar demasiado en ello, el trabajo ha vuelto a la normalidad, la oficina con su ruido de siempre, teclados, llamadas, el aire acondicionado demasiado fuerte, Maika a mi lado con sus comentarios y su energía constante, y yo...

yo intentando mantener la cabeza ocupada para no pensar en Edgar, aunque es inevitable, de vez en cuando me viene a la mente, esa sensación de que en cualquier momento puede aparecer y romperlo todo otra vez, como si esta tranquilidad fuera solo un descanso antes de otra tormenta.

Estoy revisando el diseño de “ denuncia el maltrato” cuando me entra un mail, asunto: reunión vestuario y modelo campaña, levanto la vista y Maika ya está mirándome.

—¿Te ha llegado?

—Sí...

—Pues vamos, que esto promete.

Nos levantamos y vamos a la sala de reuniones, bastante gente, diseñadores, marketing, la encargada del proyecto hablando de la idea general, de que quieren algo impactante pero elegante, que transmita fuerza, que no sea lo típico de siempre, empiezan a comentar referencias, iluminación, expresiones, que si el contraste entre víctima y agresor, que si el mensaje visual tiene que ser claro pero sin caer en lo obvio, yo escucho, aporto alguna idea, Maika también, el ambiente es bastante dinámico, incluso interesante, hasta que la puerta se abre.

Entra la fotógrafa... y detrás de ella él.

—Hola —dice— él es Javi, el modelo.

Se hace un pequeño silencio, todas lo miran y es imposible no hacerlo.

Maika se inclina un poco hacia mí y suelta en voz baja pero lo suficientemente alta como para que yo lo escuche perfectamente:

—¿Cómo va a ser el maltratador con esa cara de ángel?

No puedo evitar reírme y varias más también, incluso él.

—Hola, bellas señoritas —dice con una sonrisa tranquila— un placer.

Se sienta como si nada, natural, cómodo, y la reunión sigue, hablando de poses, de expresión corporal, de cómo debe transmitir control, agresividad sin exagerar, tensión, todo muy técnico...

pero yo apenas puedo evitar notar que, de vez en cuando, me mira, de reojo, sin ser descarado, pero suficiente como para darme cuenta.

Maika también ya que se inclina hacia mí.

—Tía... no te quita ojo.

—Anda ya... —le digo bajito— cómo va alguien así a fijarse en alguien como yo.

Me da un pequeño codazo.

—No digas tonterías.

Termina la reunión y volvemos , seguimos trabajando como si nada, aunque la cabeza se me va un poco, no lo voy a negar, hasta que al rato aparece la fotógrafa.

—Sabrina, Maika, ¿podéis venir un momento? necesitamos ayuda con el vestuario.

Nos miramos y vamos.

Entramos en la sala... y ahí está, esta vez sin la formalidad de antes, vaqueros rotos, cinturón ajustado, camiseta más suelta... y todos los tatuajes a la vista, brazos, pecho, subiendo por el cuello, marcando cada línea de su cuerpo, imponiendo bastante más de lo que parecía antes.

Sonríe y yo le devuelvo la sonrisa casi sin pensar.

—¿Qué os parece? —dice— ¿suficientemente malo?

Lo miro... y sin querer se me escapa en voz baja:

—Apetecible...

—¿Perdón? —dice él girándose.

Y antes de que pueda reaccionar, Maika suelta:

—Ha dicho que apetecible.

La miro con cara de querer matarla y le piso disimuladamente.

—¡Ay! —dice exagerando— qué agresiva.

Javi se ríe.

—Me gusta más así.

Yo solo quiero desaparecer en ese momento, pero acabamos dando el visto bueno y volvemos a nuestra mesa, y en cuanto nos sentamos Maika empieza.

—Madre mía... apetecible dice...

—Cállate ya.

—Si es que... a nadie le amarga un dulce.

—Maika...

—¿Qué? si es verdad.

Intento centrarme en el trabajo, de verdad que lo intento, pero la imagen de su torso lleno de tatuajes se me queda en la cabeza más de lo que debería, y eso no ayuda nada, mi cuerpo empieza a reaccionar y empaparme las bragas.

Termina la jornada y justo cuando estamos recogiendo, llaman a la puerta.

—¿Se puede? —dice él.

—Sí —responde Maika.

—Solo venía a despedirme —dice— gracias por la buena acogida, señoritas.

—Un placer —dice Maika con una sonrisa.

Yo asiento.

Se gira para irse... pero deja algo en mi mesa, un post-it, rápido, discreto.

Me hago la loca, lo cojo sin llamar la atención, aunque claramente Maika lo ha visto.

—Uy... qué misterio...

—Maika...

—Luego me cuentas.

Guardo el número en el móvil, pero no escribo, no sé si debería, si no debería, si es buena idea, si es mala, si estoy haciendo algo mal... si le debo algo a alguien que ni siquiera sé quién es.

Decido no escribir.

Al día siguiente, nada más sentarnos, Maika va directa.

—¿Le escribiste?

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no.

—Pero tía...

—No sé qué decir.

—“Hola, soy la chica que piensa que eres apetecible”, por ejemplo.

—Eres idiota.

Se ríe.

—Un poco.

La jornada pasa normal, trabajo, risas, rutina... hasta que salgo de la empresa y voy hacia el coche, escucho un motor fuerte, giro la cabeza y veo un cochazo, elegante, negro, se detiene a mi lado y baja la ventanilla.

Es él.

—Eres mala persona —dice— dejándome esperando tu mensaje.

Sonrío sin poder evitarlo.

—Es que no sabía qué decir.

Se inclina un poco y me acerca el móvil.

—Pues dame tu número y ya te escribo yo.

Dudo un segundo... pero se lo doy.

—Así mejor —dice.

—Supongo...

Nos despedimos y sigo hacia mi coche, arranco, conduzco hasta casa con esa sensación rara en el cuerpo, mezcla de nervios y algo más que no sé definir, saco a los perros al bosque, el aire fresco, el sonido de las hojas, todo tranquilo... hasta que vibra el móvil.

Javi modelo.

Lo abro.

—Hola, soy yo.

Sonrío.

—Vaya, el modelo misterioso.

—Prefiero “ chico apetecible al que ignoras”.

—No te ignoraba... te estaba dando misterio.

—Pues casi me da algo esperando.

—Drama.

—Mucho.

—¿Siempre eres así?

—Solo con las chicas que dicen que soy apetecible.

Me paro un segundo.

—No vuelvas a mencionar eso.

—Imposible.

—Pesado.

—Encantador.

No puedo evitar reírme sola mientras camino con los perros.

—¿Siempre ligas así?

—Solo cuando funciona.

—¿Y funciona?

—Estoy hablando contigo, ¿no?

Me quedo unos segundos mirando la pantalla.

—Tienes un punto.

Seguimos hablando un rato más, tonterías, bromas, algo ligero, algo fácil... y cuando vuelvo a casa, me dejo caer en el sofá, pongo una peli, los perros se acomodan conmigo, pero mi cabeza no está en la película.

Está en dos sitios.

En él...

Y en mi guardian.

Y no sé cuál de los dos debería preocuparme más.

¿Chico majo y con pasta u hombre misterioso y peligroso?