CAPÍTULO 23
Mike
Llego a la oficina por la mañana y ya desde la puerta noto ese ambiente raro, ese murmullo constante de gente hablando en voz baja, pantallas encendidas pero nadie concentrado del todo, grupos pequeños cuchicheando como si hubiera pasado algo gordo, camino hasta mi mesa con total normalidad, dejo la mochila, me siento y enciendo el ordenador como cualquier otro día, pero sin dejar de escuchar de fondo, miradas cruzadas, caras serias...
demasiado ruido para ser un lunes normal, así que me giro hacia los de al lado como quien no quiere la cosa.
—¿Qué pasa? ¿Se ha caído el sistema otra vez o qué?
Uno de ellos me mira con cara de circunstancia.
—¿No te has enterado?
—¿De qué?
—Kevin...
Silencio incómodo.
—Ha muerto.
Levanto una ceja, manteniendo la calma.
—¿Cómo?
—Accidente ayer por la noche... bueno, eso dicen, pero la autopsia ha salido hoy... sobredosis.
Otro se mete en la conversación.
—Si es que ese tío iba pasado siempre, era cuestión de tiempo...
—Ya ves —dice otro— al final tanto “ no pasa nada, yo controlo”... pues mira, controló tanto que se fue directo al otro barrio.
—Mensaje del día, chavales —añade uno riéndose— no a las drogas, que luego no llegas ni al lunes.
—Ni al viernes —responde otro— que ese no terminaba la semana ni de coña.
Suelto una pequeña risa, por inercia más que por gracia, humor negro, típico de oficina cuando alguien no cae bien, pero por dentro... por dentro se queda un pequeño ruido, una sensación incómoda que intento apartar rápido.
Me giro hacia la pantalla y empiezo a trabajar.
Tal vez no debería haberlo hecho...
Pero Kevin no era trigo limpio, y al final esto... esto le ha pasado por meterse donde no debía.
Viene la secretaria.
—Mike, Alberto quiere verte otra vez.
Genial.
Me levanto y voy directo a la oficina, llamo, entro.
—Siéntate —dice el jefe.
Me siento, postura tranquila.
—Mike... estamos revisando cosas de Kevin y han salido datos que... bueno, digamos que no cuadran, faltas al trabajo, ausencias... y parece que en varias ocasiones tú cubrías sus turnos.
Me encojo ligeramente de hombros.
—Sí, alguna vez... pensaba que tenía problemas personales, no sabía nada de drogas ni nada así.
Asiente, pensativo.
—¿Cómo era su comportamiento contigo? ¿Discutisteis alguna vez?
Niego con la cabeza.
—No, nada importante... sí que es verdad que últimamente decía cosas raras, paranoias, que si la gente le vigilaba, que veía cosas... pero pensé que eran rayadas suyas, no le di importancia.
El jefe suspira.
—Ya... bueno, en fin, ahora tenemos otro problema, necesitamos reorganizar el equipo, no puedes estar solo.
Pulsa el interfono.
—Haz pasar a Javier.
Se abre la puerta y entra el tipo, alto, rubio, cuerpo trabajado, tatuajes que le suben por el cuello como si fueran parte de él, mirada segura, energía distinta... interesante.
—Este es Javier —dice el jefe— viene de otra empresa, experiencia en seguridad e instalaciones, vais a trabajar juntos.
El tipo sonríe.
—Puedes llamarme Javi.
Le devuelvo la sonrisa.
—Mike.
—Perfecto —dice el jefe— Mike, enséñale lo necesario.
Salimos de la oficina y caminamos hacia mi mesa.
—No sé tú —dice Javi— pero menudo recibimiento, ¿eh?
—Ya ves... aquí no nos aburrimos.
Se ríe.
—Pareces joven para llevar tanto tiempo aquí.
—Y tú para tener ese currículum —le devuelvo.
—Se me dan bien los ordenadores desde pequeño, supongo... —dice encogiéndose de hombros— y el tema de seguridad siempre me ha molado.
Asiento.
—No está mal.
Me fijo en sus tatuajes.
—Vas bien cargado, ¿eh?
Se mira los brazos con orgullo.
—Mi cuerpo es mi templo —dice— y me gusta marcar etapas, recuerdos... incluso emociones, todo tiene su historia.
—¿Tatuador frustrado o qué?
—Casi —se ríe— en mis ratos libres tatúo, o lo intento, cosas básicas, nada muy loco... pero oye, si algún día quieres uno, te lo hago.
Lo miro con media sonrisa.
—Igual algún día me tatúo el nombre de mi novia.
Se ríe fuerte.
—Eso no se hace, tío... eso es sentencia de muerte, yo... por eso no tengo novia.
—Mejor —respondo— menos problemas.
La conversación fluye fácil, demasiado fácil incluso, y eso... eso me hace mantener una pequeña distancia, porque nadie es tan natural sin motivo, pero me cae bien, no lo voy a negar.
El día pasa rápido entre explicaciones, sistemas, clientes... y cuando termina el turno, Javi se gira hacia mí.
—Oye, ¿te apetece una cerveza?
Lo pienso un segundo.
—Venga.
Nos vamos a un bar cercano, típico sitio con luz cálida, olor a fritura y ruido de fondo, pedimos dos cervezas y nos sentamos.
—Necesitaba esto —dice dando un trago— nuevo curro, nueva gente... viene bien desconectar.
—Sí... aquí hay que tener cabeza.
—Y aguante —añade riéndose.
Seguimos hablando, más relajados.
—También hago de modelo de vez en cuando —dice de repente— para sacarme un extra.
Lo miro.
—¿En serio?
—Sí, tío... campañas, fotos... ahora voy a hacer una contra el maltrato, me pagan bien, la verdad.
Levanto ligeramente la ceja.
—No está mal.
—Cuando cobre —añade— te invito a un finde de pesca o algo, desconectar de todo.
—Trato hecho.
Brindamos.
Y mientras hablamos, me doy cuenta de algo, Javi es demasiado guay para ser verdad. Y eso... nunca es buena señal.
Se hace tarde, pagamos, nos levantamos y salimos del bar con ese aire frío que te despeja la cabeza al instante, de esos que te recuerdan que ya es de noche de verdad y que el día se ha acabado sin darte cuenta, nos despedimos en la acera con un gesto tranquilo, sin formalidades, como si nos conociéramos de hace tiempo aunque sea literalmente el primer día.
—Mañana más —dice Javi.
—Mañana más —respondo.
Empiezo a caminar hacia mi moto, saco las llaves, el casco...
y de repente escucho un motor que no suena normal, ese tipo de sonido limpio y potente, suena a caro, giro la cabeza y veo cómo pasa a mi lado un Porsche negro impecable, de esos que no ves todos los días, se detiene justo a mi altura, la ventanilla baja despacio y ahí está Javi con una sonrisa de esas de “ sí, soy ese tío”.
—Hace frío para ir en moto, ¿no? —me dice— ¿te llevo?
No puedo evitar reírme.
—Me gusta el frío... y el peligro.
Se ríe.
—Estás fatal.
—Probablemente.
—Pues nada, nos vemos mañana.
—Cuídate.
Levanta la mano, pisa un poco el acelerador y el coche responde con ese rugido que no necesita presentación, se aleja adelantando con facilidad, seguro, limpio... llamando la atención sin buscarlo.
Me quedo unos segundos mirándolo, con una pequeña sonrisa mientras me pongo el casco.
Este tío me cae realmente bien.
Arranco la moto, el motor vibra entre mis piernas.
Salgo a la carretera y dejo que el aire frío me golpee la chaqueta, la velocidad, el ruido, todo lo de siempre...
pero con la cabeza en otra cosa, en lo raro que es encontrar a alguien así de primeras, en lo fácil que ha sido hablar con él...
y en lo peligroso que puede ser confiar demasiado rápido.
Llego a casa, cierro la puerta detrás de mí y dejo las cosas en la mesa, silencio, solo el eco de mis pasos, me siento frente al ordenador casi por inercia, lo enciendo y espero a que cargue, la luz de la pantalla ilumina la habitación y vuelvo a lo mío, a lo que mejor sé hacer.
Base de datos de la empresa, busco su nombre completo: Javier... ahí está.
Abro el perfil, datos básicos, historial laboral, referencias...
todo limpio, demasiado, sin faltas, sin incidencias, sin historias raras, ni siquiera multas de tráfico, lo cual ya es raro de por sí hoy en día, empiezo a tirar un poco más del hilo, fuera de la empresa, registros públicos, imágenes... y entonces aparecen.
Muchas fotos.
Sesiones de fotos, campañas, posados, diferentes estilos... traje, ropa casual, incluso alguna más artística, el tío sabe moverse delante de una cámara, eso está claro, reviso varias, ampliando detalles, analizando sin darme cuenta, expresión, postura, mirada... todo encaja.
Demasiado bien.
—Parece que eres legal... —murmuro para mí mismo.
Cierro un par de ventanas, vuelvo atrás, repaso otra vez por si se me escapa algo, pero no, nada raro, nada oculto a simple vista, todo correcto, todo en orden... y eso es lo que más me hace desconfiar.
Apago la pantalla unos segundos, me recuesto en la silla y me quedo mirando al techo, repasando el día, Kevin, el jefe, Javi, Sabrina... todo mezclado, todo avanzando a la vez, y aun así siento que cada pieza está cayendo justo donde tiene que caer.
Y si no... ya me encargaré de recolocarlas yo.