El Plan CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Mike

Llevo semanas hasta arriba, Dani no regala nada y menos después del sobre que le di a Edgar, cada favor tiene su precio y cada deuda se paga con trabajo, así que entre encargos, chapuzas digitales y algún que otro “ arreglo” para clientes que prefieren no dejar rastro, casi no he tenido tiempo ni para respirar, aunque eso no significa que haya dejado de vigilarla, eso nunca, cámaras, accesos, rutinas...

Sabrina está siempre en mi radar, siempre bajo control, aunque ella no lo sepa.

Estoy en el ordenador cuando me salta la notificación del móvil, su conversación, la del collar, y no puedo evitar soltar una risa baja mientras leo cómo sus amigas intentan explicarle lo que es, un collar de asfixia...

joder, Aina es lista, demasiado, me gusta, y Sabrina...

Sabrina sin tener ni idea, preguntando como si fuera un collar cualquiera, imaginándola con cara de duda, girándolo entre los dedos sin entender del todo lo que significa... me paso la mano por la cara sonriendo.

—Ya te lo enseñaré yo, peque... —murmuro para mí mismo.

Porque no es solo un collar, es un mensaje, una marca, una promesa... y me hace gracia que aún no lo vea así, que lo tome como un regalo bonito cuando en realidad es mucho más.

El móvil vuelve a vibrar, Dani. Descuelgo.

—¿Qué pasa?

—Ha venido la policía al casino —dice sin rodeos— inspección sorpresa, denuncia por robo, agresión y sustancias en bebida... ¿te suena de algo?

Aprieto la mandíbula.

—Edgar.

—Bingo —responde— pero tranquilo, mis contactos ya están moviendo hilos, los policías también juegan aquí, así que esto se queda en un susto... pero el gilipollas está dando por culo.

Silencio.

—¿Cuándo te vas a decidir a quitarlo del medio? —añade con ese tono medio en broma medio en serio.

—Cuando todo esté cerrado —respondo seco— no voy a volver a la cárcel por un gilipollas, ese tío tiene mierda encima, contactos, gente que lo conoce, aunque sean basura... si desaparece sin más va a levantar ruido.

—Pues date prisa —dice— porque además ha soltado tu nombre, “ un pijo llamado Mike que le invitó al casino”... ve con ojo.

Se me tensan los dedos alrededor del móvil.

—Tenía que haberle cortado la lengua...

—Nunca es tarde —responde Dani riéndose antes de colgar.

Me quedo unos segundos en silencio, respirando hondo, controlando la rabia, porque esto... esto no estaba en el plan.

Me preparo y me voy a trabajar, rutina, normalidad, fachada.

Nada más entrar en la sala de informática, el zumbido de servidores, luces, pantallas... y entonces aparece ella, una de administración, arreglada, tacones, sonrisa de esas que no dicen nada.

—Hola Mike, dice Alberto que vayas a su oficina.

Genial.

Cuando el jefe te llama... nunca es bueno.

Miro de reojo a mi compañero Kevin, y el muy cabrón me devuelve una media sonrisa, de esas que no necesitas explicación para entenderlas.

Ya está.

Ya sé por dónde va esto.

Camino hasta la oficina, llamo, entro.

—Siéntate Mike —dice Alberto serio, demasiado serio.

Me siento.

—Mira, voy a ir directo... ha llegado una queja, un compañero ha comentado que pasas tiempo de trabajo... observando a una clienta, accediendo a sistemas que no deberías, y no eres el primero al que le pasa esto, aquí nos tomamos muy en serio el acoso.

Lo miro sin inmutarme.

—Eso es falso.

—Mientras hablamos —continúa— el departamento de seguridad está revisando tu historial, si encontramos algo... tendremos que escalarlo.

Asiento con calma.

—No vais a encontrar nada.

Y lo sé, porque no soy imbécil.

Podría decir muchas cosas en ese momento, podría mencionar las veces que Kevin viene borracho, las instalaciones que no hace, el trabajo que me como yo... pero no soy un chivato. Eso sí... todo tiene consecuencias.

Suena el teléfono de Alberto, contesta, escucha, y su expresión cambia ligeramente.

—Entiendo... gracias.

Cuelga y me mira.

—No hay nada, parecen acusaciones infundadas... lo siento Mike, hablaré con quien corresponda.

Me levanto.

—No pasa nada.

Salgo de la oficina, vuelvo a mi mesa, y al pasar por al lado de Kevin lo miro... despacio, con una sonrisa que no llega a ser sonrisa.

Él baja la mirada, aprende rápido.

Termino el turno como si nada, pero por dentro ya estoy pensando, no ahora... pero llegará.

Los días pasan, trabajo, rutina, Dani, Sabrina... todo sigue su curso, pero hay cosas que no se olvidan, solo se aplazan.

Y una noche... toca turno de Kevin.

A las cuatro de la madrugada el parking está casi vacío, silencio, luces frías, camino sin hacer ruido, capucha, todo medido, todo controlado, localizo su coche, entro sin llamar la atención y espero, quieto, paciente.

Al rato aparece, tambaleándose, petaca en mano, el olor a alcohol llega antes que él, entra, arranca, y conduce como siempre... mal.

Espero...

El coche se aleja de la ciudad, la carretera se vuelve más solitaria, menos luces, menos ojos... y cuando el momento es el adecuado... dejo que me vea en el retrovisor.

—¿Qué coño... ?

El da un volantazo y de repente un golpe seco.

El coche empotrado en una farola y silencio.

Todo ocurre rápido después, confusión, respiración irregular, miradas que ya no enfocan... me inclino hacia él, sin prisa.

—Así que soy un pervertido... —digo en voz baja— en la cárcel aprendes cosas, ¿sabes? como que los chivatos... no duran mucho.

Me mira, intenta reaccionar, pero ya es tarde.

—El alcohol... las malas decisiones... al final pasan factura —añado casi con calma.

No hace falta decir más. El me mira casi sin poder moverse cuando saco de mi bolsillo una jeringa cargada, le sujeto el brazo con fuerza y se la inyecto.

—Tranquilo Kevin, esta es de las que te gustan.

Kevin empieza a convulsionar, espuma en la boca, gruñidos ahogados y miranda perdida, sin vida.

Cuando todo termina, salgo del coche, el aire frío de la madrugada me golpea la cara, camino sin mirar atrás, sin prisa, perdiéndome en la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.

Y mientras vuelvo a casa... solo pienso en una cosa.

Esto... es solo el principio