CAPÍTULO 21
Sabrina
El resto del fin de semana pasa... raro, pero en el buen sentido.
Tranquilo, ligero, como si alguien hubiera bajado el volumen de mi vida durante unos días y por fin pudiera escuchar mis propios pensamientos sin ruido de fondo.
Incluso invito a Maika a casa un día a tomar café, cosa que antes me parecía impensable, sentadas en el salón con Luke y Lucky pasando de nosotras completamente porque están más interesados en una manta que en nuestra conversación, ella hablando de su hijo, del instituto, de profesores incompetentes y yo escuchando, opinando, participando...
como si fuera una persona normal, como si mi vida no estuviera en pausa constante.
Leo, paso tiempo con los perros, salgo a caminar por el bosque, me preparo cenas decentes, pongo música mientras ordeno...
cosas pequeñas que hacía antes y que había dejado de hacer sin darme cuenta, y aunque en el fondo hay una tensión rara, una especie de alerta que no termina de irse del todo, intento ignorarla, porque este fin de semana... ha sido maravilloso.
Y lo más raro de todo es... Edgar.
Nada, ni un mensaje, ni una llamada.
Ni un portazo. ni una aparición sorpresa.
Y debería preocuparme... pero no lo hace, o al menos no demasiado, seguramente estará en ese casino, o en algún puticlub perdido, muerto de resaca, gastándose dinero que no tiene y creyéndose el rey del mundo, y por primera vez en mucho tiempo... eso no es mi problema.
El domingo por la noche decido ponerme una película, sofá, manta, palomitas, una copa de vino, los perros acomodados cada uno en su sitio como si fuera su ritual también, intento desconectar, meterme en la historia...
pero no sé en qué momento cierro los ojos, y cuando los vuelvo a abrir suena el despertador, la tele sigue encendida, las palomitas medio volcadas, la copa vacía en la mesa y yo... completamente descolocada.
—Genial Sabrina, planazo... —murmuro con la voz dormida— cine de autor nivel sofá.
Pero no estoy mal, al contrario, me siento bien, descansada, ligera, incluso con algo que hacía tiempo que no tenía... ganas.
Me ducho, me arreglo, desayuno rápido y me voy a trabajar con esa sensación rara de que algo ha cambiado aunque no sepa exactamente qué.
Al llegar a la oficina todo parece normal, el ruido de teclados, gente hablando, el aire acondicionado demasiado fuerte como siempre... hasta que veo mi mesa.
Hay una caja negra.
Y antes de que me acerque, Maika ya está encima.
—Uhhh... —dice levantando una ceja— Edgar a veces tiene buenos detalles eh... algo ha hecho para sentirse tan culpable para mandarte regalitos al trabajo.
No digo nada, solo la miro y me acerco.
La caja pesa un poco más de lo que esperaba, la abro despacio y en cuanto levanto la tapa... rosas azules, muchas, perfectamente colocadas, elegantes, casi demasiado bonitas para ser naturales, aunque lo son y en el centro una caja más pequeña, negra, aterciopelada.
El corazón me da un pequeño vuelco.
Cojo la caja pequeña y debajo veo la nota.
“ Pórtate bien esta semana... o tendré que recordarte quién manda, peque.
No olvides... yo siempre estoy contigo.
— Tu guardián.”
Trago saliva.
Sonrío sin querer.
Y eso... no es normal.Abro la caja.
Un collar, pero no uno cualquiera.
Una cadena fina, elegante, con dos corazones entrelazados... bonito, sí, pero hay algo raro, algo que no termino de encajar.
—Oh dios... —dice Maika inclinándose sobre mí como una cotilla profesional— es precioso... pero... ¿soy yo o tiene forma rara?
—No eres tú... —respondo sin apartar la vista.
Saco el móvil, le hago una foto y la envío al grupo.
“ SOS, mi admirador del casino ha subido de nivel”
En segundos empiezan a responder.
Aina: “ ???????????”
Marta: “ TÍA QUE ES ESO”
Clara: “ Vale es bonito pero da vibes raras eh... ”
Aina: “ esperad... eso... eso es un collar de asfixia.”
Silencio virtual.
—¿Un QUÉ? —escribo.
Aina: “ sí tía, de control, rollo... dominación, marcar territorio, ‘eres mía’, ese tipo de cosas.”
Marta: “ romántico o psicópata?”
Clara: “ las dos cosas probablemente.”
Aina: “ a mí me parece sexy pero yo estoy fatal así que no soy referencia.”
No puedo evitar reírme.
De verdad.
—Estoy rodeada de enfermas... —murmuro.
Guardo el collar en el bolso, recoloco las rosas azules en la caja y las dejo sobre la mesa como si fuera decoración, y me doy cuenta de algo casi sin querer...
mi escritorio ya no parece el de alguien vacío, empieza a tener cosas, detalles, vida, primero la vela, ahora esto...
y no sé si eso es bueno o muy mala señal.
El día pasa relativamente normal y cuando salgo del trabajo me voy directa al supermercado, la nevera está vacía y por mucho que ahora me sienta mejor... sigo teniendo que comer, entro con el carro, mirando estanterías, cogiendo cosas sin demasiado orden, y en uno de los pasillos... lo veo.
Un chico guapísimo, pelo negro, ojos azules de esos que no miran... observan.
Durante un segundo se cruzan nuestras miradas y siento un pequeño vuelco en el estómago, rápido, inesperado, de esos que no controlas, pero dura poco, sigo mi camino como si nada, porque últimamente mi vida ya tiene suficientes cosas raras como para añadir desconocidos misteriosos del súper.
Pago y la cajera me reconoce.
—¡Hombre Sabrina! cuánto tiempo sin verte por aquí.
Bajo la mirada casi por inercia.
—Sí... es que... hacía los pedidos online últimamente.
No le voy a decir la verdad, que ni siquiera podía salir tranquila a comprar sin dar explicaciones, sonrío un poco y recojo la compra rápido, pero no puedo evitar mirar alrededor un par de veces, por si aparece Edgar de la nada, por costumbre, por miedo, aunque no esté.
Los días pasan normales.
Demasiado normales y eso empieza a inquietarme.
Ni rastro de Edgar.
Ni rastro de él. Mi “ guardián”.
Casi dos semanas.
Y empiezo a rayarme, a darle vueltas, a preguntarme si todo ha sido un espejismo, una locura puntual, así que una noche, copa de vino en mano, sofá, perros a los lados... escribo.
“¿Te han comido los dedos mis perros o qué?”
No tarda en responder.
“ Yo siempre estoy contigo, peque... aunque no puedas verme.”
Ruedo los ojos sonriendo.
“ Ah vale, modo fantasma activado entonces... ¿también pagas alquiler o solo vigilas?”
Tarda unos segundos.
“ Pago con interés.”
Se me escapa una risa.
“ Pues espero que incluya series y pelis de terror, porque qué mínimo.”
“ Pronto entenderás para qué sirve ese collar.”
Ahí se me corta la risa.
Y aparece ese calor raro en el cuerpo otra vez.
—Estás fatal Sabrina... —murmuro para mí misma.
Dejo el móvil a un lado, doy un sorbo al vino, acaricio a Luke con una mano mientras Lucky se acomoda en mi pierna, y por primera vez en mucho tiempo... no estoy pensando en Edgar.
Estoy pensando en él.
Y eso... debería preocuparme más de lo que lo hace.
Termino la copa, apago las luces y me voy a la cama con esa sensación de no saber exactamente en qué punto estoy...