CAPÍTULO 20
Mike
Apenas me da tiempo a alejarme de la casa de Sabrina cuando el móvil vibra dentro del bolsillo de la chaqueta, lo saco un segundo mientras la moto sigue en marcha y veo el nombre de Dani en la pantalla, no lo cojo, no puedo ahora mismo, pero ya sé que si llama a estas horas no es por nada bueno.
Sigo conduciendo unos metros más hasta que vuelve a vibrar, esta vez un mensaje, lo abro rápido aprovechando un semáforo y ahí está.
“ Tío, el gilipollas este de Edgar la está liando, ven cagando leches o le corto la cabeza.”
Aprieto la mandíbula al instante.
Ya está.
Sabía que esto iba a pasar, tarde o temprano, pero prefería que fuera más tarde, tenía otros planes, más limpios, más largos, más... disfrutables, pero este imbécil no sabe estarse quieto ni cuando le das una oportunidad de oro.
Giro la moto sin pensarlo y acelero directo al casino, esta vez sin disfrutar del trayecto, sin distracciones, solo con una idea Clara en la cabeza... esto se ha acabado antes de lo previsto.
Cuando llego, dejo la moto de cualquier manera, entro sin detenerme, paso por la zona principal llena de luces, música y gente elegante que no tiene ni idea de lo que pasa en las zonas de atrás, cruzo el pasillo privado y en cuanto abro la puerta de la sala... el espectáculo es lamentable.
El ambiente está cargado, denso, humo en el aire, olor a alcohol fuerte, a sudor, a tensión, los hombres de Dani repartidos por la sala, algunos de pie, otros apoyados en las mesas, todos con esa mirada fija, fría, calculadora, esperando una orden, caras duras, cicatrices, trajes caros que no esconden lo que son realmente, y en medio de todo... Edgar.
Borracho y fuera de sí tambaleándose, tirando fichas al suelo, empujando una mesa, gritando como un animal.
—¡Sois unos putos ladrones! ¡Hacéis trampa! ¡¿Dónde está mi dinero?!
No se aguanta ni de pie, la camisa abierta, los ojos rojos, la voz pastosa, dando pena y rabia a partes iguales, y lo peor es que no sabe dónde está, no sabe con quién está jugando, no sabe que aquí no hay segundas oportunidades.
Dani está apoyado en una de las mesas, mirándolo con una mezcla de aburrimiento y cabreo, los brazos cruzados, la mandíbula tensa, claramente conteniéndose por mí.
—Menos mal que has llegado —dice sin mirarme siquiera— porque yo ya estoy perdiendo la paciencia.
No digo nada.
Camino directo hacia Edgar.
Él sigue gritando, sigue insultando, ni siquiera me ve venir, y en cuanto estoy lo suficientemente cerca... golpe seco.
Directo, limpio.
Cae al suelo como un saco.
Dani suelta una risa corta.
—¿No decías que no podíamos hacerle daño?... —me mira— esto hubiera solucionado todos los problemas desde el minuto uno.
—No confundas —respondo tranquilo— esto no es hacerle daño... es apagarlo.
Uno de los hombres suelta una carcajada.
—Pues apágalo más veces, que hace ruido el cabrón.
Dani se acerca un poco más, mirando el cuerpo en el suelo.
—¿Seguro que no quieres que lo enterremos ya aquí mismo? Nos ahorramos trabajo.
—Todavía no.
—Siempre dices lo mismo —sonríe— luego te encariñas con los juguetes.
Lo ignoro, me agacho, lo cojo sin esfuerzo, cargándolo al hombro como si no pesara nada, completamente inconsciente, completamente inútil, y salgo de la sala mientras escucho a Dani de fondo.
—Si cambias de idea... ¡llamame!.
Subo las escaleras hacia una de las habitaciones privadas, abro la puerta y lo dejo caer en el suelo, cierro con llave y me quedo un segundo en silencio, respirando hondo.
Se acabó el juego.
Voy al cajón, lo abro.
Todo en su sitio, esposas, taser, el cuchillo... que espero no tener que usarlo.
Y la máscara.
Me la quedo mirando un segundo antes de cogerla, me la coloco despacio, ajustándola bien al rostro, encajando perfectamente, luego me cambio rápido, el chándal negro, las botas militares, la sudadera con capucha, todo preparado desde antes, todo previsto por si este momento llegaba.
Me siento en la silla, justo delante de él.
Toca esperar.
No tarda mucho.
Empieza a moverse, a quejarse, a recuperar la conciencia poco a poco, abre los ojos desorientado, mirando alrededor sin entender nada.
—¿Dónde estoy... ? —murmura— ¿qué pasa... ? ¿quién coño eres tú?
Activo el modulador de voz.
—Quién soy yo no es lo importante...
Se queda quieto.
—Lo importante es quién eres tú... y qué coño le haces a Sabrina.
Silencio.
Y entonces sonríe.
—Ah... así que esto es por esa zorra... —escupe— si me sueltas te la dejo, te la puedes follar cuando quieras... chupa de puta madre, está gorda, pero para eso sirve, chupa como si fuera un caramelo.
Aprieto la mandíbula tan fuerte que noto la presión en los dientes, la tentación de reventarle la cara ahí mismo es real, muy real, pero me contengo.
No. Esto se hace bien.
Abro el cajón.
Saco el sobre.
Lo tiro sobre la mesa.
—Vas a desaparecer de su vida.
Se queda mirándolo.
—Eso es imposible —responde— no tengo ni dónde caerme muerto.
—Ahora sí.
Señalo el sobre.
—Aquí tienes dinero suficiente para desaparecer de este país... vas a dejarla en paz... le vas a enviar un mensaje diciendo que has encontrado a otra puta, que te vas... y no vuelves.
Me mira.
—¿Y si no?
No respondo.
Cojo el taser, me acerco y lo descargo directo en la yugular.
El cuerpo se le arquea al instante, un espasmo seco, un grito ahogado que se queda en nada cuando corto la corriente.
—Esto está al mínimo... —me inclino ligeramente— pero si subo dos puntos más... tus órganos empiezan a cocerse por dentro... como un puto estofado.
Silencio.
—¿De verdad quieres probarlo... o vas a dejar de dar por culo y obedecer?
Asiente, rápido.
Bien.
Le lanzo el sobre, lo coge con manos temblorosas, lo desato y lo levanto de un tirón, empujándolo hacia la puerta sin darle tiempo a reaccionar.
Lo saco del pasillo, directo hacia la salida trasera, lo tengo controlado en todo momento, y antes de que se vaya... me acerco a su oído.
—Como vuelvas... te corto esas manos... para que no puedas volver a pegar a nadie... ni siquiera masturbarte... ¿oído?
Asiente.
Y esta vez no duda.
Se va.
Casi corriendo.
Desaparece en la noche como una rata asustada.
Me quedo unos segundos quieto, observando la puerta, pensando, sabiendo perfectamente que esto no ha terminado, que este tipo no es de los que desaparecen tan fácil... pero necesitaba tiempo.
Y lo acabo de comprar.
Exhalo despacio, paso una mano por la máscara, notando el calor dentro, la tensión acumulada, todo ha ido demasiado rápido, demasiado directo, no como me gusta, no como había planeado, me habría gustado jugar más con él, hacerle sentir lo que es el miedo de verdad, alargarlo, disfrutarlo... pero no hoy.
Hoy no había tiempo.
Hoy había que solucionar.
Porque mañana... hay trabajo.
Y ella... tiene que estar tranquila.
Aunque sea por ahora.