CAPÍTULO 19
Sabrina
Subo a la moto sin pensarlo demasiado, casi por inercia, como si mi cuerpo decidiera por mi y no mi cabeza.
Me pongo el casco mientras él arranca y en cuestión de segundos ya estamos en marcha.
Siento la vibracion de la moto en todo mi cuerpo y en el suyo, no es una marcha normal, no es un trayecto cualquiera, es como si la carretera fuera suya, como si las normas no existieran.
Acelera y acelera sin miedo, sin dudar, como si estamparse no fuera una opción real, como si la muerte no le afectara, y yo debería asustarme...
Pero no lo hago, al contrario, me agarro más fuerte a él.
Mis brazos rodean su torso, pegándome completamente a su espalda, notando cada músculo, cada movimiento, sus pectorales duros bajo la ropa, firmes, calientes y reales.
Cierro los ojos un segundo dejándome llevar por esa sensación de velocidad, de libertad y de locura.
El aire frío golpea, el ruido del motor retumba en el pecho, las luces pasan rápidas, y mi cabeza empieza a irse sola, a imaginar una vida así, una vida de impulsos, de adrenalina, de no pensar tanto, de no medir cada paso por miedo a las consecuencias.
Una vida donde no tenga que volver a casa con el cuerpo tenso esperando a ver en qué estado llega Edgar.
Una vida donde no tenga que pedir perdón por existir, y sin darme cuenta me aferro más a él, como si en ese momento fuera lo único estable que tengo, lo único que no me está haciendo daño.
Es absurdo... pero es real... él, en tan poco tiempo, ha hecho más por mí que Edgar en años, y no hablo de cosas bonitas ni románticas, hablo de algo más básico, más profundo, me ha enseñado que el cuerpo no está hecho solo para aguantar golpes o insultos, que las manos pueden usarse para acariciar, para provocar, para hacerte sentir cosas que no te rompen por dentro, que el dolor puede existir sin ser maltrato, que se puede sentir intensidad sin perderte a ti misma...
y eso me remueve, porque me devuelve algo que creía perdido.
Sin darme cuenta, mi mano se cuela por debajo de su chaqueta, despacio, con curiosidad, tocando directamente su pecho, notando su piel, sus músculos, y entonces las siento. Cicatrices varias, irregulares, algunas más marcadas que otras.
Paso los dedos por ellas intentando entender, intentando imaginar de dónde sale alguien así, qué vida ha tenido para llevar eso grabado en el cuerpo, y me quedo unos segundos ahí, explorando, como si pudiera leerlo a través de su piel.
Pero cuando intento bajar más, avanzar más, su mano se mueve rápido y me aparta, firme, sin hacer daño pero sin dejar opción, y eso debería frenarme...
Pero no lo hace, al contrario, me hace sonreír dentro del casco.
Vuelvo a intentarlo, más despacio, más provocadora, notando cómo se tensa ligeramente pero sin perder el control de la moto ni un segundo.
Seguimos yendo a una velocidad absurda y aun así ni duda, no pierde el equilibrio, y en ese momento me doy cuenta de algo que me deja helada y a la vez... excitada.
No tengo miedo, ni de caerme, ni de él, ni de nada, como si por primera vez en mucho tiempo no estuviera en alerta constante, como si simplemente estuviera viviendo y mi cuerpo se excita. Siento como mi interior se moja, dejando un rastro por mis bragas ya mancilladas de la fiesta.
No conocía bien mis habilidades con los cinturones hasta este momento, como con una mano pude librarme del cinturon que me separaba de el, de su grandeza, de su miembro, en el fondo siento que debo devolverle todas las caricias y pequeños rasguños que me regaló.
Introduzco la mano y el intenta detenerme pero esta vez soy yo la que elije, soy yo la que manda, es mi momento para él y no puede evitarlo.
Acaricio con seguridad su polla, esta ya muy dura y presionada, la libero de su prisión y la masajeo, desde la base a la punta, suave pero constante, siento como el se estremece, pero el sigue sin perder el control de la moto, ni un breve siseo, nada, como si nadie lo pudiera distraer de la carretera.
Sigo cada vez con más movimientos fuertes y seguros, de la base a la punta, de la base a la punta, su mano sujeta la mia, me dejo llevar, abre la visera y introduce mis dedos en su boca, humeda.
Cada vez más segura de mi misma, con fuerza, me libero de su mano y sigo a mi propósito, vuelvo a sujetar su polla con fuerza y movimientos cada vez más rapidos, de la base a la punta, de la base a la punta, hasta que escucho un gemido largo y ahogado dentro del casco, noto su esencia caliente en mi mano, y la empiezo a lamer, su sabor me excita más que mis pensamientos.
El trayecto se me hace corto, demasiado corto.
En cuanto me quiero dar cuenta ya estamos entrando por el camino de casa, la moto reduce poco a poco, el ruido baja.
Todo vuelve a una calma que casi molesta después de lo anterior, y cuando se detiene siento ese vacío raro, como si me hubieran quitado algo de golpe.
Me bajo despacio, aún con el cuerpo acelerado, él sigue con el casco puesto, impenetrable como siempre, sin dejar ver nada más de lo necesario, controlando cada detalle.
Entonces suena su móvil, lo mira y algo cambia, no hace falta verle la cara para notarlo, la tensión en su postura, la prisa que aparece de repente, la forma en la que vuelve a la realidad.
—Siento no poder acompañarte esta noche tan apetecible, peque... pero tengo que irme.
Frunzo ligeramente el ceño, no me gusta, pero tampoco sé qué derecho tengo a que me guste o no, así que tiro por lo único que puedo.
—¿Tienes algún nombre... o tengo que seguir llamándote acosador?
Hay un pequeño silencio, como si lo valorara, como si midiera hasta dónde puede dar.
—Puedes llamarme tu protector... o tu guardián... tengo un plan, y hasta que no esté todo solucionado no puedo darte más datos sobre mí... si te lo ganas.
Antes de arrancar hace algo que no me espero, baja la cremallera de la chaqueta motera despacio, metiendo la mano dentro como si guardara algo importante, y lo saca, una rosa azul, la misma, ese color imposible que ya empieza a ser suyo, me la tiende sin decir nada más, y en ese gesto...
hay más que en muchas palabras, la cojo casi sin pensar, mirándola un segundo mientras noto cómo él ya está volviendo a arrancar.
Y se va.
Me quedo ahí unos segundos, con la rosa en la mano, viendo cómo desaparece al fondo del camino, escuchando el sonido de la moto perderse poco a poco hasta que solo queda el silencio, el frío de la noche y esa sensación rara en el pecho que no sé muy bien cómo explicar, bajo la mirada a la rosa, la acerco un poco, la huelo, y no puedo evitar sonreír, aunque no debería.
Entro en casa y en cuanto doy dos pasos Luke y Lucky vienen corriendo hacia mí, moviendo la cola, felices, como si nada hubiera pasado, como si todo fuera normal, me agacho y los abrazo con más ganas de lo habitual, como si necesitara ese contacto real, ese cariño simple, sin complicaciones, sin dobles intenciones, sin peligro.
—Hola mis chicos...
Paso un rato con ellos, salimos un momento al jardín, vuelven a entrar, el ambiente está tranquilo, demasiado tranquilo para lo que suele ser esta casa, y eso ya es un lujo, me sirvo una copa de vino en la cocina, la luz cálida, el silencio, el sonido del líquido cayendo en la copa, pequeños detalles que antes ni notaba y ahora parecen importantes, me siento en el sofá con los perros a mi lado y la rosa sobre la mesa, mirándola de reojo mientras doy un sorbo.
Y mi cabeza vuelve a lo mismo. Edgar.
Lo vi en el casino, hablando con él. ¿Por qué?
Nada encaja, nada tiene sentido, Edgar no pertenece a ese mundo, o eso quiero creer, pero tampoco pertenece al mío y aun así está aquí, metido en mi vida hasta el cuello, y él...
mi “ protector”... parece estar en todos lados, moviendo cosas, organizando situaciones, apareciendo cuando menos lo espero.
Sé que Edgar es peligroso.
Lo sé de verdad.
Pero hay algo dentro de mí que me dice que este hombre... lo es aún más.
Más oscuro, más grande,más peligroso.
Y aun así... no quiero alejarme.
Miro la rosa otra vez, paso el dedo por uno de los pétalos, suave, frío, artificial y perfecto a la vez, y sin darme cuenta ese pensamiento aparece claro.
No estoy sola, y eso... debería asustarme.