El Plan CAPÍTULO 18
46%

CAPÍTULO 18

Mike

La subo con una facilidad casi insultante, como si no pesara nada, y la realidad es que no pesa nada para mí, podría tenerla en brazos durante horas sin cansarme, sintiendo su cuerpo contra el mío, su respiración acelerándose poco a poco, esa mezcla de duda y necesidad que siempre termina inclinándose hacia lo mismo, hacia mí.

El despacho está en penumbra, solo la luz cálida de las velas ilumina el espacio, reflejándose en las estatuas, en la madera oscura del escritorio, en los detalles dorados que hacen que todo parezca demasiado elegante para lo que está a punto de pasar, demasiado bonito para lo que realmente soy.

Deslizo las manos por sus piernas y le subo el vestido hasta las rodillas, despacio, sin prisa, recreándome en cada gesto, en cómo reacciona, en cómo intenta mantener el control aunque su cuerpo diga otra cosa, me agacho lo justo para quitarle los zapatos con cuidado, uno primero, luego el otro, dejándolos a un lado con una delicadeza que no encaja conmigo pero que con ella... sale sola.

La bajo de la mesa y la dejo de pie frente a mí, la observo un segundo, solo uno, antes de volver a subir el vestido, esta vez más arriba, notando cómo su respiración cambia, cómo se tensa, cómo intenta frenar ese momento que en el fondo sabe que no quiere frenar.

Cuando intenta resistirse, cuando pone esa pequeña barrera, la beso.

Sin aviso.

Fuerte y directo.

Y se rompe.

Siempre se rompe.

Le subo el vestido del todo y se lo quito por arriba, dejando su piel al descubierto... y entonces lo veo, los moratones, marcando su cuerpo como si alguien hubiera querido dejar firma, como si ese puto desgraciado hubiera necesitado recordarle quién manda.

Y en ese instante algo dentro de mí se enciende, la mandíbula se me tensa, los músculos se me endurecen, siento cómo la rabia me sube por el pecho y me recorre, lenta, pesada, peligrosa.

Ella baja la mirada.

—Lo siento...

Y eso... eso es lo que más me jode.

Acerco mi cara a la suya, lo suficiente para que me escuche bien, para que no tenga duda.

—Quien tiene que lamentarlo no eres tú... es él.

Mi voz sale más baja, más densa, más real de lo que probablemente debería.

—Paciencia... —añado— algún día... tus problemas desaparecerán.

La noto pensarlo, procesarlo, quedarse enganchada a esas palabras porque en el fondo sabe que conmigo no hay frases vacías, sabe que cuando digo algo... pasa. Y aun así, en vez de asustarse, sonríe, esa sonrisa suya que mezcla nervio y desafío.

—Tal vez debería llamarte mi guardián acosador...

No puedo evitar soltar una pequeña risa, breve, contenida.

—Llámame tu peor pesadilla... —me inclino un poco más hacia ella— porque voy a deshacerte y rehacerte las veces que haga falta... y voy a hacer lo que sea necesario para proteger lo que es mío.

Le sujeto suavemente la barbilla, obligándola a mirarme aunque no pueda ver mis ojos.

—Y eso eres tú... te guste o no.

Una pausa.

—Eres mía... y cortaré la mano de cualquiera que se atreva a hacerte daño.

Mis labios empiezan a recorrer su piel, bajando despacio, sin prisa, notando cada reacción, cada pequeño cambio en su respiración, cómo su cuerpo empieza a responder sin pedir permiso, cómo deja de resistirse poco a poco hasta que ya no queda nada de esa barrera inicial, solo ella... y lo que le hago sentir.

Vuelvo a cargarla a la mesa, me arrodillo y sigo recorriendo su piel con mis labios, primero desde la pantorrilla y cada vez más lentamente voy subiendo hasta su humedo coño.

—Estás muy mojada

Ella aparta la mirada con vergüenza.

Sujeto el lateral de esas braguitas de encaje con un lacito azul.

Que detalle.

Mis labios siguen recorriendo el camino hacia su excitacion, sorbo fuertemente, y mi lengua se para justo en el punto donde ella suelta un gemido, casi ahogado, casi contenido.

Sigo insistiendo en ese punto, lamo con fuerza, luego paro, sigo lamiendo, a círculos, hacia arriba, hacia abajo, cada vez más de prisa y más fuerte.

Noto como sus muslos se tensan, su espalda se arquea y se que mi pequeña está disfrutando.

Finalmente me decido a quitarle sus braguitas que ya molestan.

Lentamente.

Pero firme.

Introduzco los dedos en su interior, mientras mi lengua sigue recorriendo todo su cuerpo, sus pezones, excitados, rositas, duros, perfectos.

Cada vez más, noto como su cuerpo se arquea y mi polla pide a gritos ser liberada pero hoy se trata de ella, se trata de darle el placer de recompensa por esperar pacientemente.

De repente un gemido intenso sale de lo más profundo de su garganta, es perfecto.

No puedo evitar lamerme los dedos como si se hubiese tratado del manjar más delicioso de mi vida.

Cuando termino me aparto con calma, como si nada, como si no acabara de dejar una marca más en ella, le recojo la ropa del suelo sin prisa mientras la observo recomponerse, recolocarse, intentar volver a una normalidad que ya no existe, porque desde el momento en que entró aquí... ya no hay vuelta atrás.

Salimos de la sala y el contraste es inmediato, volvemos al ruido del casino, a la música, a las luces, a la gente elegante moviéndose entre mesas y copas como si nada, como si en ese mismo edificio no estuvieran pasando cosas muy distintas.

Y entonces aparece él.

Enmascarado.

Pero su voz... inconfundible.

—Hombre... amigo, ¿eres tú no?

Edgar.

Sabrina se tensa a mi lado, apenas, pero lo suficiente para que lo note.

—Sí, colega... —respondo con total naturalidad— ve a la barra, el camarero te enseñará dónde se juegan las partidas interesantes.

Le doy exactamente lo que quiere.

Dinero.

Vicio.

Distracción.

Y se va sin cuestionar nada, como el imbécil que es.

Ella me mira, quiere preguntar, lo veo, pero duda, porque conmigo todo es raro, todo encaja y no encaja al mismo tiempo, y al final decide no decir nada, buena chica.

Me acerco a su cuello y dejo un beso lento, casi imperceptible.

—Pásalo bien con tus amigas, peque... pronto iré a visitarte... —mi voz baja un tono— y si me enfadas...

Sonrío aunque no pueda verlo.

—Te castigaré.

Me aparto antes de que pueda reaccionar y la dejo ir, la observo volver con sus amigas, cómo la rodean al instante.

—¿Dónde estabas?

—¿Y ese tío?

—Tía, vaya pedazo de hombre...

Ella intenta quitarle importancia, dice que no sabe quién es, que con la máscara no lo reconocería, y siguen hablando, riendo, comentando la fiesta, los cócteles, los tíos que se acercan, Marta contando que uno le ha invitado a una copa, Aina que otro le ha pedido el número, Clara riéndose de todo...

normalidad, ruido, vida, pero ella ya no está del todo ahí, y eso me gusta.

El tiempo pasa, miran la hora, deciden irse antes de que sea demasiado tarde, demasiado peligroso, bien, justo como quiero, su móvil vibra.

“ Ni se te ocurra irte sola. Te llevo. Espera fuera.”

Directo y sin dar opción.

Ella les dice que se vayan, que pedirá un taxi, se despiden entre risas y abrazos en la entrada del casino, la noche es fresca, el aire huele a humedad, a asfalto, a ese contraste entre lujo y oscuridad que siempre rodea estos sitios, y cuando se queda sola, mirando el cielo, las luces del hotel reflejándose en el suelo, aparezco.

La moto se detiene frente a ella, negra, imponente, con detalles en azul que brillan bajo la luz, el motor vibrando aún, el casco ocultando mi rostro, chaqueta de cuero ajustada, pantalones de motorista reforzados, botas pesadas... todo oscuro, todo calculado.

Le hago un gesto y se acerca, duda un segundo, pero lo sabe, siempre lo sabe, le tiendo el casco que llevo detrás, lo coge, se lo pone y sin decir nada sube.

Se pega a mí y sus brazos rodean mi torso y arranco...