CAPÍTULO 17
Sabrina
Hoy me he despertado en mi cama, y solo eso ya se siente raro, anoche después de lo que pasó Edgar se fue, todavía no ha vuelto, y el silencio de la casa esta mañana es...
distinto. No es ese silencio pesado que me aplasta, es más ligero, más llevadero, como si por fin pudiera respirar un poco sin estar en alerta constante.
Me quedo unos segundos mirando el techo, procesando, intentando recolocar todo lo de ayer en algún sitio de mi cabeza donde no me haga tanto daño, pero no es tan fácil, así que hago lo de siempre... me levanto.
Me ducho despacio, dejando que el agua caliente me recorra el cuerpo más tiempo de lo normal, como si pudiera llevarse algo de lo que siento.
Me visto con algo cómodo pero con ese pequeño toque que me hace sentir un poco mejor conmigo misma, me arreglo el pelo, el flequillo aún se siente nuevo, distinto, me miro al espejo un segundo... no estoy mal.
Salgo fuera con el café en la mano y me siento en las escaleras de la entrada, el aire fresco de la mañana, ese olor a bosque húmedo, a tierra, a hojas... Luke y Lucky corren delante de mí, pero sin alejarse demasiado, como siempre, vigilando, volviendo, asegurándose de que sigo ahí.
Doy un sorbo al café, caliente, intenso, y por un momento intento quedarme solo con esto, con la calma, con la normalidad... crear una especie de barrera en mi cabeza que tape lo de anoche, que lo borre aunque sea un rato.
Pero no puedo evitar pensar en que si no hubiera sido Edgar... si hubiera sido él, mi acosador, mi guardian... todo habría sido distinto.
Cierro los ojos un segundo, recordando, mezclando sensaciones, la casa, la cama, la otra vez, la casa extrema...
y ese calor vuelve. Ese cosquilleo que me recorre el cuerpo y que me agarro a él casi con desesperación, porque prefiero eso a sentirme rota, a sentirme una víctima, a dejar que Edgar me quite incluso eso.
No. No le voy a dar también eso.
Suspiro, termino el café y me levanto, ya es hora de ir a trabajar.
Dejo a los perros dentro con un hueso, tranquilos, cojo el coche y me voy.
Cuando llego a la oficina todo ha vuelto a la normalidad, ordenadores encendidos, teclados sonando, gente concentrada en sus cosas como si nada hubiera pasado estos días, me siento en mi sitio y abro el proyecto, “ Denuncia el maltrato”... y me quedo mirándolo.
Tiene que quedar bonito, claro, visible...
pero también tiene que doler, tiene que impactar, tiene que hacer que alguien se atreva a dar el paso...
Y mientras lo pienso no puedo evitar sentir esa ironía amarga por dentro, porque no es tan fácil, no es decirlo y ya, no es poner un cartel bonito y que todo se solucione, es miedo, es dependencia, es no tener a dónde ir, es pensar en las consecuencias... es todo.
Y entonces pienso en mis amigas, siempre están ahí y lo sé.
Pero también sé que Edgar es capaz de cualquier cosa, que ha cambiado, que ya no es la persona que conocí, que hay algo en él que está mal, muy mal, y que el alcohol,o lo que sea que consuma... no ayuda.
Y no quiero meterlas en esto.
Sigo sin entender qué hacía en ese club a las once de la mañana, con todo cerrado... algo turbio seguro, pero mejor no saberlo, mejor no preguntar, mejor no remover nada.
Solo quiero que hoy no vuelva.
Que desaparezca todo el fin de semana. Que me deje en paz.
Y entonces vibra el móvil.
Desconocido.
“ Disfruta del fin de semana libre, peque... yo me encargo.”
Se me acelera el pulso al instante, esa mezcla de intriga y... algo más, y antes de que pueda procesarlo del todo, entra un mail.
Lo abro.
Una invitación.
Para cuatro personas.
Fiesta en un casino.
Fiesta de máscaras.
Me quedo mirándolo unos segundos, procesando, imaginando... suena bien, suena demasiado bien.
Escribo.
“ La fiesta es cosa tuya?”
No tarda.
“ Por supuesto... y si no vienes te castigaré duramente.”
Se me escapa una pequeña sonrisa, mordiéndome el labio sin darme cuenta, ese tono... ese juego... esa forma de hablarme.
“¿Hay que vestir elegante y con máscara?”
“ No te preocupes por eso... yo me encargo.”
No sé qué responder a eso.
Pero tampoco quiero pensar demasiado.
“¿Tú estarás ahí?”
“ Yo siempre estoy contigo.”
Se me queda el cuerpo raro, no incómodo... pero tampoco normal.
Reenvío la invitación al grupo.
—Chicas, ¿queréis ir?
—¿A una fiesta con ricachones y máscaras?
—Eso no se pregunta, por supuesto.
—Yo tengo máscara del carnaval del año pasado.
—Yo también.
—Yo aún la guardo.
—Yo no tengo... pero algo me dice que no es un problema.
Sonrío.
—¿Quedamos para cenar en el restaurante del hotel que hay justo delante del casino?
—Perfecto.
—A las 21h.
—Hasta esta noche.
El simple hecho de tener plan ya me cambia el día, noto cómo me sube el ánimo, cómo todo pesa un poco menos, y si encima Edgar no va a aparecer... mejor todavía.
Trabajo con más ganas, avanzo el diseño, me centro, dejo de pensar demasiado.
Cuando salgo me voy directa a casa, y nada más abrir la puerta Luke y Lucky vienen corriendo a saludarme, moviendo la cola como locos, me agacho, los acaricio, ese momento que siempre me baja a tierra, los saco al bosque un rato para que corran y mientras los observo veo una furgoneta acercarse, un repartidor.
Se detiene.
Me entrega un paquete.
Se va.
Lo abro ahí mismo, con curiosidad, y cuando veo lo que hay dentro me quedo unos segundos en silencio.
Un vestido.
Negro con toques azules y brillantitos azules.
La tela cae suave, elegante, con un brillo sutil que cambia con la luz, el corte es ajustado en la parte de arriba y cae más suelto abajo, insinuando sin ser exagerado, acompañado de una máscara negra con detalles azules que encajan perfectamente, y unos zapatos de tacón negros con pequeños destellos azulados que parecen casi estrellas.
—Vale... —murmuro— esto es... mucho.
No sé qué obsesión tiene con el azul. Pero tiene buen gusto.
Vibra el móvil.
“ Veo que te acaba de llegar mi regalo... espero que sea de tu talla. Nos vemos esta noche, peque... no olvides tu castigo.”
Se me eriza la piel al leer la palabra castigo.
¿Qué significa? ¿Lo hará allí? ¿Delante de todo el mundo?
La intriga me puede más que el miedo.
Entro en casa, pongo música a todo volumen, necesito moverme, no pensar demasiado, voy directa a la ducha, me arreglo con más calma de lo habitual, me recojo el pelo dejando algunos mechones sueltos que enmarcan la cara, me maquillo, marcando los ojos, labios rojos...
me pongo el vestido, los tacones, que sorprendentemente no son tan incómodos como esperaba.
Me miro al espejo y por un segundo...
no me reconozco del todo, me gusta esta yo.
Cojo el bolso y salgo.
Cuando llego al hotel ya están todas, tan puntuales como siempre.
—¡Pero bueno!
—¡Qué bellezón!
—Fiu fiiiuuu.
—Hacía siglos que no te veíamos así.
—Esta noche va a ser épica.
Me río, negando con la cabeza, pero por dentro siento algo que hacía tiempo que no sentía.
Expectativa.
Cenamos entre risas, comentarios, planes absurdos y teorías sobre la fiesta, y cuando terminamos cruzamos hacia el casino.
La entrada ya impone.
Luces bajas, elegantes, coches caros entrando y saliendo, gente bien vestida, seguridad en la puerta, todo con ese aire exclusivo que te hace sentir fuera de lugar y a la vez... dentro de algo especial.
Nos acercamos.
Nos piden el DNI.
Lo revisan.
Asienten.
—Pónganse las máscaras, por favor.
Nos miramos entre nosotras, sonriendo.
Nos las ponemos, Y en ese momento... todo cambia a un aire misterioso.
Entramos al casino con las máscaras puestas y es como si hubiéramos cruzado a otro mundo completamente distinto, el ambiente cambia al instante, la luz es tenue pero elegante, tonos dorados y rojos reflejándose en cada superficie, lámparas de cristal colgando del techo, música suave pero con ritmo, lo suficiente para invitar a moverse sin romper esa sensación de misterio, todo el mundo va impecable, trajes, vestidos largos, telas que brillan al pasar, máscaras de todos los estilos pero todas con ese aire sofisticado que hace imposible reconocer a nadie, es como estar rodeada de desconocidos...
pero a la vez formar parte de algo exclusivo.
—Vale... esto es otro nivel —dice Marta mirando alrededor.
—Literal, parece una peli —añade Aina girando sobre sí misma para verlo todo.
—¿Habéis visto cómo va la gente? —dice Clara— o sea, estoy segura de que hay alguien aquí que vale más que mi casa.
—Y la mía —responde Marta riéndose.
—¿Vamos a por bebidas? —digo yo, aún intentando asimilar todo.
Nos acercamos a la barra, que es enorme, de mármol oscuro con detalles dorados, botellas alineadas perfectamente, camareros vestidos igual de elegantes que los invitados, uno de ellos se acerca en cuanto nos ve.
—Buenas noches —dice con una sonrisa profesional— ustedes son invitadas especiales, tienen barra libre.
Nos miramos las cuatro.
Silencio.
—¿Perdona? —dice Aina.
—¿Barra libre... libre de verdad? —añade Marta.
—Totalmente —responde él.
—Vale, esto ya es mi sitio favorito del mundo —dice Clara.
—Yo me quedo a vivir aquí —añade Marta cogiendo una copa.
—Esto es sospechoso... pero me encanta —dice Aina.
—Brindemos —digo yo levantando la copa— por noches que no sabemos cómo van a acabar.
—Y por no acordarnos mañana —dice Marta.
Reímos, chocamos las copas y el alcohol baja suave, cálido, acompañando perfectamente al ambiente, la música sube un poco y sin darnos cuenta acabamos en la pista, moviéndonos, riéndonos, perdiendo un poco la vergüenza, todo se siente ligero, fácil... incluso yo.
Y entonces la noto, esa sensación de alguien demasiado cerca.
No es un empujón, no es casualidad... es presencia. Me giro. Y lo veo.
Alto, musculoso, perfectamente vestido con un smokin negro que le queda como si estuviera hecho a medida, elegante, limpio, corbata azul... y en el bolsillo, destacando sutilmente, una rosa azul.
El aire se me queda atrapado un segundo.
Es él.
El pelo oscuro, algo más largo de lo que esperaba, cayendo ligeramente sobre la máscara que le cubre gran parte del rostro, solo deja ver unos labios definidos, carnosos... los ojos no se ven, pero se sienten, como si estuvieran clavados en mí desde antes de girarme.
Se acerca despacio, sin prisa, invadiendo mi espacio como si fuera lo más natural del mundo, y su voz llega a mi oído, baja, controlada.
—Hola, peque... ¿te lo estás pasando bien?
Se me eriza la piel.
Sonrío ligeramente, ladeando la cabeza.
—Puede que hasta ahora sí... —respondo con ese tono medio burlón que ni yo sé de dónde sale.
Lo noto sonreír, aunque no lo vea.
—Tengo ganas de castigar esa lengua que tienes.
—No puedes... —respondo— hay demasiada gente.
Se inclina un poco más.
—¿Tú crees que acaso me importa?
El pulso se me acelera. No sé si es miedo, o es otra cosa.
Entonces, de forma casi imperceptible para cualquiera que nos mire, noto algo frío rozar mi brazo, bajo la mirada lo justo y veo el destello metálico, pequeño, discreto... un cuchillo.
La punta presiona lo suficiente como para sentirlo pero no para hacer daño.
Pero sí para entender.
—¿Lo sientes? —murmura— esto es lo que pasará si no me obedeces y vienes conmigo.
Trago saliva. Podría apartarme, podría negarme, pero no lo hago. Porque en el fondo... quiero saber.
Asiento apenas.
Y él lo nota.
Me guía con una mano firme pero sin brusquedad, apartándonos de la pista, atravesando el casino entre gente que ni se fija, como si fuéramos invisibles, pasillos más tranquilos, zonas menos concurridas... hasta que abre una puerta y entramos.
El contraste es inmediato.
Silencio.
Una sala amplia, cálida, iluminada por varios candelabros con velas encendidas que proyectan sombras suaves en las paredes, muebles con toques dorados, cortinas rojas imponentes, un escritorio de madera oscura perfectamente ordenado, sillones de cuero, un sofá elegante...
todo respira lujo, pero de ese que no necesita llamar la atención para destacar.
Me quedo mirando alrededor unos segundos.
—¿Qué es este sitio... ? —pregunto— ¿el casino es tuyo?
Se acerca por detrás.
—Se podría decir que sí... y no.
Frunzo el ceño, girándome un poco.
—¿Qué quieres decir con eso?
No responde.
En su lugar, su mano sube hasta mi recogido, sujetándolo con firmeza, tirando bruscamente hacia atrás, obligándome a alzar la cabeza, el aire se me corta un segundo y antes de poder reaccionar sus labios están sobre los míos.
Un beso directo, intenso.
Sin pedir permiso.
Y no me aparto... Todo lo contrario.
El calor me sube de golpe, el cuerpo responde antes que la cabeza, mis manos buscan apoyo en su pecho, firme, sólido... y por un momento todo desaparece, el ruido, el casino, las dudas.
Solo él.
Me coge en brazos sin esfuerzo, como si no pesara nada, y me lleva hasta el escritorio, sentándome sobre la superficie fría de madera, quedando a su altura, cerca... demasiado cerca.
Y entonces lo entiendo.
La noche acaba de empezar.