El Plan CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Mike

Estoy en casa, sentado frente al ordenador, la pantalla iluminando la habitación en penumbra, el único sonido es el leve zumbido del ventilador del PC y el clic constante del teclado mientras voy ajustando detalles, líneas de código, pequeños cambios que marcan la diferencia, porque todo esto no va solo de observar...

va de controlar, de anticiparse, de no dejar cabos sueltos.

La segunda parte del plan empieza a tomar forma y cada vez lo veo más claro, más limpio, más perfecto, Edgar va a desaparecer sin ruido, sin sospechas, como si nunca hubiera estado, y Sabrina... Sabrina ya es mía, aunque todavía no lo sepa, aunque todavía se resista a entenderlo.

Abro el acceso a su móvil de fondo, compruebo su ubicación, sus movimientos, lo de siempre...

y entonces veo algo distinto, ha cambiado, un detalle pequeño pero suficiente, el pelo, algo diferente, un cambio de aire...

sonrío sin darme cuenta, tengo ganas de verla, de comprobarlo por mí mismo, de verla en su casa, tranquila... pero antes tengo trabajo.

La máscara está sobre la mesa, negra, mate, perfecta... pero no suficiente. Nunca es suficiente.

La cojo, la giro entre mis manos, observo los sensores, los cables, el sistema que le integré...

y empiezo a trabajar. Quiero que la iluminación de los ojos sea regulable, no solo encendido o apagado, quiero intensidad, quiero poder pasar de una luz tenue, casi imperceptible, a algo que atraviese la oscuridad, que imponga, que marque presencia.

Ajusto el sistema, modifico el código, hago pruebas, azul más frío, más intenso... mejor.

El modulador de voz también necesita mejoras, más registros, más tonos, no solo distorsión, quiero más control, quiero poder elegir cómo sonar en cada momento, más grave, más suave, más cercano... más real cuando convenga.

Y luego está la IA que ese es el punto clave.

Quiero que detecte movimiento con precisión, que anticipe, que lea el entorno mejor que cualquier humano, que me dé ventaja siempre, ajusto parámetros, mejoro la respuesta, optimizo el sistema...

y mientras trabajo no puedo evitar pensarlo, esto no es solo para mí, si funciona como quiero puede valer dinero, muuucho dinero, gobiernos, clientes en la dark web...

gente que paga por este tipo de cosas sin hacer preguntas.

Pero entonces... escucho ruido, gritos.

Levanto la mirada, la pantalla.

Sabrina.

Ha llegado.

Y lo veo todo.

La discusión.

El tono.

La tensión.

Aprieto la mandíbula al instante, los dedos se me quedan quietos sobre el teclado mientras observo, sin pestañear, cómo él la mira, cómo habla, cómo se mueve... y luego el golpe.

No puedo evitar apartar la mirada.

Siento cómo algo me sube por dentro, rápido, violento, instintivo, el cuerpo pidiéndome moverme, salir, ir allí y reventarle la cabeza contra el suelo, abrirle en canal y dejar que sus intestinos inunden el suelo, hacerle pagar cada palabra, cada gesto, cada puto segundo que ha hecho que ella se sienta así... pero no es el momento.

No todavía.

Respiro hondo.

Una vez.

Otra.

No puedo precipitarme...

No puedo cagarla ahora.

Me levanto de golpe, cojo el cuchillo de la mesa sin pensar demasiado, me quito la camiseta y me quedo de pie en medio del salón, el aire frío golpeándome el pecho, las cicatrices marcadas de peleas en la cárcel, recuerdos que no se borran... y aun así no es suficiente.

No es suficiente para lo que siento ahora.

El filo toca la piel.

Y aprieto.

El corte es limpio, superficial pero suficiente para sentirlo, para centrarme, para transformar esa rabia en algo que pueda controlar, otra línea, otra más, sobre cicatrices antiguas, mezclando mi pasado y presente, el dolor físico ayudando a apagar lo otro, a mantenerme aquí, a no salir corriendo con mi puño Americano hacia su casa y arruinarlo todo.

—Aguanta... —murmuro en voz baja, sin darme cuenta— aguanta, peque... te lo voy a compensar, solo paciencia...

Respiro más lento.

Más controlado.

La sangre resbala ligeramente, pero no me importa, nunca me ha importado, dejo el cuchillo sobre la mesa y vuelvo a la silla, el labio inferior aún tenso de tanto apretarlo, el sabor metálico de la sangre en la boca , y sigo.

Porque esto no se hace con impulsos, esto se hace bien.

Mientras vuelvo a la máscara, ajustando piezas, soldando conexiones, no puedo evitar que la cabeza se me vaya atrás, a otro momento, a otro sitio.

A la puerta de mi casa rompiéndose, el ruido del cristal explotando.

Los gritos de “ Al suelo”.

La policía entrando como si fuera un puto terrorista, armas apuntándome, órdenes que se mezclaban unas con otras, el suelo frío contra la cara cuando me tiraron, las esposas cerrándose con ese clic que no se olvida... y yo ahí, sin haber matado a nadie, al menos no directamente.

Idiota.

Uno de los mejores hackers del país... y sin cámaras en su propia casa.

Sin vigilancia, error tremendo de novato.

Recuerdo la comisaría, la mesa metálica, las manos esposadas, el silencio pesado... y luego ella.

Mi madre.

Entrando.

Llorando.

—¿Pero qué has hecho? —su voz rota— ¿por qué no usas tu inteligencia para hacer el bien?

Cierro los ojos un segundo mientras ajusto un cable.

Ahora sí mamá.

Ahora lo estoy haciendo.

Estoy protegiendo a alguien que importa.

Estoy haciendo lo correcto.

—Estarías orgullosa... —murmuro para mí mismo.

Hace años que no hablo con ella. Aún no estoy listo.

Iré cuando todo esté hecho, cuando tenga una vida normal... cuando Sabrina esté conmigo y todo encaje como debe, cuando pueda mirarla a los ojos y no ver decepción, sino orgullo.

Sigo trabajando.

Pero los recuerdos no paran.

“ Anonimo89”.

Ni siquiera recuerdo su nombre real, entre nosotros no existían, solo los apodos... el cabrón no podía ni mirarme cuando lo vi, sabía lo que había hecho, sabía que me vendió, y yo sabía que no debí confiar, no debí involucrarme tanto, no debí conseguirle armas ni quedar en persona para entregarlas.

Error.

Pero los errores se pagan.

Siempre.

Y yo me encargué de que así fuera.

En la cárcel aprendí rápido, contactos, favores, conocimiento a cambio de protección, promesas que se cumplen o se pagan caro... y entre todos ellos Dani, listo, frío, de los que mueven hilos sin ensuciarse las manos, juntos montamos algo sólido.

Cuando anonimo89 llegó a mi carcel de manera temporal...

No duró mucho entero.

Perdió más que ocho dedos y la lengua.

Y aun así... ahora hasta me da pena.

No podrá escribir.

No podrá hackear.

Ni siquiera hacerse una paja.

Suelto una pequeña risa sin humor mientras termino de ajustar el sistema de la máscara, limpiando la sangre seca del pecho con el dorso de la mano sin prestarle demasiada atención, todo vuelve a su sitio poco a poco, el ruido en la cabeza se ordena, la rabia se transforma en algo más útil.

Las tres “ P” del poder:

Plan -Proposito - Precisión.

Vuelvo a mirar la pantalla.

Sabrina, Sigue ahí, ya está todo más tranquilo, no se que ha pasado pero lo intuyo, tranquila peque, esta vez.. no voy a fallar.