CAPÍTULO 14
Mike
Espero que mi pequeña esté disfrutando de su día libre, cortesía de mi habilidad para joder sistemas.
Sus informáticos son mediocres, de los que siguen protocolos sin entender lo que están tocando, tardarán días en darse cuenta de qué está pasando realmente y aún más en arreglarlo, pero mañana por la noche lo dejaré todo como estaba, lo justo para que Edgar no sospeche de que Sabrina no está en el trabajo, y que los de su empresa crean que todo ha sido un fallo puntual, no voy a permitir que tenga más problemas por mi culpa... Todo tiene que estar medido.
Hoy Edgar viene a mi piso.
He solicitado a su empresa un presupuesto para reformar el baño, no lo necesito, está perfecto tal y como está, pero quiero tener a ese gilipollas cerca, verlo, olerlo, entender cómo funciona, cómo piensa, cómo se mueve, tengo un nuevo plan y para ejecutarlo bien necesito control, y qué mejor manera que tenerlo en mi propia casa, en mi terreno, donde todo está bajo mi supervisión, donde cada detalle está calculado, donde él cree que tiene el control pero en realidad no tiene ninguno, solo soy un tipo con dinero invitando a cervezas a un sinvergüenza cualquiera, nada sospechoso, nada fuera de lugar...
Poco a poco voy a meterme en su círculo, ganarme su confianza, hacerme “ colega” suyo, y desde ahí ir construyendo lo que viene, porque a Edgar no se le elimina de cualquier manera, no...
Hay que hacerlo bien, en silencio, sin errores, sin dejar rastro, pero antes necesito saberlo todo, sus contactos, sus rutinas, con quién habla, dónde va, qué hace cuando no está con ella... y esta es la mejor forma.
El móvil vibra.
Miro la pantalla.
El móvil de Sabrina.
Está hablando en el grupo con sus amigas, quedando para verse, sonrío ligeramente sin darme cuenta, espero que haya visto el mensaje que le dejé en el ordenador, y si no lo ha visto aún...
lo hará, tarde o temprano lo hará, siempre acaba llegando donde tiene que llegar, me alegra verla así, hablando con ellas, riéndose, volviendo poco a poco a ese mundo que Edgar le quitó hace tiempo, necesita eso, necesita aire, necesita recordar quién es sin él... y yo me voy a encargar de que lo tenga.
Dejo el móvil y vuelvo al trabajo, centrándome en el sistema de alarma que acaba de instalar mi compañero, Kevin, en una casa residencial, reviso cámaras, accesos, puntos ciegos...
todo demasiado fácil, siempre lo es, si la gente supiera lo sencillo que es entrar en estos sistemas no dormirían tranquilos ni una noche, pero claro, si todo esto saliera a la luz las empresas se irían a la mierda y yo con ellas, así que mejor dejarlo como está, cada uno en su papel.
Cuando me quiero dar cuenta ya es la hora.
Cierro todo, recojo y me voy a casa.
Hoy tengo una visita interesante.
No tardo ni diez minutos en estar allí, dejo las cosas, me aseguro de que todo esté en orden, limpio, neutro, nada que llame la atención. Todo preparado para parecer exactamente lo que quiero que parezca... normal.
Suena el timbre.
Sonrío.
Abro.
—Buenas tardes, soy el paleta.
Le miro un segundo.
—Buenas tardes, Mike. —Le estrecho la mano— Adelante, pasa.
—Enséñame el trabajo para poder darte un presupuesto.
Asiento y le hago un gesto para que pase, le guío hasta el baño y empieza a hablar sin parar, señalando paredes, suelo, techo, como si estuviera vendiendo oro en vez de azulejos, que si cambiar baldosas, que si poner piedra, que si una bañera con hidromasaje, luces, acabados...
saca fotos en el móvil de baños de lujo y me los enseña con orgullo, como si fueran suyos, como si yo no supiera ya de qué va todo esto, lo veo venir de lejos, el sablazo, los precios inflados, el típico listo que intenta aprovecharse de alguien con dinero... Pero me interesa, me interesa mucho.
—Me parece bien —le digo—, se nota que sabes lo que haces.
Levanta ligeramente la barbilla.
Le dejo hablar un poco más y luego corto.
—¿Te apetece una cerveza?
No tarda ni un segundo.
—Claro.
Vamos al salón, le indico que se siente y le llevo una, luego otra para mí, nos sentamos y seguimos “ hablando” del baño, aunque a la segunda cerveza ya no estamos hablando del baño, su tono cambia, se relaja, se abre, como todos cuando bajan la guardia, empieza a preguntar.
—¿Tienes pareja?
—No —respondo tranquilo—, no me fío de las mujeres.
Sonríe.
Y entonces suelta todo.
Empieza a despotricar, que si las mujeres esto, que si las mujeres lo otro, que él no tiene novia, que solo rollos de una noche, que si el casino, que si salir, que si beber... Habla demasiado, perfecto, cuanto más habla más me da, más información, más piezas.
Yo solo escucho.
Y cuando toca, lanzo el anzuelo.
—Yo conozco a un tío que tiene un casino... pero no es cualquiera.
Se gira hacia mí muy interesado.
—¿Ah, sí?
—Partidas privadas... ilegales... dinero de verdad.
Sus ojos cambian, ya está dentro.
—¿Y eso?
—No es para cualquiera —añado, dejando el silencio justo el tiempo necesario—, pero podría meterte.
Se inclina hacia delante.
—Hostia... eso sí que me interesa.
Sonrío ligeramente.
—Este viernes por la noche.
Asiente sin pensarlo.
—Claro.
—Pero esto no se lo cuentas a nadie —añado—, ni a tus ligues, ni a nadie, di que te vas unos días fuera, el sitio incluye hotel, comida, todo pagado.
Su cara es un poema.
Como una rata viendo queso.
—¿En serio?
—En serio.
—Voy de cabeza.
Nos levantamos, nos damos la mano y él mismo se acerca un poco más, me da un pequeño abrazo como si fuéramos colegas de toda la vida.
—Amigo... nos vemos el viernes. —Dice mientras sale por la puerta.
Amigo... Qué fácil es.
Cierro la puerta cuando se va y me quedo un segundo en silencio. Perfecto, así me aseguro de que Sabrina tenga el fin de semana libre, sin él.
Y yo... podré prepararle algo a la altura.
Cojo el móvil, mensajeo a Dani un escrito rápido, hay que preparar el casino... Y darle a mi nuevo amigo... la bienvenida que se merece.