El Plan CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Mike

Recojo todo rápido, sin perder tiempo, cada cosa vuelve a su sitio dentro de la mochila como si ya lo hubiera hecho mil veces, esposas, bridas, el taser, la polaroid, todo desapareciendo mientras ella sigue de rodillas en el suelo, aún recuperándose, aún dentro de lo que acaba de pasar, y yo ya estoy fuera porque esto no va de quedarme, esto va de hacer y desaparecer, salgo por la puerta trasera de la casa extrema, por la zona donde no pasa nadie, un pasillo estrecho que huele a humedad y a metal, y en segundos ya estoy mezclado con la multitud, luces, ruido, música, gente riendo, gente gritando, todo normal, todo superficial, como si dentro no estuviera pasando nada real, y aun así no puedo evitar pensarlo, ha ido demasiado rápido, demasiado limpio, apenas he tenido que usar nada de lo que llevaba, una pena...

el taser se ha quedado sin estrenar, la polaroid también, y habría sido perfecto tener esa foto, guardarla, tener ese momento capturado solo para mí, pero no pasa nada, lo tengo en cuenta, para la próxima.

Me acerco a un puesto y pido una cerveza fría, la agarro y me apoyo en una zona desde donde tengo buena visión de la salida, lo suficiente como para verla a ella sin que nadie me mire a mí, y no tardo en encontrarlas, salen las cuatro juntas con la misma camiseta, riéndose, hablando, como si todo hubiera sido un juego más, y no puedo evitar sonreír ligeramente porque ha salido perfecto, demasiado perfecto, las observo un poco más con calma, cómo camina, cómo se mueve con ellas, cómo se ríe...

y cuando paso cerca noto cómo alguna de sus amigas me mira, inevitable, sé el efecto que causo y no es algo nuevo, pero hoy no va de eso, sigo caminando como uno más, sin mirar atrás, dirigiéndome hacia la salida.

Llego a la moto, dejo la cerveza, cojo el casco...

y entonces las veo separarse, cada una toma su camino y ella se queda sola, aprieto la mandíbula al instante porque no, no va a ir sola, dejo el casco otra vez sobre la moto, cierro bien la mochila y empiezo a seguirla a distancia, lo suficiente como para no ser visto pero lo suficientemente cerca como para no perderla, las calles se van quedando más vacías, menos ruido, menos gente, más oscuridad, farolas iluminando a medias el camino, el sonido de sus pasos y los míos separados por unos metros, controlado, constante, y cuando llega a su casa me detengo antes, me quedo entre los árboles que rodean el terreno, la vegetación cubriendo lo suficiente como para ocultarme, desde ahí tengo visión directa a la entrada y entonces lo veo, hay luz dentro, mierda, no lo he comprobado, no he vigilado la casa mientras estábamos en nuestro encuentro.

Ella abre la puerta y entra, yo me acerco un poco más en silencio hasta la ventana lateral, lo justo para ver el interior, y entonces todo pasa demasiado rápido, Edgar se levanta del sofá de golpe, va directo hacia ella y la agarra del cuello con fuerza.

—¿Dónde has estado, pedazo de puta? ¡dejando la casa hecha una mierda!

Siento cómo algo me sube por dentro al instante, ella empieza a llorar.

—He estado en un evento de terror... la camiseta... es de ahí... he ido con las chicas...

—Ya sabes que no me gusta que vayas con esas zorras.

—¡No son unas zorras, son mis amigas!

Edgar la golpea fuertemente en la mejilla.

El golpe resuena seco, fuerte, mi mano se cierra sola, la mandíbula tensa, el cuerpo listo para moverse, para entrar, para reventarle la cara ahí mismo, pero me obligo a quedarme, a pensar, a no cagarla porque si entro ahora todo se va a la mierda y no, no va a ser así, no para ella, no de esta forma, los perros empiezan a ladrar, tensos, Luke gruñendo y Lucky más nervioso, hasta que Lucky se lanza y le muerde la pierna.

—¡¿Pero qué coño—?!

La patada es brutal, lo lanza contra la pared, el golpe, el quejido del perro, eso sí que me atraviesa, Sabrina corre hacia él llorando, se arrodilla, lo abraza comprobando que está bien, y yo me muerdo la mano fuerte, hasta notar la sangre, para no entrar, para no matarlo ahí mismo, porque esto no se arregla con un golpe, esto se arregla bien, para siempre, levanto la vista otra vez, Edgar tambaleándose, borracho, la mesa llena de cervezas vacías, el olor a alcohol casi se puede notar desde fuera, y ella gritándole.

—¡Déjame en paz! ¡no aguanto más!

—Eres mía hasta que uno de los dos muera.

Se da la vuelta y sube las escaleras como si nada, como si fuera normal, como si pudiera hacerlo sin consecuencias, la puerta de arriba se cierra y el silencio que queda abajo es pesado, ella se queda en el suelo sobre la alfombra abrazando a Lucky y llorando, completamente rota, y yo sigo fuera, inmóvil, con todo el cuerpo pidiéndome entrar pero aguantando porque ahora no, porque aún no, porque hay que hacerlo bien.

Miro la mochila y recuerdo la rosa azul, la saco despacio, la que no pude dejar antes, me acerco lo justo, la dejo en la repisa de la ventana y retrocedo unos pasos, cojo una piedra del suelo y la lanzo con precisión contra el cristal, el ruido seco rompe el silencio, me escondo otra vez entre los árboles y espero, la veo levantarse, secarse la cara, caminar hacia la ventana, dudar un segundo y coger la rosa, se queda mirándola y por un momento sonríe, leve, triste, pero sonrisa, y eso es suficiente porque ya lo sabe, no está sola, hay alguien, y muy pronto voy a quitar de en medio su problema.