El Plan CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Indignada intentaba observar entre el plástico lo que venía despues, pero solo pude notar su presencia detrás de mi.

— Peque, sabes tan bien, que eres adictiva. Deberías probar a que sabe tu depredador.

Puedo deducir viendo su silueta como se despoja completamente de sus pantalones, no puedo ver con nitidez su miembro, pero sí distingo la manzana de caramelo, y el la restriega por toda su polla. Se acerca a mi y me ordena:

— Te gustan las manzanas de caramelo, chúpala hasta que te la termines.

Me introduce su polla en mi boca, me sujeta fuertemente la cabeza agarrándose del plástico y violentamente me mueve hasta que su miembro toca mi campanilla, haciendo que sufra una brutal arcada, pero al no le importa, y sigue, cada vez más violento y cada vez más rápido, aunque el sabor es exquisito.

No puedo evitar estar cada vez más mojada, mi coño palpita como si necesitara que lo llenen con urgencia, si no tuviera las manos atadas estaría restregando mis dedos por mi clítoris y introduciéndolos dentro de mi.

Cuando quise darme cuenta el ya esta detrás de mi, cortando las bridas que me ataban a esa silla, pero con las manos aun esposadas, me carga en sus hombros y me lleva a la camilla, negra, de un cuero frío.

Apoya mi torso en la camilla con mis pies aun en el suelo, separa mis piernas y se introduce dentro de mi, siento que me va destrozar por dentro, esto es demasiado para mi cuerpo desentrenado, pero a el no le importa, de repente siento algo frio en mi cuello.

— Abre la boca, saca la lengua y lame mi cuchillo

yo obedezco, siento el frío acero en mi lengua, de repente el lo aparta y lo vuelve a poner en mi cuello.

— Si te mueves, mi cuchillo te cortará el cuello.

Y empezó a penetrarme cada vez más fuerte y más violentamente, una y otra vez.

El cuchillo en mi cuello, frío, notaba su hoja clavándose, sentí un pequeño corte donde empezó a caer mi sangre, notaba el calor del pequeño hilo cayendo hacia mi pecho, él seguía una y otra vez cada vez más rápido, con la otra mano empezó a estimular mi clítoris, cada vez más fuerte hasta que un increíble orgasmo salió de mí.

— Así me gusta peque, que tu cuerpo recuerde quien soy.

El me gira violentamente, me empuja a arrodillarme y vuelve a introducir su polla en mi boca, corriéndose en ella.

— Traga, asi yo también estaré dentro de ti.

Y obedecí.

Sigo de rodillas unos segundos, intentando recuperar el aire, el pulso aún descontrolado, con el plástico pegado a la cara distorsionando todo lo que veo, escucho ruidos a mi alrededor, pasos, algo metálico, pero no consigo ubicarlo, mi respiración sigue sonando demasiado fuerte en mi propia cabeza, como si lo llenara todo, y de repente noto sus manos en mis muñecas, el clic seco de las esposas abriéndose y esa sensación extraña de libertad, como si después de todo mi cuerpo no supiera muy bien cómo reaccionar sin esa presión, se acerca a mi oído y con esa voz distorsionada me dice

—Cuenta hasta diez... y quítate el plástico.

No respondo, solo asiento levemente, todavía intentando recomponerme, escucho cómo se aleja o al menos eso creo, porque con esta visión todo es confuso, empiezo a contar en voz baja, casi para mí misma, intentando mantenerme centrada,

—Uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis... siete... ocho... nueve... diez...

Cuando termino llevo las manos a la cabeza y empiezo a retirar el film, se despega de la piel con esa sensación incómoda, tirante, hasta que por fin lo quito del todo, parpadeo varias veces, intentando enfocar, acostumbrarme a la luz, y entonces lo veo claro, la sala está completamente vacía, no hay nadie, ni rastro de él, solo la luz azul iluminando las paredes con esas frases que ahora parecen aún más inquietantes, la camilla, la silla, la mesa...

todo exactamente igual pero en silencio, como si nada hubiera pasado ahí dentro.

Me quedo unos segundos quieta, sin moverme, intentando procesarlo, sintiendo aún el cuerpo extraño, como si todo hubiera sido demasiado real para ser solo un juego.

Encima de la mesa veo mi ropa, doblada, junto a una camiseta negra del scream park, la cojo un segundo sin entender muy bien, respiro hondo y me visto rápido, intentando volver a la normalidad, a algo que tenga sentido, aunque en el fondo sé que lo que acaba de pasar no encaja del todo, no es igual que lo que había imaginado, pero tampoco quiero pensar demasiado en eso ahora mismo, cuando salgo por la puerta el contraste es inmediato, más luz, más ruido, gente, voces, como si estuviera saliendo de otro mundo completamente distinto, y entonces las veo, vienen hacia mí casi corriendo.

—¡Sabrina!

—¡Tía! ¿qué tal?

—¿Estás bien?

Asiento, intentando parecer normal.

—Sí... sí, todo bien.

Nos juntamos las cuatro, todas con la misma camiseta, riéndonos un poco por la coincidencia, como si eso fuera lo raro y no todo lo demás.

—¿A vosotras también os han dado esto? —pregunto.

—Sí —dice Aina— como recuerdo o algo así.

—A mí me han dado con una fusta pero en plan suave —dice Marta riéndose— rollo susto más que otra cosa.

—A mí me han metido en un ataúd, te lo juro —dice Clara— pensaba que me quedaba ahí dentro.

—Pues a mí en una jaula —añade Aina— pero nada heavy, más psicológico que otra cosa.

Las miro.

Y en ese momento lo tengo claro.

Nada de lo que dicen se parece a lo mío,ni de lejos.

Siento ese pequeño nudo en el estómago, esa sensación de que algo no encaja, de que ha sido diferente solo para mí, pero al mismo tiempo... recuerdo cada sensación, cada momento, y en vez de rechazo lo que aparece es otra cosa.

Me ha gustado y eso me desconcierta más que cualquier otra cosa.

Las miro, sonrío, como si nada.

—Pues yo igual... sustos y ya.

No digo nada más.

Y ellas tampoco preguntan.

Seguimos andando, hablando, riéndonos otra vez, como si todo fuera parte del juego, como si fuera una noche más... pero dentro de mí algo ya no está igual, algo se ha movido, algo que no debería estar ahí.

Y lo peor de todo... es que no quiero entenderlo demasiado.

Seguimos andando entre la gente, saliendo poco a poco de ese ambiente, volviendo al ruido normal, a la luz, a lo que se supone que es “ real”, ellas hablando, riéndose, comentando cada cosa que les ha pasado como si hubiera sido una anécdota más, pero yo voy un poco más callada, no porque esté mal, sino porque sigo con la cabeza en esa habitación, en todo lo que ha pasado, en cómo me he sentido, en lo que no encaja, en lo que no quiero analizar demasiado, y de repente noto cómo Aina se queda mirándome fijamente.

—Eh... —dice— ¿eso qué es?

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

Se acerca un poco más, apartándome ligeramente el pelo del cuello.

—Estás sangrando.

Me llevo la mano automáticamente y noto el corte, pequeño, fino, pero real, no duele, apenas lo había notado hasta ahora, miro la yema de mis dedos manchada y me encojo de hombros.

—Nada... no es nada.

—¿Cómo que no es nada? —dice Marta— eso no es de mentira.

—De verdad, no me duele —respondo restándole importancia— me he rozado con algo... con una de las jaulas o algo así, había cosas raras ahí dentro.

Clara se acerca también, mirando.

—Eso es un corte, Sabrina.

—Ya, pero es superficial —insisto— no es para tanto.

Aina cambia la cara, se le nota el cabreo.

—Tía, esto no es normal, ¿Vale? Esto no es un susto, esto es pasarse, habría que denunciarles.

Niego con la cabeza rápido.

—No, no, no... de verdad, ha sido culpa mía, me habré movido mal o algo, ahí dentro no ves nada, es fácil golpearte o rozarte con cualquier cosa.

—Pero...

—Que no —insisto, más firme— en serio, estoy bien.

Se hace un pequeño silencio, de esos incómodos en los que saben que algo no cuadra pero tampoco quieren forzar más, al final Marta suspira.

—Bueno... pero vigílatelo.

—Sí, sí.

Seguimos andando, saliendo ya del recinto, el ruido queda atrás poco a poco, el aire de fuera se siente distinto, más limpio, más real, como si todo lo de dentro hubiera sido una burbuja, una especie de realidad paralela que ahora se queda atrás, hablamos un poco más, pero ya no es igual que antes, no porque estemos mal, sino porque el plan ya se ha acabado, la noche ha tenido su punto álgido y ahora toca volver a casa, a la rutina.

—Bueno... yo tiro por aquí —dice Clara.

—Yo también —añade Marta.

Nos despedimos con abrazos rápidos, promesas de repetir, de no desaparecer otra vez, Aina se queda un poco más conmigo.

—¿Seguro que estás bien?

Asiento.

—Sí... de verdad.

Me mira un segundo más, como si quisiera decir algo más, pero al final suspira.

—Vale... pero escríbeme cuando llegues.

—Lo haré.

Nos abrazamos y cada una se va en una dirección distinta, las calles más tranquilas, el sonido de nuestros pasos separándose poco a poco, y cuando me quedo sola noto otra vez ese silencio, pero ya no es el mismo de antes, ahora está lleno de algo más.

Me llevo la mano al cuello otra vez.

Al corte.

No duele.

Pero está ahí, es real.

Y sin darme cuenta... sonrío un poco. Aunque no debería.