El Plan CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Sabrina

Llegamos a la puerta entre risas, aún con esa mezcla de nervios y emoción que te recorre el cuerpo cuando haces algo que sabes que se te puede ir un poco de las manos, el sitio por fuera ya imponía bastante, luces bajas moviéndose, humo saliendo de algunas zonas, gente entrando y saliendo con caras de todo tipo, algunos riéndose como si nada y otros con esa sonrisa tensa de quien no tiene muy claro dónde se está metiendo, el olor a azúcar de los crepes, a caramelo caliente y fritanga se mezclaba con la música y los gritos de fondo, todo muy feria pero con un toque oscuro que no te deja relajarte del todo, nos acercamos al chico de la entrada y le digo:

El chico nos mira sin expresión, como si ya hubiera visto a miles como nosotras, y responde:

—Nombres.

Nos miramos un segundo entre nosotras y empezamos a decirlos casi riendo.

—Sabrina, Aina, Marta y Clara.

Baja la mirada a una lista, pasa el dedo lentamente, demasiado lento, como si estuviera buscando algo concreto, y luego asiente.

—Adelante.

En ese momento algo no me cuadra, una sensación rara que me recorre por dentro, ¿cómo están nuestros nombres ahí si no hemos reservado nada?

, pero me obligo a no pensar, hoy no he venido a darle vueltas a todo, hoy he venido a salir, a olvidarme de Edgar, de la casa, de todo, así que entro sin mirar atrás, y en cuanto cruzamos el umbral el ambiente cambia completamente, el ruido baja, la luz desaparece casi por completo, el aire se vuelve más frío, más denso, como si entraras en otro sitio totalmente distinto aunque esté a pocos metros de fuera.

Aparece un tipo enmascarado delante de nosotras, con pinta de carnicero, delantal manchado, postura chulesca, y nos dice:

—Tenéis que elegir una puerta... y entrar cada una sola.

Nos miramos entre risas nerviosas, señalando puertas.

—Yo la tres.

—Yo la cuatro.

—Pues yo la dos.

Pero en cuanto lo digo él gira la cabeza hacia mí despacio y responde:

—No... tú vas la primera.

Se acerca un paso más.

—Tu puerta es la número uno.

Antes de que pueda reaccionar me empuja hacia esa puerta, siento su mano firme en la espalda y doy un par de pasos hacia delante casi sin querer, detrás de mí escucho a las demás colocarse frente a sus puertas.

—Esto va a dar miedo... —dice Marta.

—¿Estáis seguras? —añade Clara.

—No hay marcha atrás —responde Aina.

—¿Qué puede pasar? —digo intentando sonar tranquila.

—Va a ser divertido.

El tipo grita, esta vez más seco.

—¿Vais a entrar ya o vamos a estar de charla toda la noche?

Nos miramos una última vez y entramos.

Cada una por su puerta, a la vez.

La habitación en la que entro está completamente oscura, tanto que al principio no veo nada, solo siento el cambio de temperatura, el suelo más frío bajo los pies, el aire más pesado, poco a poco se enciende una luz azul tenue que parece salir de algún punto alto y empieza a iluminar las paredes, revelando pintadas fluorescentes que brillan con ese tono neón, frases escritas de cualquier manera, “ no puedes escapar”, “ corre”, “ no mires atrás”, caras dibujadas con sonrisas deformes y ojos en X que parecen seguirte desde cualquier ángulo, el hormigón está lleno de arañazos, marcas profundas como si alguien hubiera intentado salir de ahí a base de uñas, en conjunto, da una sensación rara, no es solo decoración, parece demasiado real, demasiado sucio, demasiado usado.

—Vale... me ha tocado la habitación neón por lo visto.

Doy un paso hacia dentro, otro más...

Y de repente la puerta se cierra detrás de mí con un golpe seco, me giro de golpe y aparece un enmascarado con una sudadera con capucha, alto, muy alto, con un cuerpo que parece de otro mundo, pectorales que se marcan a través de la sudadera ceñida, brazos robustos y esa máscara negra con los ojos iluminados en azul que brillan directamente hacia mí, durante un segundo me quedo paralizada, luego retrocedo hasta que mi espalda choca contra la pared fría, él empieza a avanzar despacio, sin prisa, como si supiera perfectamente que no tengo a dónde ir.

—Qué pequeña... ¿tienes miedo de mí?

Trago saliva.

—Hombre... la verdad que el sitio no es un prado de rosas y pastelitos.

Se acerca más, invade completamente mi espacio y de repente siento su mano en mi cuello, firme, sin apretar demasiado pero lo suficiente como para notar el control.

—¿Así que vas de graciosa?

Se inclina un poco más.

—Tendremos que callarte esa boquita tan elocuente que tienes.

Sin darme tiempo a reaccionar me lleva hasta la silla y me sienta de golpe, escucho el metal de las esposas al abrirse, noto cómo me agarra las muñecas por detrás y me las fija al respaldo, luego algo más tirante, bridas, inmovilizando mis piernas a la silla.

—Oye... ¡eh! esto no puedes hacerlo.

Tiro un poco pero no hay forma, estoy completamente sujeta, él se mueve alrededor de mí, noto su presencia sin verlo, demasiado cerca, demasiado seguro, de repente tira de mi ropa con brusquedad y suelto un grito.

—¡Oye! ¡estosí que no puedes hacerlo!

Se ríe, una risa baja.

—En esta habitación puedo hacer lo que me plazca... y tú no puedes hacer nada por evitarlo.

—Te voy a denunciar por romperme la ropa.

Se inclina otra vez.

—Cuando decidiste entrar... ya estabas expuesta a todo esto.

Hace una pausa.

—Por algo es una casa extrema.

Y entonces lo recuerdo, los carteles, las advertencias, todo lo que ponía en la publicidad... y me callo, porque tiene razón, porque en teoría he aceptado todo esto, aunque no imaginaba que sería así de intenso.

—Como castigo... vamos a taparte los ojos, y tal vez algo más...

Escucho el sonido del plástico, fino, arrugado, y antes de poder reaccionar noto cómo empieza a envolverme la cabeza con papel film, dando vueltas alrededor de mi cara, apretando, cubriéndolo todo, ojos, boca, nariz... todo, el plástico se pega a mi piel al instante.

—Eh... espera...

Intento hablar pero el aire no entra bien, respiro más rápido, pero es peor, el film se pega aún más, se hunde hacia dentro cada vez que intento coger aire, como si me sellara la cara.

—Para... no... no puedo...

El pecho se me acelera, el corazón golpea fuerte, intento moverme pero sigo atada, el aire no entra, noto el pánico subir rápido, demasiado rápido, la cabeza empieza a darme vueltas, intento respirar más fuerte pero no entra nada, el plástico se pega más, no entra, no entra...

Y justo cuando siento que me falta de verdad, que ya no puedo más... Lo rompe, un rasgado.

El plástico cede en la zona de la boca y la nariz.

El aire entra de golpe.

Aspiro con fuerza, desesperada, varias veces seguidas, el pecho subiendo y bajando sin control, intentando recuperar el ritmo, pero sigo con la cabeza envuelta, la visión completamente distorsionada, solo veo luces azules borrosas, formas que se mueven, su silueta acercándose.

—Eso es... así mejor.

Sigo respirando fuerte, intentando calmarme, pero la sensación no desaparece, el plástico sigue pegado a mi cara, deformando todo lo que veo, no puedo enfocar nada, solo intuir.

Solo sentirlo cerca.

Demasiado cerca.

Y entonces noto el agua fría cayendo sobre mí, recorriéndome entera, haciéndome estremecer.

—¡Joder!

—Vaya... tendremos que quitarte toda la ropa antes de que se moje más.

De un tirón rompe mi camiseta y empieza a desabrocharme los pantalones con dureza, y tira de ellos con fuerza, yo no me resisto. El frío se me mete en la piel.

—Voy a pillar una pulmonía por tu culpa.

—Hay que callar esa boquita de una vez...

De repente noto algo en los labios, dulce, duro y pegajoso.

—¡Muerde!.

Dudo un segundo, pero muerdo.

Manzana de caramelo.

Siento cómo la retira y noto que empieza a pasarla por mi cuerpo, dejando ese rastro pegajoso que contrasta con el frío, mi respiración cambia, se vuelve más pesada, más irregular.

Primero recorre mis labios, va bajando lentamente dejando el rastro pegajoso por mi barbilla, sigue bajando por mi cuello, cada vez más lentamente hasta llegar a penas rozar la zona de mis pechos, entonces noto su lengua lamiendo el rastro recorriendo mi cuerpo lentamente, no puedo evitar mojar mis bragas, siento un enfermizo placer en perder el control, aunque se que todo esto está mal, no pude resistirme.

Noté un tirón de mi sujetador hacia abajo, dejando mis pechos totalmente al descubierto.

— Como se te ocurra decir una palabra, vuelvo a taparte la boca con más plastico film.

Entonces asiento con la cabeza y me rindo, me dejo llevar por las perversiones de este tipo enmascarado y por lo visto enfermo.

Sigue recorriendo con la manzana dejando el rastro de caramelo por mis pechos, alrededor de mis pezones sabiendo lo que vendría después, el sigue con la lengua recorriendo el caramelo por mi cuerpo, parando un buen rato en cada uno de mis pezones, no puedo esconder un gemido cuando mordisquea uno de ellos.

— Así me gusta peque, que obedezcas, si no las cosas pueden empeorar para tí.

El sigue marcando el camino con el caramelo hacia abajo, hasta llegar a la barrera que dice “ stop” que son mis braguitas de encaje, pero no es un impedimento para el, de un tirón, me despoja de lo único que tapaba mi parte más íntima.

Recorriendo con el rastro de caramelo haciendo incapié en mi coño cuando empezó a restregar la manzana más energicamente, dejando mi clítoris totalmente impregnado de caramelo, sabía lo que venía después y mi cuerpo se tensó.

— Tranquila peque, puedes irte a casa con el caramelo en tu coño o puedes pedirme que lo limpie, tu decides.

Mi dignidad o lo que queda de ella murió con mi respuesta:

— Límpialo.

Entonces vi como su silueta se arrodillaba delante de mi, cogiendome firmemente las rodillas y con una fuerza brutal las separó, no dejando nada a la imaginación.

Su lengua caliente y húmeda recorrió todo mi ser, por dentro y por fuera, fuertemente y cada vez más rápido, lamiendo una y otra y otra vez, hasta que mi cuerpo empezó a estremecerse cada vez con más fuerza, entonces, paró.

— No vamos a terminar tan pronto peque...

Se me escapa un gruñido.